Escrito por: Antonio Pippo
Primero fue el caso de Nicolini, un embrollo en su acepción de enredo o confusión aún no desatado del todo, que llevó al ex senador a ser condenado ante la opinión pública en un juicio sumario del que participaron varios y, entre ellos, paradójicamente, dirigentes del MPP.
Luego fue la denuncia de la ministra de Salud Pública, quien, en otro juicio sumario, condenó públicamente a legisladores colorados y blancos que, en el pasado, gestionaron cientos de carnés de pobre para gentes de su conocimiento.
El común denominador, más allá de sectarismos políticos, fue “la indesarraigable práctica humana en palabras de Milan Kundera de juzgar enseguida, continuamente y a todo el mundo, de juzgar antes y sin comprender”. No se trata de poner en entredicho al juicio moral, necesario en una sociedad civilizada; se trata de suspenderlo hasta que todo esté real y definitivamente claro. O probado sin duda razonable.
Alguien o algo deben ayudarnos a alcanzar ese fin. Difícilmente sea la prensa, en tiempos en que la empuja la inmediatez, la muerte del pudor y una necesidad enfermiza de dar antes, como sea, una supuesta primicia. Lo siento, soy periodista desde hace casi medio siglo, pero, admitiendo dignas luchas solitarias y casi siempre en desventaja, me parece que, por el peso corporativo, hoy no debemos esperar demasiado de ella.
¿Entonces? El propio Kundera ha sugerido que sólo la novela ofrece un ámbito al que es inherente la suspensión del juicio moral. Ha construido, desde Boccaccio, un campo imaginario en el que es posible la hazaña de presentar individuos no creados en función de verdades dogmáticas ejemplos del bien o del mal, según el autor de “Los testamentos traicionados” sino como seres autónomos y distintos.
Quizá suene exagerado. O ingenuo. Pero ¿no convendrá releer a Boccaccio, a Rabelais o a Cervantes, a ver si, hasta que las cosas estén claras de verdad, aprendemos a suspender el juicio moral y la condena pública? *
OTRAS NOTICIAS EN LARED21



