¡Concordia, che!
La visita de Bush, hasta ahora, me la he tomado un poco en solfa. El humor suele aplacar los ánimos, igual que un buen linimento o unas ventosas alivian los dolores musculares.
Pero la cosa ya no está para chistes.
Alexis Carrel, un científico humanista y creyente, postuló que «la calidad de la vida es más importante que la vida misma». Una idea inusual en un católico que yo quiero extender a la vida política. Pero antes vuelvo a Carrel para recordar que admiraba el Renacimiento, época dorada a la que llamó de «seguridad moral» y a la que describió como «…una sociedad donde cada uno tenía su lugar (…) y sabía cómo debía de conducirse».
Son reflexiones interesantes, sobre todo si uno piensa en el gobierno, en el Frente Amplio y en la visita de Bush. Parafraseado como metáfora, el postulado de Carrel conduce a este otro: la calidad de un gobierno es más importante que el gobierno mismo. Muy sencillo. En democracia, si un gobierno es de buena calidad está asegurando no la continuidad de hombres específicos sino un futuro privilegiado a la fuerza política que lo sustenta. Es lo que deberían entender quienes andan corcoveando, presa de escocimiento moral, porque arriba el decadente reyezuelo de un imperio.
No es una cuestión de libertad de expresión. El militante la tiene asegurada y está bien; un integrante del gabinete ministerial, en cambio, debe ceñirla a circunstancias muy obvias. Al fin, se trata de no comprometer cosa que puede ocurrir aunque a algunos suene exagerado la calidad de un gobierno obligado a prestar correcta atención al mandatario de un país con el que mantiene relaciones estables.
Es fácil. Hay que controlar cierto espíritu bilioso muy adolescente.
Acaso sea bueno recordar el final de la «Odisea», cuando Atenea le para la mano a Ulises:
«Divino Laertiada, ingenioso Ulises, detente; haz que cese la discordia de la intestina lucha, no sea que el Cronida Zeus, que a lo lejos truena, se irrite contra ti.» *
Compartí tu opinión con toda la comunidad