Querida escuela
Me invadió el recuerdo del maestro Miguel Soler, paradigmática figura del magisterio nacional de la que todavía aprendemos porque, sobreponiéndose a años y cansancios, sigue aportando su creatividad y tesón esclarecedores.
Y recordé también al argentino Pedro Bonifacio Palacios a quien los de mi edad llaman «Almafuerte», devenido poeta de nuestra lejana adolescencia, aquel del «no te des por vencido ni aun vencido…», conmovedor maestro rural que brindó su vida a la docencia y predicó que escuela es sinónimo de hogar.
¿Y a santo de qué estas recordaciones?
Es que el Consejo de Primaria ha resuelto, con audacia y sensatez, que las comisiones de fomento gestionen las obras de reparación de las escuelas públicas de Montevideo. Este año destinará un millón de dólares a ese fin. Y la idea es no sólo descentralizar, intención democratizadora siempre deseable, sino eliminar a la burocracia, esa influencia excesiva y aplastante de la administración pública que deshilacha las intenciones del Estado de beneficiar a la comunidad.
Hay personas que aman a la escuela de modo tan integral como para que forme parte eterna de su vida: los maestros, y los niños y sus padres. Y éstos, los padres, suelen ser quienes más se angustian por las condiciones de los edificios que albergan a sus hijos. Cualquiera de nosotros, apelando a anécdotas de la vida propia, puede dar fe de esa persistente, casi siempre conmovedora preocupación que se concentra en las animosas comisiones de fomento.
Ciertamente, habrá que administrar muy bien, controlar y tal vez corregir, y también asegurar la transparencia. Pero se ha dado un gigantesco paso en beneficio de la escuela pública, que unirá más y mejor a niños, padres y maestros.
Imagino a Miguel Soler sonriendo, satisfecho. Y pienso en el viejo verso de Palacios: «Ten el tesón del clavo enmohecido,/ que viejo y ruin vuelve a ser clavo,/ no la cobarde intrepidez del pavo,/ que amaina su plumaje al primer ruido…». *
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