Imperialismo
Para una Historia de los Imperios, el estadounidense es el más jovencito aunque sería exagerado decir que está en pañales..
En pañales, alguno gateando, y otros recién prendidos a la teta, hay varios mostrando ya sus colmillos de leche.
Y viejos, lo que se dice «viejos», hay muchos; por citar los casos más conocidos en casa: el español, el portugués, el británico. Achacosos en variada escala, muestran entre sus vetustos oropeles y prótesis, incluso desde su silla de ruedas, además de las cicatrices horrendas, gastados colmillos… Algunos rotos y otros postizos.
Existen también los muertos, hasta con su idioma incluido, de los que apenas quedan antiquísimos restos arqueológicos.
Y hasta hay jóvenes imperios muertos aún tibios.
Lo más curioso de esta larguísima Historia es que también hay muertos que pugnan por resucitar y viejos por rejuvenecer.
Sin ir más lejos, el de la tierra de «Fausto».
La palabra «imperialismo» busca designar el concepto que generaliza una estruendosa realidad plural, cambiante, variada y nutrida: los imperios.
Salvo en tramos temporales de los que no ha quedado vestigio escrito alguno, o no los encontramos todavía, puede afirmarse que en la parte conocida, por ende «Historia», no hubo en el planeta momento sin imperialismo y sin imperios simultáneos.
Han creado y protagonizado las más grandes hecatombes y las más feroces guerras. En realidad fueron los inventores y criadores de la guerra con pelo y barba. Hasta hoy.
Bush es, por desgracia, el Presidente de una gran nación y de un gran pueblo: eso debe quedar claro.
Pero es a la vez el representante del más grande de los imperios conocidos hasta ahora. Un imperio, reconozcámoslo, con reumatismo, várices, problemas cardiorrespiratorios, temblores inexplicables, y una calvicie tan incipiente como su vejez prematura anunciada por los datos clínicos reseñados.
Pero ¡cuidado!: esto no implica que el capitalismo esté al borde del abismo. Por el contrario, a lo mejor lo que está es cambiando de imperio como ya lo hizo tantas veces.
Antes, hace mucho, pudo haber imperios e imperialismo sin capitalismo. Desde el advenimiento del capitalismo ya no puede haber ninguna de las dos cosas sin él.
Hubo quienes lo intentaron y así les fue. Sirva ello de advertencia para quienes hoy, queriendo volver al pasado, lo están intentando.
Esos suelen ser más reaccionarios que el imperialismo realmente existente.
Tampoco se puede confundir imperialismo con alguno de los imperios existentes (sería suicida creer que muerto un solo perro se acabó la rabia) ni, menos, capitalismo como un imperio
Concreto tal como intentó demostrarlo por encargo (pero después de la II Guerra Mundial) la Academia de Ciencias de la URSS llegando incluso a sustituir la lucha de clases por la lucha entre Estados. Y así les fue. Lo único que sí parece cierto es que ya no puede haber imperios sin capitalismo.
Y: ¡tremendo asunto!, la posibilidad de que por lo tanto no haya capitalismo si son derrotados los imperios (con lo que desaparecerán ambas cosas) o no haya imperios si es derrotado el capitalismo.
Este trabalenguas es el meollo de la discusión sobre estrategia que dividió y divide a la izquierda.
Porque ante él caben tres posturas: a) Derrotar primero al capitalismo. b) Derrotar primero al imperialismo y, c) Pelear contra los dos al mismo tiempo.
La que parece más sensata es la última, pero ofrece la posibilidad y por lo tanto la discusión, acerca de si debe haber, o no, prioridades.
Obviamente que antes de seguir adelante nos apresuramos a señalar que dejamos para otra oportunidad (el papel aguanta cosas peores) explicar qué entendemos por socialismo que, como todo el mundo sabe, será lo que sustituirá al capitalismo y al imperialismo cuando los derrotemos.
Al fin de cuentas una contratapa de este diario no da para tanto y además nosotros no somos un 0800.
