Candidatitis
Se ha dicho que este es el país donde más se conjuga el verbo «politizar». ¡Qué va! Será «politiquear», porque está enfermo de electoralismo. Es tan claro como la desesperación de distinguidos ciudadanos por una candidatura.
Bueno, derecho tiene cada cual. Sólo que, de pura ansiedad, ponen el techo la nominación- y dejan para luego las paredes ideas, programa, acuerdos-, un desajuste arquitectónico que suele causarles estrepitosos derrumbes.
Me voy a permitir una pequeña picardía.
Parafrasearé a Camilo Cela la literatura de ese gallego suele serme de gran ayuda- para aproximarnos a la descripción de vernáculos candidatos cuyos nombres reales no revelaré por obvias razones de supervivencia.
Don Leonardo, por ejemplo, lleva corbatas muy lucidas y se da fijador en el pelo, un fijador muy perfumado que huele desde lejos. Tiene ínfulas de gran señor y un aplomo inmenso, un aplomo de hombre muy corrido, aunque, en realidad, no ha corrido demasiado.
Don Jaime tiene un gran aire, aunque en el café todo se sabe. Es, lo más seguro, un hombre honrado, pero terminó un negocio, no salía nada y ahora anda buscando un destino. Antes, miraba para los espejos y se decía: «¿Quién habrá inventado los espejos?».
Don Gregorio parece dentista o peluquero. También parece, fijándose bien, un viajante de productos químicos. Tiene todo el aire de ser un hombre muy atareado y se ve que está acostumbrado a mandar. Es de esos que, cuando van a la peluquería, se cortan el pelo, se afeitan, se hacen las manos, se limpian los zapatos y leen el periódico.
Don Consorcio es un filósofo práctico, cosa que le da buen resultado. Una vez, el hermano de una novia con la que no se quiso casar, le dijo: «O te casas o te los corto donde te encuentre». Y don Consorcio, que no quería casarse ni tampoco quedar capón, cogió el tren, fue y vino a la capital y ya no se metieron con él porque les costaba encontrarlo.
Si el lector se tienta, que juegue a las adivinanzas. *
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