También hace poco, trece ciudadanos orientales ­entre ellos varios niños­ fueron vejados, humillados, maltratados y deportados arbitrariamente por Alemania bajo sospecha (totalmente equivocada) de querer quedarse clandestinamente en Europa.

La protesta ante tamaña tropelía fue unánime (en Uruguay).

Llamó la atención, el asombro de ciertos periodistas ante el hecho de que en Alemania haya podido pasar eso.

Quedó flotando la idea de que en algún país del tercer mundo eso sí podría pasar «normalmente», haciendo olvidar al oyente o lector todo lo que fue posible que sucediera en la tan culta Alemania hace poco tiempo.

En la izquierda también cargamos todavía con ese tipo de pesados lastres alemanes.

Se trata de un problema ideológico y por ende cultural.

Esto va dicho sin ánimo de agredir a nadie sino con el de reflexionar en conjunto y por eso no abandonamos la primera persona del plural: habemos militantes influidos por la idea de que si conviene vale y de que el fin justifica los medios porque, obviamente, somos nosotros los dibujantes y dueños del mapa con los caminos que conducen al Paraíso y del Paraíso mismo. En exclusividad.

Por ende lo somos de la verdad y, a partir de tan peligroso dogma religioso (valga la redundancia), la Vanguardia.

Todo ello, además, es científico (ese agravante acelerador químico del que más vale que Dios nos libre y guarde).

Cuenta la Historia (o la Leyenda) que acampado por la noche el numeroso ejército francés frente al igualmente numeroso ejército enemigo, Napoleón ordenó la más absoluta oscuridad.

Recorriendo el gigantesco vivac con su Plana Mayor, columbró cierta lucecita en una de las innumerables tiendas de campaña. Entrando en ella, le preguntó al joven soldado que escribía a la luz de esa vela:

«­¿Qué haces, hijo mío?

­Le escribo a mi madre antes de la batalla. Tal vez sea la última.

­Efectivamente ­contestó el emperador­ : Dile que serás fusilado al amanecer.»

No seremos hipócritas: la guerra lisa, llana y pura tiene esas leyes de juego y si no las tiene, mejor no dedicarse a la guerra.

Es verdad: podía haberlo arrestado a rigor, sometido a un tribunal militar y en juicio sumario fusilarlo al amanecer.

Cuenta también la Historia (o la Leyenda) que preguntado el Negro Jefe acerca de la fiesta deportiva que significa para el planeta un Mundial, le contestó al catecúmeno periodista franciscano:

«­¿Y de dónde sacó usted que un Mundial de fútbol es una fiesta deportiva? ¡Es una guerra!»

Corroborando el aserto de Obdulio contaba el Cacho Silvera que parándolos en la boca final del túnel, en ensordecedora cancha ajena de famosa final, el Pepe Sasía (que no era el capitán) espetó estentóreamente a los uruguayos:

«­Muchachos: ¡Ahora vamos a pisar a estos macacos!»

Habemos compañeros en la izquierda que creemos a pies juntillas que la lucha de clases, además de permanente, debe ser despiadada y sin cuartel, para lo que se debe cultivar muy amorosamente el odio de clase. Pasamos velozmente de lo político y social a lo afectivo.

Una extravagante y sui generis discriminación «racial» de peligrosa aplicación !=y pesada digestión en países donde la cuestión nacional no está resuelta y por ende la alianza de distintas clases resulta estratégicamente imprescindible.

Extravagante y sui géneris porque el objeto individual del odio cultivado deja de serlo si, fundido y endeudado como en 2002, pasa a ser asalariado, con lo que, sin solución de continuidad, debemos amarlo.

Tan esquemática teoría no responde alguna cosa acerca de los excluidos y se las ve en figurillas para dar cuenta de una enorme cantidad de líderes revolucionarios conocidos a la fecha: Marx en primer lugar (quien jamás fue obrero), Engels (que era patrón textil como Soloducho pero con una cabeza distinta. ¡Qué cosa!), líderes anarquistas eran ya no patrones sino miembros de la aristocrática nobleza al igual que alguna líder comunista inglesa, Lenin (a quien hasta la fecha no se le conoce contrato laboral alguno), el Che (que era médico, hijo de una familia acomodada) y un larguísimo cuanto prestigioso etcétera.

Sin embargo Tabaré Vázquez, nuestro líder, es hijo de un obrero industrial y fue asalariado antes y después de ser médico y Presidente (la derecha lo critica debido a eso), por lo que, gracias a Dios, tenemos un Presidente amable.

Esa equivocada ideología es la que nos lleva a confundir estrepitosamente la batalla de Stalingrado con un plenario del Frente Amplio o una asamblea de jubilados bancarios con la final de Maracaná.

Por eso andamos siempre como con canilleras.

Reconozcamos que además de ajena, esa ideología es muy confortable por lo sencilla, práctica y versátil.

Permite despachar muy eficaz y sumariamente cualquier discrepancia: se trata ya no solo de buscar un enemigo de clase sino hasta de descubrir ideas (¡) que «por ser de la otra clase» deben ser fusiladas al amanecer.

Así, por iluminar, fueron fusilados los mejores luchadores sociales y políticos de la izquierda mundial.

Y también los antiimperialistas aunque no fueran de izquierda.

Por ese universo metafísico, las ideas sobrevuelan como las gaviotas, pero etiquetadas. Debidamente foliadas y selladas como infinitas hojas en interminables expedientes de la administración pública.

Si no nos caben dudas acerca de que la liberación nacional y ni qué hablar la emergencia en que están el país y el mundo, requieren para su solución una alianza de clases y sectores sociales y que ella es estratégica y para nada meramente táctica, pasajera y circunstancial, entonces debemos forzosamente concluir que la ideología que venimos sufriendo es contrarrevolucionaria.

Porque no sólo impide el avance sino que pugna en sentido contrario.

Se trata de un error que ha causado demasiados desastres como para seguir sus pasos por el muy conocido camino en mala hora trillado. *

(*) Senador de la República, escritor.

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