Kanela puso al público de pie, Zíngaros pintó de amarillo la tribuna y Araca cantó a lo bruta
Tronar de tambores
La escenografía de esta comparsa es sencilla y simula un estrado con una gran tela blanca. El argumento del espectáculo consiste en la conversación entre la niña actriz Ximena Jaloviec y un tambor que le contará su historia, relacionada con la esclavitud mundial. Por eso es que aparecen temas musicales de diferentes lugares: Africa, Cuba, Brasil y Estados Unidos. La interpretación es muy buena, tanto en lo musical y lo coral como en lo coreográfico. Sin embargo, nos quedó la sensación de estar frente aquellos viejos cuadros internacionales de la categoría revistas.
Hasta que llegó la interpretación del milongón, donde aparecieron los personajes típicos, no parecía la actuación de una comparsa. Con la cuerda de tambores sobre el escenario comenzaron a hacer honor al actual nombre del conjunto.
El escobero Pedro Ferreira arrancó los aplausos del público, y las interpretaciones de Edelweis Loyate, Lilián Rodríguez, Sergio Pérez, Hugo Núñez y Luis Conti están bien realizadas. El momento culminante del espectáculo fue la aparición de Kanela, un ícono del carnaval a quien el público recibió de pie para ovacionarlo.
Bailó como en sus mejores años, y al retirarse recibió, nuevamente, el saludo de la gente de pie. Es la primera vez que sucede esto en el concurso 2007.
Hay algunos aciertos en las letras, la coreografía y la puesta en escena, pero es sobre el final cuando logran sus mejores momentos. En el vestuario notamos este año una gran superación. Predominan los colores dorados y los típicos rojos y blancos de la comparsa. Sin dudas, la máxima expresión del conjunto fue su director Julio Sosa, Kanela.
Día a día la categoría va dejándonos nuevas sensaciones, así que habrá que esperar para opinar más.
Zíngaros
La escenografía del conjunto ya había sido muy comentada antes de la actuación por motivos que tratamos aparte (ver recuadro), pero al subir el telón comprobamos su impacto, ya que es una perfecta imitación de la sala de juegos de un gran casino. La trama que unirá todo el espectáculo gira en torno al juego y la adicción del personaje representado por Pinocho Sosa, que se está atendiendo clínicamente para intentar superar su ludopatía. Luego llega la parodia de Doña Flor y sus dos maridos, con Claudio Rojo como Flor, Pinocho como el jugador Vadinho y Gustavo Maritato como el boticario que se casará con Flor. Cuando aparece Teodoro la parodia levanta en alguna medida; hasta ese momento se sostiene por la figura de Claudio Rojo. La serie de coreografías, cantos y bailes que se incluyen en la parodia está muy bien resuelta. Víctor Cocina se luce en sus interpretaciones como solista.
La escenografía va girando y cambiando para dar paso a la parodia sobre Irineo Leguisamo. En ésta, notamos mucho más y mejor trabajo. Hay mejores interpretaciones, luciéndose las figuras centrales: Pinocho, que relata la historia; el morocho del abasto, representado por Claudio Rojo, y Maritato, personificando al jockey Irineo Leguisamo. La parodia tiene muy buenos momentos. Se toca el tema del enfrentamiento con Argentina, apelando a un sentimiento no compartido por nosotros, ya que lo encontramos demasiado chauvinista, pero que arranca aplausos. Sobre el final está el momento sensible de la muerte de Gardel.
Zíngaros tuvo que pelear con el mal funcionamiento de los micrófonos solaperos, que dieron bastantes problemas, a la vez que en un determinado momento fallaron dos de los micrófonos comunes.
La escenografía vuelve a cambiar para dar paso a la despedida, que simula una gran ruleta. En ella el personaje principal, que no pudo vencer su adicción, vuelve a jugar, perdiendo todo menos una ficha. La coreografia de este cuadro es impecable, al igual que el vestuario de toda la actuación. La ficha que le queda la apostará a su familia, a sus amigos y a la gente que no le fallará. Esto es justamente lo que logra Zíngaros: su público llenó el Teatro, pintándolo de amarillo, mientras bailaba y cantaba junto a sus ídolos.
Araca la Cana
La Bruta se planta en el escenario para cantar de manera excelente, de principio a fin.
El Memo Cortés es el veterano de la murga que quiere representar un cuplé, pero sus compañeros no lo dejan, alegando que en su lugar va un popurrí. Memo aparecerá después vestido de joven para tratar de engañar a la murga, hasta que es descubierto. Se plantea así la discriminación que la sociedad hace con los veteranos, pero se demuestra que puede haber lugar para todos.
Araca la Cana homenajea a los viejos carnavaleros y a Lágrima Ríos. También alude al caso Nicolini, con una dura mecha: «En este país pa’ tener carné de pobre tenés que tener banca, y si es de senador mejor». Entrarán después los barrenderos que limpiarán la suciedad, pero ante un hecho sorpresivo e inusual llama la atención de todos: desde la platea aparece el puestista de la murga, nada menos que el ex flaco Denevi, que hace desde allí algunas correcciones a la murga. En el escenario había 16 componentes, así que de esta original forma se completa el cuadro.
La murga se luce en movimiento, con una gran puesta en escena, en el cuadro de los escobillones. La crítica es dura, como siempre. Para la despedida, Araca nos dice que es casi un pecado mirar para el costado para no ver lo que pasa a nuestro alrededor. Se refiere así al tema de la pasta base y a nuestros gurises de la calle, una realidad que hay que cambiar drásticamente. «Vamos que se puede», canta bien fuerte Araca, con la gente saludándola de pie. Como siempre, cantó a lo bruta. *
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