Leer
¿Adónde va la nueva educación nacional?
Sigo pensando que no admite mejor objetivo, además de la instrucción básica, útil para la compleja vida diaria, que crear ciudadanos de mente libre, tolerantes, solidarios, benevolentes. Y si para tamaña construcción debe haber justicia económica y social, también es necesario aumentar la sensibilidad, un principio profundamente democratizador.
¿Cómo se cultiva la sensibilidad? Entre otras cosas, por la lectura.
El ministerio competente ha lanzado el Plan Nacional de Lectura, cuyo diseño aún luce un tanto vago. Pero más que esa vaguedad llama la atención que, para promoverlo, se haya suscrito un convenio con Antel a fin de facilitar «el acceso de los sectores más desfavorecidos a las tecnologías de la información y la comunicación», propiciando espacios de animación a la lectura.
Se me perdonará, pero alimentar la ansiedad por la informática hasta para esto me infunde temor. Si queremos que se lea más y mejor, pocos recursos son tan tramposos como la computadora.
Hay que comenzar en la escuela, de la mano de maestros preparados y de un programa realista. Sábato sugirió «enseñar la literatura al revés, empezando por los creadores de nuestro tiempo, que son los que hablan el lenguaje más cercano a las angustias y esperanzas del alumno, para que más tarde éste se apasione por lo que Homero o Cervantes escribieron sobre el amor y la muerte, la desdicha y la desesperanza, la soledad y el heroísmo». Y algo más vulgar: subsidiar los libros necesarios para que lleguen a todos.
Quizá peque de ingenuo. Pero así lo creo. La lectura, si prende, instruye, forma y sensibiliza. Es el arte en camino hacia el pueblo, para que la sociedad no tenga una cultura sino sea una cultura, como quería Thomas Mann.
Esa cultura social cerrará la boca de la soberbia imperialista que nos rodea. Aquella que «Vogue» resumió en 1892: «Ahora que las masas se bañan todas las semanas, ¿cómo podrá distinguirse al caballero?».
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