Escrito por: THELMAN BORGES (*)
“La gran cultura sirve de poco. Si bastara para formar genios lo serían Hesíodo y Pitágoras. El problema no es saber de todo un poco sino saber sólo aquello que regula a todo en todas las ocasiones.”Heráclito 600 A.N.E
La muerte de José D’Elía, el recuerdo de su vida, su participación a través de casi 70 años en las luchas obreras, ponen su pensamiento como un legado.
Hemos oído palabras elocuentes, muy cálidas, muy emocionadas y muy doloridas sobre su persona. Creo que todos nos quedaremos cortos, y no pretendo hoy aquí más que reflejar mi modesta opinión sobre algunos aspectos de su trayectoria.
D’Elía presidió en las últimas décadas la conducción de un movimiento obrero, orgullo para la izquierda uruguaya y para el país.
Este movimiento sindical nació y se desarrolló en un país democrático, pero, irónicamente, en la clandestinidad.
¿Qué sindicato fue reconocido de inmediato por su patronal?
Mencionar la palabra “sindicato” en una empresa era conseguir de inmediato el despido. Las patronales, desde el pique, apelaron a la fuerza pública para reprimir los intentos de sindicalización.
La Policía y el aparato del Estado eran utilizados para apoyar a los empresarios, meter miedo y con éste impedir la lucha.
Cuando se anunciaba un paro en una fábrica, en aquellos años difíciles, era casi seguro que la empresa amanecía rodeada por la Policía, haciendo “circular” al que repartía volantes o llevándolo preso si éste se resistía.
En carne propia sentí la represión, la prepotencia.
Los grandes medios de comunicación, el diario “El País” y otros que han desaparecido, ignoraban los conflictos y los reclamos y cuando éstos se hacían inocultables, tomaban posición por las patronales.
No pretendo hacer recuento alguno, pero de esta manera se fue desarrollando el movimiento sindical. José D’Elía participo en forma directa de todas estas experiencias.
La izquierda uruguaya tuvo un rol decisivo en la formación de los sindicatos, llevando la solidaridad, el kilo de comida para el campamento, la colecta para que no le cortaran la luz a un compañero, etcétera.
Las páginas de la prensa comunista, socialista y anarquista fueron pródigas en defender el derecho de los explotados.
Hace algunos años, durante una conversación entre un grupo de dirigentes del Pit-Cnt y delegaciones extranjeras, nos preguntaron cómo era posible que en los estatutos de la central estuviera impresa la decisión de luchar para terminar con la explotación del hombre por el hombre.
Les contestamos que no éramos un partido político, pero que sí nos considerábamos una fuerza política, por la gravitación del movimiento sindical uruguayo, por las luchas de un siglo, por su peso en la opinión pública del país.
En 1968 el gobierno de Pacheco Areco, a través de las medidas prontas de seguridad, lanzó al aparato del Estado y a la prensa que secundaba sus fines (TV, radios y diarios) para detener, y si fuera posible destruir, un proceso de acumulación de conciencia política en el seno de las masas. Prohibió manifestaciones, huelgas y reuniones. Militarizó a miles de trabajadores públicos y privados.
El modelo neoliberal necesitaba reprimir la resistencia a su implantación.
El movimiento sindical había definido en sus congresos y en sus centros de trabajo una plataforma de soluciones a la crisis que tenía un alto contenido político. La TV y las radios estaban vedadas para difundir nuestra lucha. Pero decenas de miles de trabajadores repartían volantes casa por casa, difundiendo la plataforma.
Todo costaba mucho, muchísimo. Los dirigentes sindicales dormían pocas veces en sus casas, con la intranquilidad y desesperación de sus familias, que no sabían si estaban en una reunión o estaban presos.
Las manifestaciones callejeras eran perseguidas a sablazos por la Guardia de Coraceros. Trescientas mil personas llevamos el féretro del estudiante Líber Arce a pie.
Paros generales. Diarios clausurados. Pacheco y su gobierno, con la complicidad de otros dirigentes políticos reaccionarios, allanaron el camino hacia el golpe de Estado. José D’Elía, con otros dirigentes de la central, fue detenido y llevado preso al cuartel de San Ramón, pero la fuerza de los dirigentes presos y los mensajes que desde adentro nos transmitían, incentivaba el desarrollo de la resistencia. Esos años y esas luchas fueron el fermento final que cristalizó en 1971 en la formación de un gran frente político sin ninguna exclusión: el Frente Amplio.
En ese FA estaba D’Elía, y nos encontramos abrazados también en el plano político quienes nos habíamos unido en el frente sindical. Y todas las leyes de protección al trabajador fueron conquistadas a través de la lucha de los propios trabajadores. Nadie nos regaló nada. Como dijo Carlos Marx: “La clase obrera posee un elemento: el número, pero pesa en el plato de la balanza si va unido a la organización y guiado por el saber”.
