Los jueces británicos
Aunque fue el año del «maracanazo», los futboleros no hablaban del seleccionado celeste campeón del mundo. Se acercaban las elecciones de 1950 y los vecinos tampoco les daban bolilla a los doctores de la Ley que se disputaban el gobierno del país. ¿De qué hablaban entonces? En el linajudo Tupí-Nambá, en las colas frente a los expendios municipales y hasta en los ruidosos tranvías el tema era el mismo. Todos muy noveleros daban su opinión sobre el asunto más polémico de aquel mágico 1950. Charlaban, discutían y se acaloraban con los árbitros ingleses. Broncas entre dirigentes, cuestionamiento de campeonatos y denuncias de hechos delictivos culminaron en que el Uruguay, flamante campeón del mundo, trajera jueces británicos para asegurar imparcialidad y tranquilizar a todos. El Colegio de Arbitros de esos días estaba bajo inmensas presiones y no le quedó otra que aceptar la presencia de colegas del país cuna del fútbol. EL primero que debutó con su sola presencia llenó el Estadio en un partido en el que jugaban Nacional y el bohemio Wanderers. Todos lo llamaron Mister Madison y dio una clase de técnica, excelente estado físico y ecuanimidad en sus fallos. Comentaristas como Semino, el doctor Gallardo y el Cheto Pelliciari elogiaron su desempeño. En las tribunas, en tiempos en que vendían naranjas y manzanas entre el público, por primera vez en años ninguna de esas frutas voló hacia la cancha. Los dirigentes metieron violín en bolsa y al menos por un tiempo dejaron de pelear entre ellos y de presionar casi mafiosamente a los pobres hombres de negro. Otro que dirigió por esa época fue Mister Barker que tenía la virtud de conocer el idioma español para regocijo de los periodistas que no se cansaban de perseguirlo. El pobre tipo hasta era esperado en la puerta de la Confitería Americana donde tomaba su tradicional té de las cinco. Los jugadores más pícaros se dieron cuenta de que esos ingleses no cobraban foul al pechazo y los habilidosos tuvieron que extremar su arte de amagues, moñas y gambetas. Los espectáculos ganaron en fuerza física, vibración y brilló como nunca el arte futbolero de maestros como Julio Pérez, y el Cotorra Míguez. Otro fue Mister Charles Wood, quien fue felicitado hasta por el Negro Jefe, Obdulio Varela. El referato uruguayo representado por el mítico Turco Marino, no se oponía a sus colegas ingleses pero muy justamente reclamaba que los dirigentes los respetaran como lo hacían con los británicos. Otro referente del referato como el señor Domingo Lombardi también aceptaba la brillante calidad técnica de esos extranjeros, pero pedía que nunca más se presionara a los jueces uruguayos y se los dejara arbitrar tranquilos. No olvidemos que un año antes, en 1949, era casi usual ver a personas luciendo armas frente al cuarto de los pobres jueces uruguayos. Hasta el querido Juancito López, director técnico de la selección celeste llena de gloria mundialista, elogió a esos jueces ingleses pero reconoció que los señores de negro compatriotas tenían buen nivel y debían dirigir lejos de presiones y climas raros creados por dirigentes. Uno de esos jueces, Mister Berry, fue un habitué de la Playa Malvín donde demostró simpatía y afecto jugando a la pelota con los vecinos. Con más recuerdos y música los esperamos en la 1410 AM LIBRE. *
Coordinación: ANGEL LUIS GRENE
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