El socialismo del siglo XXI
En medio de una semana signada por el debate sobre la ley de reparación a militares y policías, la habilitación de nuevas investigaciones judiciales con relación a los desaparecidos, y el viaje del Presidente a Chile, una jornada de reflexión sobre «el socialismo del siglo XXI» tuvo lugar en la Intendencia Municipal de Montevideo. La misma se realizó durante los días 12 y 13, y fue organizada por la Casa Bertolt Brecht. El título de las conferencias que allí se impartieron fue sugestivo: ¿Hacia dónde vamos? Ideas y Experiencias para pensar el socialismo del siglo XXI. Participaron de las jornadas académicos y activistas políticos de Argentina, Brasil, Chile, Venezuela, Ecuador, Bolivia y Alemania. Además, se realizó un merecido homenaje a Ernesto Broch, un obrero metalúrgico alemán que llegó a Uruguay en 1938 y realizó una intensa labor política e intelectual en nuestro país, en ocasión de que cumpliera noventa años. El propio Kroch fue sin duda, una de las presencias más significativas de la Conferencia.
La expresión: «el socialismo del siglo XXI» se ha transformado al mismo tiempo en bandera política y en marca ideológica. Ha servido también para designar algunos de los emprendimientos que los gobiernos de izquierda han venido realizando en la región (aunque con la excepción de Chávez, el Lula de la primera administración y Evo Morales, ninguno identifica a su gobierno nítidamente con un proyecto «socialista»). Popularizado por Chávez, el socialismo del siglo XXI ha sido utilizado también para designar una revisión crítica de las experiencias de socialismo real, que identificamos como el socialismo del siglo XX. ¿En qué se diferencia la propuesta del socialismo del siglo XXI con la de su predecesor? En al menos tres posturas que han sido claves para cualquier socialismo: cuál debe ser el rol del Estado, cómo se logra la redistribución de la riqueza, y qué papel juegan las instituciones políticas.
El socialismo del siglo XXI, tiene una prédica y una postura con relación al rol del Estado muy distinta a la del socialismo del siglo XX. Para empezar, parece haber abdicado de la pretensión de eliminar la propiedad privada, transformándola en propiedad «pública» o «estatal» (el único caso donde esto todavía está vigente, es en el régimen cubano). Puestas así las cosas, para las izquierdas de hoy el dilema sigue siendo: ¿cuánto estado? El impulso político e ideológico del liberalismo de las últimas décadas, ha dado una respuesta a esto: el menos posible. Sin embargo, muchos de los experimentos realizados con el Estado, en particular en América Latina, han sido catastróficos, y le han enseñado al mismo liberalismo que sin un Estado que funcione, tampoco funcionará el mercado. Pero más allá de estas «correcciones» al optimismo liberal de los noventa, y del diagnóstico, hoy compartido por todos, que sin un Estado que funcione bien, la economía de mercado tampoco funcionará bien, la izquierda tiene un debate pendiente con relación a esto. ¿Cuánto Estado y para qué? La frase «tanto Estado como sea necesario, y tanto mercado como sea posible», no resuelve el problema.
Frente a este dilema, las izquierdas de América Latina han dado respuestas variadas, haciendo sus propias lecturas sobre los éxitos y fracasos de las experiencias socialistas del siglo XX. Durante el siglo XX, una de estas respuestas, fue impulsar los nacionalización y estatización de importantes actividades económicas, en especial, después de la postguerra. En muchos países (Argentina, Brasil, Bolivia), la década del cincuenta fue escenario de muchos de estos procesos. Las izquierdas del «socialismo del siglo XXI» no han abandonado esta pretensión, pero han rebajado el nivel de sus apuestas. Aún así, en países como Venezuela, Bolivia, o Argentina, la recuperación de la propiedad estatal en muchas empresas que habían sido privatizadas, es parte del proceso de cambio que se está impulsando. En países como Venezuela y Bolivia, la «reestatización» de PDVSA o la nacionalización de los hidrocarburos, va más allá de una estrategia que pretende fortalecer el rol de Estado: son medidas tendientes a aumentar los márgenes de soberanía de estos países en cuanto naciones.
