Vamos, muchachos
Uno sabe que los sindicalistas andan en mangas de camisa, nunca de traje a medida y corbata, que toman mate en reiteración real, no whisky escocés, y que usan una dialéctica erizada y a veces estridente, no esos discursos que parecen sacados de un ensayo de Andrew Carnegie.
Uno sabe que el ministro de Trabajo es un luchador social, con pasado guerrillero, quien descree de las formas encorsetadas, aristocráticas o propias de la alta burguesía para meterse, de modo pleno y honesto, en diálogos que aún faltan para sellar un acuerdo histórico.
Pero ni una ni otra cosa basta para justificar la actitud de los empresarios de salirse, aunque hoy anden coqueteando con un regreso bajo ciertas condiciones, del «Compromiso Nacional». Es insostenible que no hayan sido informados de las leyes de índole laboral que el Poder Ejecutivo se disponía a remitir al Parlamento, y que ya han sido aprobadas. Estaban allí. Se supone que discutieron y negociaron. ¿Acaso sugieren que el gobierno acordó con los trabajadores a sus espaldas y los traicionó?
No suena convincente. Más que de una jopeada, quizá fueron víctimas de distracción o de descoordinaciones propias. Metafóricamente, podría uno decir que el chico les quedó algo lejos porque demoraron en ubicarse para tirar su bocha.
En fin. Como Bonomi les ha abierto otra vez la puerta, ofreciéndoles participación en las reglamentaciones, es posible que el compromiso quede en pie. Ojalá, digo yo, los empresarios comprendan la importancia de la hora.
Camilo Cela ¿por qué lo recordaré con tanta frecuencia?, en una de sus novelas, dice: «En un café bien organizado, en un café que fuese algo así como la República de Platón, existiría sin duda una tregua de un cuarto de hora para que los que vienen y los que se van no se cruzasen ni en la puerta giratoria».
No creo que sea deseable un ámbito así, ni su filosofía platónica, para el futuro de la relación entre trabajadores, empresarios y gobierno. *
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