Sabiendo que la lucha de clases es anterior al capitalismo, creemos que sin embargo ella estuvo, antes y después, sobredeterminada por el imperialismo (una especie de hermano gemelo) que, como ya dijimos, también «nació» antes del capitalismo. Es más: el proceso de acumulación que permitió el nacimiento del capitalismo fue producto del imperialismo. Hermano gemelo de la lucha de clases pero a la vez padre y madre del capitalismo y por ende de la clase obrera (sepulturera de su hermanastro al decir de Marx).
En nuestra América precolombina existía lucha de clases en el seno de las formaciones sociales más «avanzadas», pero la Conquista terminó con ella (y con mucho más) a sangre y fuego, instalando a macha martillo otra «lucha de clases».
E instalando la «cuestión nacional» que si bien ya podía estar presente en el continente, nunca lo estuvo en la magnitud que lo abarcó por completo de forma tajante a partir de entonces y hasta hoy.
De modo entonces que el imperialismo no fue sólo una fase superior del capitalismo sino su generador, criador y cultivador hasta hoy. Actuando con cada vez mayor fuerza. Obviamente siempre en manos de la burguesía de los países dominantes.
Algunos autores afirman que ese «modelo» es inviable porque excluye a millones de personas. Como si el dolor de esos millones o la valoración ética correspondiente pesara un comino sobre las neuronas o el alma de la tasa de ganancia (es decir de los burgueses dominantes y sus aliados).
Le adjudican a ese sector minoritario de la humanidad, un corazón del que carecen.
¡Como si alguna vez hubieran vacilado un ápice en exterminar pueblos y civilizaciones enteras en aras de su ganancia! Por el contrario: financian y fomentan Universidades y Ciencias para el hallazgo de armas y métodos capaces de exterminar con eficacia y eficiencia.
Para ellos es mucho más peligroso un problema en la Bolsa de Valores que un prurito ético. Y mucho más fácil de resolver sin más trámite: una o dos bombas alcanzan para poder dormir tranquilos.
Dijimos «burgueses dominantes y sus aliados» introduciendo un tema incómodo en la izquierda.
Entre los aliados del imperialismo, por ende de cada imperio concreto, debemos agregar además de los cipayos («indígenas» de cada país conquistado gracias a ellos) a sus respectivas clases obreras y demás sectores explotados dentro de las metrópolis de esos imperios (que son, ni más ni menos, Estados Nacionales).
El imperialismo de antes y de después del capitalismo, no es más que el «descubrimiento» por las clases dominantes de un Estado o de una Nación, de que el mejor negocio que hay es conquistar a otros pueblos, a otras Naciones o Estados Nacionales. Esas conquistas, con la enorme tasa de ganancia que proporcionan, tanto en forma de botines de guerra directos, tangibles y transables, como de mano de obra prácticamente esclava, permiten repartir algo entre los cipayos y entre sus propias clases explotadas que pronto comprenden la conveniencia de que su país sea imperialista transformándose así en aliados de cada burguesía imperial y en explotadores de segunda mano de otras clases explotadas y de otros obreros. Incluso de otras burguesías.
Es más: hoy es dable observar incluso la existencia de sectores importantes de trabajadores y proletarios de los países explotados, aliándose con el imperio de turno.
El imperialismo introduce la «cuestión nacional» y con ella un «ruido» en todo análisis de clases esquemático, sencillo y confortable.
«Proletarios del Mundo Uníos» sigue siendo un buen grito de guerra. Pero nada más.
Por más que con ese grito nuestro glorioso PIT-CNT vaya a dialogar con sus «hermanos trabajadores y proletarios» de las Poderosas Centrales Obreras estadounidenses, francesas, alemanas, japonesas, chinas, vietnamitas, argentinas… Por más que vaya, verá que el grito quedará sonando, como eco vano, entre paredes mudas.
Alguien dirá en Uruguay «¡te tragaste la pastilla Yanuzzi! » Pero el grito igual seguirá valie
ndo. A largo plazo.
«El socialismo será nacional por sus formas pero internacional por sus contenidos». ¡Vamos a cuidar las formas!
Es por todo eso que en la izquierda uruguaya conviene tratar de pertenecer a la izquierda uruguaya. *
(*) Senador de la República.
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