Un escandalizador
Días atrás se publicó en la contratapa de este diario un artículo de Mario Bunge, a quien se describió como «periodista».
Si bien es cierto que Bunge colabora en diversas publicaciones, no lo es menos que se trata de un filósofo, más exactamente filósofo de ciencias, nacido en Argentina pero radicado hace más de cuarenta años en Canadá, donde si no se ha jubilado aún- es profesor de la Universidad Mc Gill.
Pero lo importante no es esta precisión.
En ese artículo, titulado «¿Qué son las pseudociencias?», Bunge destruye sin piedad «un montón de macanas que se vende como ciencia», quizás con la respetable intención de advertir a incautos acerca de ciertos oportunismos lucrativos. Sin embargo, resulta poco creíble que junto a la alquimia que ya no difunden ni los alquimistas, ahora dedicados a las bellas artes o la arquitectura-, la astrología, la caracterología, el creacionismo, la grafología, la ovnilogía y el comunismo científico al que dicen que mató Stalin- haya incluido a la homeopatía y al psicoanálisis.
Para Bunge, tales pseudociencias invocan entes sobrenaturales inmunes al examen científico, no someten sus especulaciones a prueba alguna, rechazan la crítica, no interactúan con ninguna ciencia y no buscan la verdad desinteresada.
Yo ignoraba que Bunge se había convertido en un escandalizador. O sea, ese zorro astuto que, con buena formación académica, generaliza y simplifica, apelando al dogmatismo que dice despreciar, y miente para exponer como verdad lo que es un sofisma o una falacia.
Decir que no hay laboratorios homeopáticos y descalificar al psicoanálisis de Freud hasta acá, le da la estatura de uno de esos mentirosos de púlpito con música de fondo, que son la precisa personificación del objeto de su supuesto desvelo científico.
Vaya sorpresa que has dado, hombre. ¡Llegar a viejo y defecarse en la sabiduría para que a uno lo noten!
Si seré tonto. Creía que el único que no daba garantías al lector era yo. *
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