Este dilema del socialismo del siglo XX con respecto al Estado no es ajeno al tema de la igualdad. En mundo donde el grado de desigualdad aumenta entre los países, y al interior de los mismos (América Latina es un ejemplo dramático de esto último), la cuestión de la igualdad coloca en el centro el rol del Estado. Baste como ejemplo la bandera de la «reforma agraria» que gobiernos socialistas de distinta índole impulsaron en el pasado. Dado que la propiedad de la tierra era la base en la que se asentaban todas las desigualdades, era lógico que la reforma agraria fuera el instrumento elegido para combatirla. ¿Y quién podía hacer la reforma agraria? Sólo el Estado era un actor capaz de hacerlo, contra los intereses de las élites agrarias. Y a veces, ni siquiera, como lo muestra el golpe de Estado dado contra Joâo Goulart en 1964, cuando lo intentó. Pero hoy ya no es la propiedad de la tierra la fuente de la desigualdad, y la izquierda sabe que los modelos de acumulación que imperan en nuestra sociedades, tienden a perpetrar la desigualdad casi inevitablemente (como lo muestra con claridad, la fatal combinación de crecimiento económico con aumento de la desigualdad que caracterizó al Brasil y al Chile de la década del 80 y el 90). El Estado es el único actor externo al mercado, y con autoridad para hacerlo, capaz de redistribuír los costos y beneficios del crecimiento. El socialismo del siglo XX trató de cambiar el modo de producción (de uno capitalista a uno socialista) como forma de promover la igualdad. El socialismo del siglo XXI se resigna a la imposibilidad de hacer cambios estructurales profundos en los modelos de acumulación capitalista, y por eso los gobiernos de izquierda ya no buscan redistribuír «desde la base» (alterando el modo de producción) sino «desde arriba», reforzando el rol del Estado para que corrija las desigualdades que produce el proceso productivo. ¿Y cómo opera el Estado? Con políticas públicas que permitan el acceso igualitario a bienes socialmente relevantes como educación, salud, vivienda, etcétera.
A un socialista del siglo XX, este rol del Estado le parecería pura «administración del capital». Pero el socialista del siglo XXI piensa distinto. Y lo cierto es que en buena medida es esto lo que los gobiernos de izquierda hacen, con no pocos resultados. La redistribución del ingreso, es uno de los logros más importantes que están obteniendo los gobiernos de izquierda en América Latina, aunque la evidencia empírica de que se dispone todavía es escasa como para hacer aseveraciones generales en este sentido. El ejemplo más llamativo es Brasil: por primera vez en muchas décadas, los cuatro años del primer gobierno Lula registran un proceso de disminución de las desigualdades sociales.
Finalmente, el tercer debate del socialismo del siglo XXI con relación al del siglo XX, es el que se registra en relación a la propia política: al rol de los partidos políticos y las instituciones de la democracia representativa. Aquí es donde se registran los aprendizajes más novedosos. La izquierda ha invertido fuertemente en la formación de partidos políticos, en la relación entre los partidos y el movimiento sindical, a la sostenibilidad y fortalecimiento del movimiento sindical donde lo hay (el «nuevo sindicalismo» de Bolivia es un ejemplo de ello), y en la articulación, ya no hegemonizada por «el partido», de movimientos sociales de muy diversa índole. Con resultados disímiles (compárese el fracaso del Frepaso en Argentina con el éxito del MAS en Bolivia), es mucho lo que se ha hecho, y se ha aprendido, en este sentido.
Sin duda, como se dijo en el Seminario, aún es demasiado temprano para hacer un balance sobre si este giro a la izquierda en América Latina es o no un auténtico «socialismo del siglo XXI». Pero
como dijo Ernesto Kroch al cerrar el evento: todavía quedan noventa y tres años para construir el proyecto del socialismo del siglo XXI. *
*Constanza Moreira. Politóloga. Universidad de la República. Esta columna fue escrita desde 1999 por Hugo Cores. Ante la ausencia notoria de su pluma, le hemos solicitado a Constanza Moreira, como homenaje y aporte, ocupar este espacio durante el corriente año.
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