Verano Solidario culminó en las escuelas de Montevideo
En esta historia que ya comienza, cierro los ojos y empiezo el cuento», cantan los niños más pequeños formados en dos filas. Aprietan bien fuerte sus ojos, siguiendo la letra de la canción, y levantan sus manos al cielo, para después abrazar el aire y girar. Su voz se eleva, y sus miradas se dirigen a Claudia, que guía su paso.
Al terminar la melodía, el primero en aplaudir es Damián (7): bigote pintado de negro, camisa a cuadros celeste, pantalón vaquero desgastado en las rodillas y sombrero de «cowboy». Cuando llego a la escuela de la calle Gaboto 970, el último día del programa Verano Solidario organizado por Primaria, Damián también es el primer niño que se me acerca.
Ese día se realizaba la despedida de las actividades de verano, con un acto interno donde todos los niños actuaron, bailaron y disfrutaron de un último encuentro antes de comenzar las clases el próximo mes.
En la fiesta se bailaron danzas típicas, y quienes participaron de la propuesta se vistieron de acuerdo a las circunstancias. Los varones lucieron pantalones anchos para asemejar una bombacha gaucha, camisas y sombreros. Las niñas eligieron largas polleras, mientras sus trenzas se hamacaban con cada acorde.
A Damián no le gusta bailar, pero dice que lo hace porque le gusta «venir a la escuela a jugar con mis amigos». Enseguida se acerca Sebastián (7), que me advierte que Damián es «uno de los más peleadores de la clase». Aviso al pequeño que, si se porta mal, su nombre saldrá publicado en la nota del diario. Entonces junta sus manos, como en una súplica, y sale disparado por el corredor del tercer piso de la escuela, en donde se encuentra el salón de actos.
Acomódense
Un pizarrón con algunos nombres escritos con letra infantil está colgado en la pared más lejana del salón. Al frente, un viejo escritorio de madera con restos de tiza le cuida las espaldas a un sillón con el tamaño adecuado para tres personas adultas, pero que más de siete niños ocupan con sus pequeños cuerpos.
El «profe» tal como le dicen los niños a Andrés, el profesor de danza les pide por el micrófono que vuelvan a sus lugares. Lucía no se sienta, Gonzalo habla con un compañero y Damián (el del bigote pintado) intenta decirle algo en el oído a una pequeña niña que después se larga a llorar. Recuerda entonces la advertencia sobre su aparición en el diario, y se encoge de hombros, como ignorando mi presencia. «El profe» sigue pidiendo que se sienten, y a él se suman las maestras Susana, Claudia y Carolina, mientras algunos de los niños más grandes colaboran para mantener el orden.
Toda la magia
Ni bien llegamos a la escuela de la calle Gaboto, Susana nos hizo pasar a la dirección. Relató que este verano se atendieron 87 niños de entre 4 y 11 años en promedio. A su vez, 25 niños más concurrieron a recibir el almuerzo. Uno de los pilares de este Verano Solidario fue la posibilidad de ofrecer alimento a miles de niños de bajos recursos, sin necesidad de que éstos participaran en las actividades educativas y recreativas. Aproximadamente 52 mil niños concurrieron a las 192 escuelas habilitadas en todo el país desde mediados de enero.
Susana afirmó que esta nueva propuesta de la escuela pública refleja los fines sociales de la función del maestro. Por lo tanto, explicó que este año «se enfatizó la socialización de los niños», en base a una enseñanza «artística» que permite el contacto entre ellos. Por ello se hizo hincapié, por ejemplo, en el baile. Susana destacó el trabajo del equipo de docentes que participó en la escuela. «Este Verano Solidario pusimos toda la magia», cuenta sonriente. Verano Solidario es una de las metas que se planteó hace una década nuestra escuela pública, y desde sus inicios atendió a miles de niños uruguayos. Año a año, el compromiso de los cientos de docentes que participan en el proyecto se acompaña con el espíritu solidario de los padres, que confían en la propuesta. «Sin niños, no hay escuela», dijo una vez el maestro Miguel Soler Roca a LA REPUBLICA. Vaya si así es.
Acto I
Claudia reitera, un poco agobiada, el pedido del «profe». Con mucha ternura solicita, sin alzar su voz, que los niños tomen asiento. Ellos tienen la cara disfrazada de murguistas. Lucía (5), con su pelo corto iluminado por las luces del salón de actos, le muestra a cada uno de sus compañeros un rostro que aún devela un último llanto pasajero, quién sabe por qué pequeña pena. Lucía tiene «un año en cada dedo de su mano derecha», según cuenta con alegría después de que se le pregunta su edad.
Estéfani corre de un lado para el otro. Nunca nos dice su edad, pero no pasa los 8 años. Sus dos trenzas de china de campo le llegan hasta la cintura. Con su pareja de baile, se apronta para ofrecer un gato.
Entre los talleres que organizaron todas las escuelas que participaron del programa se encontraba, precisamente, el de danza.
«Uno de nuestros objetivos es fomentar la socialización, para que los niños continúen con su proceso educativo por medio de las actividades recreativas», explicó el consejero Oscar Gómez. Por ese motivo se dictaron también talleres de plástica, teatro y canto.
«Acá todos cantan, bailan, actúan y pintan», aclara una de las maestras, mientras Estéfani baila el gato con una gracia asombrosa. Un poco hacia su derecha está Matías, vestido totalmente de negro, zapateando con expresión seria. Matías tiene 11 años, piel morena, pelo corto y ojos profundamente oscuros. Cuenta a LA REPUBLICA que una de las cosas que más le gusta del Verano Solidario es «estar con mis amigos, conocer nuevos compañeros, y poder jugar con ellos». Romina (10) es considerada por sus compañeros «una gran bailarina», tal como afirma una chiquita que se niega a develar su identidad, pero que al pasar elogia a su compañera. «Que salga en el diario lo que dije», pide de lejos. Sin embargo, a Romina no le gustaría ser bailarina, sino maestra, «para ayudar a los niños y enseñar».
Ultimo acto
Los niños que concurrieron este Verano Solidario a la escuela visitada por LA REPUBLICA pertenecen en su mayoría a familias que viven en la zona. Algunos provienen de un contexto familiar crítico, pero la escuela no averigua esos detalles, sino que «les abre las puertas a todos», según dijo Susana. Mientras tanto, los niños sueñan, aprenden, crecen y disfrutan de una actividad única. Todos terminan los festejos cantando en el salón de actos, y un aplauso marca ese último acto, el de su canto. Ya en el patio de la escuela, Lucas (5) se aproxima y nos cuenta que pronto vendrán a buscarlo sus padres. Dice que lo que más le gustó fue bailar murga. Una niña mucho más grande pasa y lo besa en la mejilla. Lucas no puede subir solo los escalones del patio principal, por lo que estira su mano y me mira. Camina conmigo hasta unos metros antes de la puerta de entrada y suelta mi mano. Luego corre para confundirse por fin con su madre en un fuerte abrazo, un beso y algunas sonrisas. *
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