La Ley de Defensa

Escrito por: ELEUTERIO FERNANDEZ HUIDOBRO (*)

Jueves 29 de marzo de 2007 | 3:54
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Los países más conocidos del mundo y entre ellos nuestros vecinos hace ya tiempo que tienen su respectiva Ley de Defensa.

Se trata de un instrumento muy peculiar: debe ser revisado cada pocos años, es público y notorio, fija, desde los poderes políticos, los grandes rumbos que en esa materia deberá seguir la sociedad a través de sus órganos de gobierno. Por lo tanto es recién a partir de esa Ley que pueden producirse racionalmente otras como por ejemplo modificaciones a la Ley Orgánica Militar, una Ley sobre los servicios de Inteligencia, la Ley de Presupuesto y un largo etcétera.

El debate público y el parlamentario dotan y deben dotar a estas leyes de la mayor transparencia posible porque entre otros objetivos ellas buscan mostrarles a la región y al mundo, sin tapujos, las preocupaciones y las decisiones que en materia tan delicada un país va tomando. En realidad su objetivo mayor es la paz. En estos asuntos, como resulta obvio, la paz entre los pueblos comienza a cimentarse cuando se aventan resquemores y desconfianzas. Es una dura lección aprendida después de colosales tragedias.

Colocan también esa cuestión en manos del público para que nadie ni nada pueda medrar en las catacumbas del secretismo y para que comprendamos que ese tema le pertenece a todos porque la defensa no es solamente asunto militar. Es un deber y un derecho de los pueblos.

Por ahí van las razones que hacen necesarias y muy importantes estas leyes.

Es en este marco (una especie de aclaración previa) que debe ubicarse el ruido que hace unos días se produjo en torno a la instrucción militar.

No deja de ser triste que luego de un tan serio trabajo como el que se ha venido realizando y que abarca tantos problemas graves y trascendentes, se haga un carnavalito matraqueño con ínfulas de seriedad y pretensiones de viveza criolla.

Bajo el gobierno de Jorge Batlle desembarcó en el Parlamento una ilustre delegación de la Cámara de los lores: los de la defensa de tan viejo cuan vasto imperio.

Le preguntaron (a senadores y diputados uruguayos): ¿Para qué querían tener Fuerzas Armadas en Uruguay?

El presidente de la delegación uruguaya para esa instancia les dijo que Suecia, país neutral en las dos últimas guerras mundiales, alegaba hace poco que no se puede ser neutral sin tener con qué hacer respetar esa neutralidad. Porque como nadie es bobo, ningún beligerante acepta la neutralidad “virtual” y peregrina de alguien que está inerme. El ofendido porque sabe que el ofensor va a merendarse de un tarascón ese país. Y el ofensor por lo mismo y porque además tiene hambre.

Los cascos azules de las Naciones Unidas, incluso los uruguayos, van en son de paz armados hasta los dientes. Ningún pueblo masacrado creería en la protección de alguien que se interpone a los genocidas con florecillas.

No hay contendientes armados en el mundo que, resolviendo hacer la paz, pidan árbitros y custodias de la “tierra de nadie”, que acepten una fuerza neutral de paz que arribe a esas trincheras de traje, corbata y formularios triplicados para el juez de turno.

Que la neutralidad uruguaya siempre estuvo agredida o amenazada. La primera gran batalla naval de la segunda guerra mundial la perpetraron en nuestras narices los ingleses (casualmente) y los alemanes que, además, se metieron en la Ciudad Vieja y, hace bien poco, resulta que hubo una guerra entre los ingleses (casualmente) y los argentinos por las islas Malvinas durante la cual nuestra neutralidad fue enérgicamente preservada no sin riesgos. Ambos contendientes, después, tuvieron a bien la conducta uruguaya.

Huelga decir que no hubo respuesta a la respuesta.

Pero puede ser que haya uruguayos que, como lores ingleses, no entiendan para qué necesitamos Fuerzas Armadas.

El servicio militar obligatorio está vigente en Uruguay desde 1940. Y uno de sus defensores fue el Partido Comunista del Uruguay. Y estuvo muy bien. Porque ante el avance mundial del fascismo (que en Uruguay tenía fuertes quinta columnistas) no había mejor remedio.

La Constitución de la República dice que el Parlamento declara la guerra, fija anualmente el número de efectivos y llama a la milicia, o sea al servicio militar obligatorio.

Cada empleado público, supongo que sabe, que es la reserva inmediatamente movilizable, mientras se moviliza a los demás, si el Parlamento lo decide por lo que sea.

Sería conveniente que los uruguayos supiéramos que en Uruguay en caso de conflicto somos todos movilizables de acuerdo a las leyes vigentes. Es más, las Fuerzas Armadas están organizadas y estructuradas para ser el esqueleto que encuadre esa movilización.

Concretamente el Partido Colorado en el gobierno movilizó en 1968 (militarizándolos) a los empleados bancarios oficiales y llegó al colmo, violando flagrantemente la Constitución, de militarizar a los bancarios privados en 1969.

Sus dos principales líderes de hoy (Jorge Batlle y Julio María Sanguinetti) pueden explicar esto mucho mejor.

Quien propuso la instrucción militar obligatoria (que no es lo mismo que el servicio militar obligatorio) no fue Semproni sino José Batlle y Ordóñez porque en la época que le tocó vivir no había mejor remedio.

Muchos dirigentes sindicales de nuestro país fueron voluntariamente a recibir instrucción militar en el Centro General de Instrucción para Oficiales de Reserva (Cgior), donde el entrañable Héctor Rodríguez, siendo dirigente textil y del Partido Comunista, logró llegar a cabo.

Reconozcamos plenamente que los tiempos no son, ni por lejos, los mismos (gracias a Dios) y es por ello que en el borrador del Proyecto de Ley se instala la instrucción militar voluntaria (porque el servicio militar voluntario es el que hoy ya existe).

Parece ser que el miedo estriba en que un psicópata pueda usar esos conocimientos para hacer un desastre. Quienes temen no conocen los clubes de tiro, los deportes olímpicos, ni navegan por Internet… Los psicópatas sí que navegan. *

(*) Senador de la República. Escritor.

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