Los años de dictadura fueron también de resistencia. Y sino miremos la llegada de los presos al penal de Libertad o al penal de Punta de Rieles, pasando antes por la tortura de la Ocoa, dirigida por los que hoy están presos y otros que seguramente irán presos más adelante, cuando se anule la Ley de Caducidad.
La dictadura fue la tragedia más grande que sufrió el pueblo uruguayo. Una página que nadie puede dar vuelta. El arrojo, la valentía política de los huelguistas merece más que una plaza. Merece un monumento en la memoria, en la enseñanza en las aulas a adolescentes y universitarios.
Y eso… ¿Debe olvidarse?
¿Quién se atreve, desde el lugar donde esté, a convocarnos a dar vuelta la página donde está impreso el sufrimiento y la lucha de cientos de miles de personas?
A las 72 horas de votada la ley de impunidad el Pit-Cnt realizó, en diciembre de 1986, un acto multitudinario en 18 de Julio, desde la explanada de la Universidad al Obelisco, donde la voz de D’Elía fue clara y terminante llamando a combatir la impunidad para los asesinos de nuestro pueblo. Este pronunciamiento de la central fue el precedente a la formación de la Comisión por la Derogación de la Ley de Caducidad. Cuando esta iniciativa popular fue derrotada, el nuevo gobierno que asumió el doctor Lacalle planteó, siguiendo el modelo del Fondo Monetario y del Banco Mundial, la privatización de las empresas públicas. Fueron la central y el sindicato Sutel, como después lo hicieron la Federación Ancap y la Federación OSE las que impidieron la privatización de las empresas públicas y hasta del agua en nuestro territorio.
Y nadie se moleste, porque en todas las oportunidades fue el Pit- Cnt el que arrastró al FA a tomar posición de apoyo a estas iniciativas. Podría decirse, entonces, como me dijo en la cárcel un compañero muy luchador que arriesgó su vida por sus ideales: “Quisimos hacer una revolución sin obreros, algo así como una tortilla de papas pero sin papas”.
Creo que esta idea hoy vale, y los cambios profundos sin la participación del Pit-Cnt son imposibles.
Apenas restaurada la democracia, en marzo de 1985, Sanguinetti dictó un decreto prohibiendo los peajes en los ómnibus. Se presionó a los dirigentes políticos de izquierda para que influyeran en el Pit-Cnt, con el argumento de que no se debía desestabilizar la democracia.
La gran prensa como parte del poder hacía su juego. Entraron a cuestionar hasta las ocupaciones de fábricas. Hasta recibimos una nota de la dirección del Frente llamándonos a hacer menos huelgas y paros, para afirmar la democracia. D’Elía, que había sido hasta pocos meses atrás candidato a la presidencia por el FA, no aceptó.
La libertad para luchar no se negocia. Se podrá negociar la cuantía de las reivindicaciones, pero la lucha jamás.
Una vez, estando preso en el 4º de Caballería, un soldado bastante abierto, y molesto con nosotros, rompió el reglamento que le impedía hablar y nos acusó de
subversivos. Le preguntamos entonces qué era para él la patria. Y nos respondió: “Somos nosotros, el Ejército”. Poco después, hablando con otro preso, comentábamos que a él no se le ocurrió que la patria era también un obrero en un andamio, una maestra dando clase…
Se miraba, y tengo la sospecha de que también hoy se puede mirar, el que está arriba del Estado a la sociedad con cierto autoritarismo, y estoy seguro de que alguno puede pensar “pobre diablo éste, no sabe los problemas que tenemos en el Estado y lo difícil que es resolverlos”. Por eso hace bien el Pit-Cnt en reclamar participación y decisión en los grandes temas del país. Los trabajadores no son ni serán un rebaño obediente del patrón ni del gobernante.
Estas concepciones se las oí expresar muchas veces, de una u otra manera, al Pepe D’Elía, y esas ideas son hoy patrimonio de los trabajadores.
Es reconfortante, entonces, en medio del dolor por la pérdida de D’Elía, escuchar a la Negra Jorgelina, al ministro José Díaz, el brillante discurso de Juan Castillo, y a Ruben Huggett, decir que el Pepe D’Elía luchó en última instancia contra la explotación del hombre por el hombre y por el socialismo.
Para mí D’Elía es grande porque no fue ni un negociador ni un “facilitador” (**), fue un revolucionario. *
(*) Ex dirigente del Congreso Obrero Textil, de la CNT y del Pit-Cnt (**) Por algunas expresiones de gente de derecha.
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