Siempre más
No debemos permanecer callados ante el discurso de Tabaré ni ante el de Bonelli. Ambos postularon que el 19 de junio de este año declaremos todos, formalmente, que «nunca más».
El problema es aclarar si vamos o venimos. Suele suceder no tenerlo claro.
Si queremos avanzar hacia el futuro marcha atrás, como acusaba el escritor francés Paul Valery luego de la Primera Guerra Mundial a los europeos, el «nunca más» propuesto es una cosa.
Si queremos avanzar hacia el futuro mirando para adelante, el «nunca más» puede ser otra cosa.
Y como eso no está debidamente aclarado viene la desorientación: ¿vamos o venimos?
No es poca cosa este asunto. Diríamos que es la principal.
Si lo que se propone refiere a un «nunca más» retrovisor habría que citar para el 19 de junio a mucha más gente que la que está invitada.
Porque el pasado es largo, complejo y surtido. Y está en plena discusión. Tanto es así que apenas un historiador planteó una versión del pasado reciente, estallaron las controversias.
En realidad, después de Artigas, la Historia del Uruguay es controversia hasta nuestros días.
Porque si la cosa es mirando para atrás, en absoluto alcanza con el «nunca más» de la Fuerza Aérea; que por el retrovisor es miope con glaucoma.
Tampoco con el de los «sediciosos».
Si de pasado viene la cosa, y de un pasado acotado entre 1962 y 1985, el «nunca más» debería provenir en primerísimo lugar de la Embajada de los Estados Unidos.
¿Vendrá? ¿Quién se lo pide?
Me apuro a decir que también de la Embajada de la Unión Soviética… ¿Cómo hacemos?: ella ya no está.
La de Argentina, la de Chile, la de Brasil (que nos iba a invadir si ganaba el Frente Amplio en 1971), y la de otras abundantes embajadas. Se trataría entonces de un acto internacional…
Sólo en este rubro Bonelli ya quedó sin decolar. Pero hay muchos otros rubros que tampoco tuvo en cuenta.
Las desapariciones forzadas, por poner algunos ejemplos a cuenta de mayor cantidad, las inició el Partido Colorado en el gobierno «democrático» (Ayala y Castagnetto, ambos en 1971), los asesinatos del Escuadrón de la Muerte (Ramos Filipini e Ibero Gutiérrez: 1971 y 1972 respectivamente) también. No fue la Fuerza Aérea. Fue el Partido Colorado. Fue el gobierno «democrático».
Líber Arce, Susana Pintos, Hugo de los Santos, Héctor Spósito y tantos otros no fueron asesinados por la Fuerza Aérea ni por ser «sediciosos»: lo fueron por el gobierno «democrático» del Partido Colorado.
La tortura en masa y sistemática se inició bajo el gobierno «democrático» del Partido Colorado (Investigación del Senado de la República año 1969).
Los campos de concentración de Libertad y de Punta de Rieles no fueron invento de las Fuerzas Armadas sino del gobierno «democrático».
Las bandas fascistas y sus tropelías no fueron inventadas por la FIFA.
¿La gran prensa que auspició el autoritarismo y el golpe desde mucho antes de la disolución del Parlamento dirá su «nunca más»?
¿Las Cámaras Empresariales que hicieron lo mismo y luego lo disfrutaron: irán también al «nunca más»? ¿Los bancos irán?
Se nos acaba el espacio pero, aun con espejo retrovisor, y marcha atrás, deben ser muchísimos los que vayan a la jura propuesta.
De ninguna manera, dos escasos y solitarios demonios.
Sería una burda simplificación del pasado perteneciente a la familia de los cuentos del tío. Encima ordinario.
Y mostraría una escasez de demonios preocupante. Mejor dicho: una superpoblación de diablos encuevados escalofriante.
Negocio redondo para quienes fueron los principales responsables y ahora quieren, encima y también, seguir pasándola como inocentes.
