Un cuento
Había una casa vieja con dos cuartos grandes y poca gente. En uno, seis personas. En el otro, cuatro.
De pronto, un apagón.
En el primer cuarto se oyó la voz enérgica y dominante de un hombre del que sólo se advertían hirsutas cejas: -Si fuiste vos, no jodas, Turco, así no vas a sacar ventaja. Si fue Jorge prendan velas porque quiero ver qué está pasando.
En el otro cuarto, a la sombra de un anciano alto y barrigón le brillaban ojos abiertos como platos que intentaban perforar la oscuridad. Sus dichos rebotaron en las agrietadas paredes: -Por Dios, Amorim, ¡¿ya pasamos Carnelli!?
En el primer cuarto descubrieron enseguida que ni velas quedaban. Alguien propuso hacer una fogata con un par de cuadros, pero el hombre de cejas erectas se puso como loco: -¡No podemos quemar hasta eso! ¡Cultura, bárbaros!
En el segundo cuarto, el anciano barrigón, que sólo veía bultos, como Borges, llamó a la serenidad: -¡No me apuren en subida si me quieren sacar bueno! De última llamo a Bush, por si lo que pasó fue muy fulero.
En eso, volvió la luz.
Alguien tuvo piedad -¿Larrañaga?- y empalmó, para que durara un ratito, el par de cables sueltos que había dejado a esos nobles ciudadanos a oscuras, ignorantes de qué ocurría a su alrededor.
En el primer cuarto estaban Sanguinetti, Hierro López y Abdala. De Tabaré Viera flotaba una holografía, Stirling había perdido la corbata colorada en la huida y a Ope Pasquet, recostado a la puerta como la Pantera Rosa, nadie le prestó atención.
En el segundo cuarto estaban Batlle y Amorin, mirándose como Sartre y Simone en su peor pesadilla de infidelidad existencialista. En la pared habían quedado dos mensajes: «Rajo, es ahora o nunca», de García Pintos, y «Me quemo más con vos que con mi viejo», de Bordaberry.
Sanguinetti alcanzó a musitar: -¡Mamá!, ¿por qué no te hice caso?
Y Batlle, haciendo pucheritos, gimió: -¡Fue el flaco, que me arrancó el otro brazo!».
Y cerró un borracho que pasaba: ¡Vamo’arriba los coloraos! *
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