Bolsitas
Wimpi decía que no hay por qué buscarle explicación a todas las cosas.
En eso pienso al analizar un asunto al que, por ahora, no le encuentro la vuelta: el nuevo sistema de recolección selectiva de residuos de Montevideo.
En una bolsita de plástico, cuyo color no importa, van todos los residuos, menos los reciclables; esa bolsita se deposita luego en los correspondientes contenedores. Los residuos reciclables –envases de plástico, vidrio, latas, aluminio, hierro, trapos, papel y cartón, entre otros– van en otra bolsita, de color naranja, que proveerá la cadena de comercios adheridos; esa bolsita se deposita luego en «centros de acopio». Y algo más: los envases de plástico deben ir absolutamente vacíos, destapados y aplastados, y los papeles y cartones cortados y en forma de atado, pero sin arrugarlos.
A ver si entendí. La gente usará no una sino dos bolsitas de residuos. En su agitado quehacer diario habrá de cuidar que cada cosa vaya a la bolsita correcta y como corresponde y luego, quién sabe si dividiendo la tarea entre el núcleo familiar, llevará una de las bolsitas al contenedor de la esquina y la otra, la naranja, a un centro de acopio que tal vez le quede un poco lejos, razón por la cual quizás decida amontonarlas hasta contratar un flete.
¿Y todo esto mientras los escarbadores –porque los hurgadores, dignos obreros, son otros y son menos– enmugrecen impunemente la ciudad?
No. Algo se me debe haber escapado y sería bueno que las autoridades responsables me desasnen. Por favor.
Porque puedo imaginar cientos de situaciones graciosas, patéticas o insólitas.
Esta, por ejemplo:
–¡Vieja! Metiste los pañales del nene en la bolsita naranja y nadie se va a animar a reciclar las botellas de plástico.
O esta otra:
–¿Qué hiciste con la botella que había en la heladera?
–Le saqué el poquito que quedaba, medio amarillento, la aplasté y la metí en la bolsita naranja…
–Jodete. Tiraste el agua de malva que te guardé para las hemorroides.
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