Este país no está en condiciones todavía de asumir en plenitud las traiciones a Artigas, la masacre de Salsipuedes, las monumentales traiciones de antes y de después de la Guerra Grande, las de Venancio Flores, las del genocidio al pueblo paraguayo, y un larguísimo etcétera de vergüenzas que llegando hasta nuestros días hace por lo menos de una ingenuidad beatífica pretender resolver el problema de uno de los tantos episodios trágicos de nuestra Historia con un «nunca más» de vuelo rasante y tiempo completo.
Blancos y colorados no han podido a lo largo de siglos ponerse de acuerdo con su «nunca más». Seamos honestos. Y respetuosos: ¡dejemos la Historia en paz!
En suma: no parece viable un «nunca más» de cara al pasado que, por eso mismo, será polémico. ¿Y quién tiene derecho a impedir que lo sea? ¿Quién puede decretar una «historia oficial»? ¿Quién le puede exigir a quién, que renuncie a la reivindicación de su pasado? ¿A reclamar la justicia que le es debida?
Las dos palabras argentinas de Sábato no sirven para mirar el futuro de frente. Son una constatación. Y la repetición, que nunca está de más, de innegociables principios que nos vienen desde la más remota antigüedad. Fijan, es verdad, un compromiso: no hacer ciertas cosas porque es un deber no hacerlas.
A la salida de la Primera Guerra Mundial (primera gran carnicería humana industrial y planetaria) las naciones se comprometieron a no usar más gases en las guerras. ¡Y lo cumplieron!: en la Segunda Guerra Mundial, que en materia de matanzas superó largamente a la Primera, no usaron gases en la guerra. Usaron la aviación en masa sobre densas poblaciones, el napalm, la bomba atómica…; los gases fueron usados solo fuera de la guerra: para asesinar judíos y otros civiles inermes por millones y en masa.
En vez de «nunca» conviene «siempre». Porque es cosa sabida que en base al «no» es imposible definir un concepto; un proyecto y un futuro.
Entre otras cosas porque las palabras «siempre» y «sí», para tener algún sentido, requieren agregados y esos agregados positivos son los únicos capaces de unir a un pueblo que estuvo separado y al que como siempre los malos de afuera y peores de adentro quieren dividir.
El «nunca más» retrovisor abarca solamente efectos y consecuencias, lo que no es poca cosa, pero elude causas. Huye de ellas. No quiere averiguarlas. Hace como el avestruz.
Es, en ese sentido y además, perezoso. Nos invita a, luego del juramento, dormir una siesta como eran las nuestras: de pueblos ahítos (al decir de Eliseo Salvador Porta).
No nos obliga, para conquistar «la paz del alma» y la unidad nacional, a hurgar en busca de las causas para luchar contra ellas. A cambio, y en el mejor de los casos, nos ofrece dormitar y nos acuna con chupete y todo.
¿Estamos o no de acuerdo en defender la libertad en toda su extensión imaginable?
¿Estamos o no de acuerdo en defender la democracia, extenderla y profundizarla?
¿Estamos o no de acuerdo en erradicar la pobreza?
¿Estamos o no de acuerdo en distribuir la riqueza generada?
¿Estamos o no de acuerdo en combatir toda injerencia extranjera tanto en nuestros gobiernos y sus dependencias como en nuestros partidos y en nuestras organizaciones sociales?
¿Estamos o no de acuerdo en convivir pacíficamente, esto es: a luchar intensamente por cada idea y por cada interés sin apelar a ninguna forma de violencia?
Si lo estamos, digamos entonces: «siempre más» libertad, democracia, justicia social, bienestar colectivo, independencia física y mental, paz.
Esto no es un programa de gobierno. Apenas puede llegar a ser un compromiso nacional de largo alcance basado más que en las palabras (aunque ellas son necesarias) en los hechos.
Palabras con hechos que, de producirse, arrancarán de raíz las malas yerbas que no queremos. Además, resulta obvio e indiscutible que sin desmedro de cualquier otra, la máxima reparación humana posible, por culpas y por daños que siempre pertenecen al pasado, es cultivar el bien en el presente. *
(*) Senador del MPP- Frente Amplio
Compartí tu opinión con toda la comunidad