El origen
Es bueno saber el origen de una disputa si se quiere arreglarla.
Observando los vaivenes y corcoveos que siguen caracterizando, ya de modo grotesco, al conflicto entre Argentina y Uruguay por las plantas de pulpa de celulosa, vino a mi mente un formidable cuento de Fontanarrosa.
Hay dos tipos –Pascual y el Lalita– que juegan en el mismo equipo de veteranos y todos los partidos buscan el menor motivo para putearse y agarrase a piñas. Un día, sus compañeros, hartos de tanta imbecilidad, luego de destrenzarlos una vez más, tratan de entender, ahora con enérgico empeño, la verdadera razón del desatino. El tiempo había ido tejiendo todo tipo de versiones: que el asunto venía de lejos, que uno había jodido al otro con una garantía, que era cosa de polleras y uno le había choreado la mina al otro, que era un tema político, en fin. Hasta que, al fin, la presión logra que Pascual cante la justa:
–Todo arranca un día en que jugábamos contra El Torito y al Lalita le hacen un penal y lo quiso patear. ¡Tomá, patear él! ¡Si los pateaba siempre yo! Pero él era un pendejo caprichoso y nos cagamos a trompadas. ¡Cómo nos cagamos a trompadas ese día, Dios querido! Mirá lo que te digo: cinco años teníamos. De ahí arranca todo…
Tras la confesión, los otros se miran, se saludan y se van, cada uno a su casa, pensando que no iba a ser tan complicado arreglar el embrollo porque, después de todo, la vida es más simple de lo que uno supone.
Sí, ya sé. Una cosa es un cuento –que obviamente he sintetizado en exceso– y otra esta compleja realidad en que están enredados dos países que hasta ahora se habían sentido hermanos.
Pero el cuento tiene una moraleja: siempre conviene hurgar, a veces esperando un poquito más de lo previsto, para hallar el mismísimo origen de la maraña.
Don Juan Carlos: si todavía no lo tiene claro, ¿no podrá sacar de la manga una postergación por mal tiempo?
¿Se imagina si Pascual y el Lalita se siguen cagando a trompadas en Madrid? *
Compartí tu opinión con toda la comunidad