Escrito por: ANTONIO PIPPO
He debido vencer cierta resistencia para hablar de “Gran hermano”, programa que me incomoda moralmente como podría incomodarme un forúnculo en la ingle. Pero, bueno, aludir a la repugnancia, o al “no sé de qué se trata”, es aceptar la cobardía de esconderse como estrategia del vivir.
Lo privado y lo público son universos diferentes. Si esa diferencia no se respeta el hombre no puede lo han dicho pensadores ilustres, yo sólo repito vivir realmente en libertad.
Así lo postula, entre otros, Milan Kundera: “Una de las condiciones del paso a la edad adulta es la reivindicación de un cajón para las propias cartas y cuadernos, la reivindicación de un cajón con llave; se entra a la edad adulta mediante la rebelión del pudor”. Enseguida, el escritor checo recuerda la vieja utopía revolucionaria donde la vida pública y la privada no fuesen más que una, y la casa de cristal, el sueño surrealista de Breton, donde el hombre viviría a la vista de todos: “¡Ah, la belleza de la transparencia! Unica realización de este sueño: una sociedad totalmente controlada”. Y cierra de modo estremecedor: “La divulgación de la intimidad del otro, en cuanto se convierte en costumbre y norma, nos hace entrar en una época en la que lo que ante todo está en juego es la supervivencia o la desaparición del individuo”.
Pero ¡qué distancia!
Porque Kundera nos habla del pudor como noción clave de los Tiempos Modernos. Se refiere al arte y a la vida de los artistas, a las ideas y a la vida de los intelectuales, para acusar de asesinos a “los que arrancan las cortinas”.
¿Qué decir entonces de quienes lucran con la impudicia, cada día avanzando en la sucia tarea de desnudar a unos pobres desgraciados que ni saben por qué se han prestado a tan desagradables revelaciones?
¿Y qué pensar de quienes, con capacidad crítica, hallan igual motivos de atracción, de entretenimiento y hasta de supuesto interés antropológico en esta miserable muestra de descomposición moral? *
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