Veleros
Hace ya mucho tiempo que un día tomé fehaciente conocimiento de que se puede navegar a vela contra el viento. Quedé, como dicen ahora, «de cara».
Tamaña contradicción lógica, paradoja, incongruencia, inconsistencia y magia, no se fue hasta hoy de mi gastada cabeza.
Frustrado, diríamos que hasta mutilado por diversas ocupaciones secundarias que como suele generalmente suceder ocuparon mi tiempo en otras cosas sin dejármelo vivir, no pude jamás navegar a vela: ni a favor ni en contra del viento.
Y hoy con poca fuerza en los huesos, miro desde la orilla con irreparable envidia los veleros oceánicos y los chiquilines (de la clase Optimist) y, ni qué hablar, a la muchachada que sobre miserables tablas vuela aferrada en alas multicolores, como de mariposa, que la lleva y trae de barlovento a sotavento.
¡Quién lo pudiera!
Hubo un tiempo en el que todos los seres humanos tuvimos muy claro que se podía aprovechar la fuerza del viento en popa con una vela cuadrada. Cualquier trapo colgando de una percha y puesto de través en el mástil, iba obviamente a empujar el barco hacia delante. Por lo que, con viento en contra había que remar sin más remedio hasta que se tuviera la suerte de que soplara uno favorable al rumbo.
Y así pasaron siglos lógicos y coherentes: «A vela se puede navegar solamente con viento en popa».
Hasta que una noche insomne a cierto loco (porque alguien tuvo que ser) se le ocurrió la «despreciable» idea de cortar la cuadrada vela para transformarla en un triángulo (o por lo menos en un trapecio).
Tengo por seguro que como el gran observador de cosas triviales que era, fue inspirado por las alas de los pájaros porque esos animales mueven sus alas de arriba para abajo pero vuelan para adelante…
Los académicos burócratas del lugar lo deben haber quemado vivo no sólo por afirmar que con esa vela rota se podía navegar contra el viento sino por lo que les cayó peor: haber navegado efectivamente así contra sus estultas narices, dejándolos en ridículo.
Con unas tijeras, el susodicho libertador destruyó para siempre macizos y ciclópeos esquemas «lógicos» que, en el mismo acto de la fogata, comenzaron a derrumbarse.
La otra alternativa es que cuando les hizo la demostración aprovechó el viento en contra para huir lo más lejos posible del esquematismo derrotado y por ende rabioso.
Bastó verlo pasar, para imitarlo masivamente.
Sería bueno que nosotros tomáramos cursos de velerismo porque la cosa es más compleja de lo que parece. Y más aleccionante.
Resulta que la vela latina (o la cangreja) puesta de perfil contra el viento (como las palas de un ventilador) debe ser ayudada por una buena quilla o, en su defecto, por una orza (especie de aleta ventral en el piso del barco). Ambas son como las razones de fondo del asunto.
Y por un buen timón solidario a su vez a una fuerte vara llamada otrora gobernalle, con la que se lo hace girar para un lado u otro.
Creo que la curiosa palabra «gobernar» proviene de la marinera «gobernalle» e indica claramente que gobernar no fue ni es nunca lo mismo que mandar.
Hay una nada sutil diferencia de concepto encerrada en ellas. Veamos:
Puesta la vela en forma de ala sesgada o pala de hélice contra el viento de proa, adherido el barco en el agua gracias a la quilla y su orza, y situado el timón por el gobernalle en la dirección necesaria para contrarrestar la fuerza del viento, el pobre y desgraciado ser humano obtiene mediante esos tres subterfugios darle su rumbo al barco, que obedece a la fuerza resultante de esas tres: viento, orza y timón. Si fuéramos exquisitos agregaríamos una cuarta: la corriente del mar.
Es por eso que el débil homo sapiens no manda a ninguna de esas poderosas fuerzas sino que cambiando sesgos de la vela, direcciones del timón y aprovechando la potencia de la orza y la fuerza de la corriente (si la hay) lleva el barco hacia donde quiere.
De ahí que no manda sino que gobierna.
A esa diferencia le cuesta entrar en cabezas autoritarias y burocráticas, si vale el pleonasmo.
A todo ello debemos agregar que no puede navegarse a vela estrictamente contra el viento. Ni los mejores veleros de alta competición pueden hacerlo.
Se calcula que promedialmente no se puede ni conviene (por razones obvias) intentar navegar contra el viento a menos de cuarenta y cinco grados para un lado u otro del punto de donde sopla.
Con lo que, con todos los subterfugios aludidos sólo es posible navegar contra el viento en zigzag. Esto sí que no cabe en la plana cabeza de los esquemas: que se pueda llegar a destino navegando para los costados.
Para ellos tanto da navegar con viento en popa como contra el viento. Tienen todavía la vela cuadrada, huyen de los ángulos agudos, se mueren de placer por los obtusos, con lo que, así tan cuadriculadamente aparejados, conducen inexorablemente a colosales naufragios cúbicos.
Al decir popular (aplicable a la navegación también): tienen menos cintura que una heladera. No «ciñen» ni por orden del juez; andar de bolina les parece locura y orzar oprobioso.
Al decir de Machado: «Cuando deciden usar la cabeza, embisten».
Lo más increíble de todo esto (y que se averiguó mucho después) es que la fuerza principal que opera sobre la vela no es la del viento…
¡No es la que las infla y empuja!
Las apariencias engañan y, contra todo lo que parece ser tan evidente, la ciencia demuestra que la fuerza más importante que mueve a un velero es el vacío que se produce por obra y gracia de la curvatura en el lado convexo de la vela latina.
El barco es succionado, chupado por una fuerza atractiva y a la vez empujado (en menor medida) por una fuerza impulsiva.
No lo empujan sólo de barlovento las brisas sino que lo atraen (como imán) desde sotavento.
Todo buen navegante a vela lo sabe hasta por simple experiencia: debe colocar muy bien tanto la vela como su curvatura para sacarle a ella y al viento el máximo de su rendimiento.
Así que el objetivo, la meta, suele atraer con más fuerza que la del impulso del viento a favor. Pero aun el viento en contra es imprescindible para generar el imán de la atracción…
Gobernar el país, gobernar el gobierno, gobernar al Frente Amplio es saber navegar, y mucho, a vela.
Con el viento en popa o de través es muy fácil: se avanza a todo trapo.
Con el viento en contra o por las amuras es más difícil pero igual se avanza (gobernando: no mandando). *
(*) Senador de la República.
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