Hace un año fallecía Horacio Buscaglia, "El Corto"

"Nos llevábamos la luna a nuestra casa"

"...Y El Corto agarró y se murió". Así parafraseó el propio Horacio Buscaglia a Juceca, cuando éste murió. Así Juceca había escrito la muerte de Alfredo Zitarrosa. Y, probablemente, así le hubiera gustado a El Corto que se escribiera sobre su propia muerte", escribió Roger Rodríguez el mismo día de su fallecimiento.

Escrito por: RAUL LEGNANI (*)

Jueves 01 de febrero de 2007 | 5:47
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Hoy hace un año de aquella muerte, que de alguna forma estaba anunciada luego de haberse conocido que Horacio tenía cáncer de colon. “Hace tiempo que tomé la decisión de que me voy a ir cuando yo lo decida y no cuando a cualquier vieja huesuda, venga en la forma en que venga, se le ocurra darme el guadañazo”, le había escrito a sus amigos poco antes de que resolviera irse.

Su humor, que no era guarango y simplón, sigue presente entre todos aquellos que lo conocieron, haya sido en Malvín, bajo las candilejas de los teatros, en el Partido Comunista, en los tablados o en los nocturnos boliches.

Ante todo fue un hombre bueno, con defectos como todos, pero fundamentalmente el hijo típico de una época donde se mezclaron las utopías, las intransigencias y el amor, en una extraña síntesis que aún pervive como una sinfonía.

Una vez dijo: “En los sesenta junté mis dos primeros sueldos que gané trabajando como cadete en una agencia de publicidad, y me hice un traje igual al de Los Beatles, sin solapa y con cuatro botones. En la Gran Casa Faggi me lo hice, y tuve que pelearme con el sastre para que me entendiera que yo lo quería así, como se veía en la foto en la que estaba Paul. El tercer sueldo no lo cobré; me echaron. En realidad, me dijeron que me tenía que cortar el pelo y vestirme como la gente. Yo no acepté. Porque en los sesenta llevaba el mundo en un bolsillo, junto con mis cosas lo llevaba, tantas veces lo di, casi por nada”.

“En los sesenta todo era una fiesta o lo parecía. Era rocanrol y revolución cubana. Y también era Vietnam, el Club del Clan, los hippies, la imaginación al poder, Zitarrosa con Milonga Madre y Viglietti con la Canción de Pablo. Eran las barricadas, los neumáticos humeantes, los miguelitos. Era la tapa de Revólver de Los Beatles y era música, música, mucha música. En los sesenta todo era una fiesta, una sorpresa, era el asombro cotidiano. Estábamos, decíamos, creíamos, cantábamos… que estábamos haciendo el mundo de nuevo y al hombre, particularmente, perdón, colectivamente, se decía en aquellos tiempos. En los sesenta todo era una fiesta”, dijo.

“Fumábamos marihuana por 18 de Julio ­recordó­, los milicos no tenían ni idea de qué era aquello que ‘jedía’ tanto. En los sesenta Mateo me hablaba de Cuba y yo le contaba de San Francisco y sus comunas. En los sesenta, con él, nos pasamos catorce horas encerrados en un cuarto escuchando por primera vez el long play de Sargent Pepper. En los sesenta no lo podíamos creer. Hoy tampoco. En los sesenta con Mateo, leíamos juntos ‘El retorno de los brujos’ y los poemas de Ho Chi Minh. En los sesenta te entregaban una canción con cada apretón de mano y nos creció, un soleado mediodía, en la cocina de mi casa, aquel ‘sueñas el príncipe azul, nena chiquita eres tú’. Perdón, Fernando, no soy músico”.

“Cuánta inocencia, verdad”, agregó “El Corto”. “Pero saben una cosa: en los sesenta nos llevábamos la luna a nuestra casa. Puedo jurarlo. Todavía guardo trozos de ella”.

Hasta su último suspiro fue un claro representante de los 60, esos años que angustian a la derecha y a los iconoclastas, al grado que han inventado buceadores de aquella década con la intención de descubrir especies no desaparecidas de aquellos años ­seguramente para aplastarlas­ o descubrir por qué no logran comprender que son ellos los que fracasaron por no haber sabido escuchar “mucha música” y así descubrir, entre miguelitos, manifestaciones y poemas del Tío Ho, al “príncipe azul”.

El recuerdo generalizado de Horacio es el de un hombre fresco en las ideas, creador de cosas bellas desde la nada, pero a la vez en materia política fue un duro, un intransigente. Fue el típico militante de izquierda que dio todas las batallas, hasta contra su propia enfermedad.

Horacio fue el “profesor Paradójico” de la 1001 en 1989, se jugó entero en 1999 por la candidatura de Tabaré y todas las veces que pudo le dio una mano al Partido Socialista y a la Alianza Progresista. Muchas veces lo hizo en silencio, pero lo hizo.

Su Columna Amarilla fue broma, humor, ironía, pero fundamentalmente fue política, debate ideológico, destrucción de los argumentos de la derecha. Una verdadera trinchera de la izquierda.

A veces sentía que se le iba la mano y me preguntaba cómo me habían caído sus dichos. Como me gustaba provocarlo siempre le respondía lo mismo: “Sos una bestia”. De inmediato estábamos en el bar Las Flores conversando de política, de cómo la derecha es cruel y la izquierda mezquina, y de teatro, que era su tema predilecto y donde yo lo único que hacía era escucharlo para aprender.

Un día lo sentamos junto a una silla vacía en el Club de Toby, que estaba destinada al “Negro” Barrera. “El Corto” se puso blanco y me dijo en voz bien bajita: “Sos un hijo de puta, este tipo me va a matar, si va a la obra que acabo de estrenar me agarra a patadas, porque de Jorge Batlle digo cualquier cosa”.

Los prejuicios se le fueron ese mismo día, porque Barrera hizo una de las mejores imitaciones de Batlle que uno haya conocido, lo que llevó a que “El Corto” se expresara con muchos aplausos y miradas cómplices hacia mí. Unos días después Barrera le pidió entradas para ir a ver la obra, cosa que no sé si alguna vez se concretó.

Así era “El Corto”: sensible y duro a la vez. Hasta podría decir que en su fuero más íntimo era un hombre de partido, en el sentido filosófico del término. “A nosotros nos pasó como a Los Beatles, individualmente todos muy buenos pero éramos mejores todos juntos”, me dijo una vez, haciendo referencia a su separación y a la de muchos otros del PCU.

De inmediato, para que no quedara dudas de que el paso que había dado cuando se alejó del PCU estaba bien, me lanzaba en la cara: “Pero nos salvamos de los informes”. “Lo más importante es que ya no tengo que decir que me gusta el carnaval”, era mi respuesta, que era correspondida con una carcajada.

Sus afirmaciones las acompañaba moviendo el vaso y haciendo sonar el hielo de una manera desmesurada, cosa que siempre me molestó. Es que el compartir una copa tiene valor si se acompaña del necesario silencio que te permite llevarte la luna para tu casa.

Ayer sentí ese golpear del hielo contra el vidrio, me di vuelta buscando de dónde partía y no encontré a nadie. Pero en la pared del bar, junto a la mesa donde siempre nos encontrábamos, estaba su foto. También sentí la música de sus hijos, la sonrisa de su esposa y hasta imaginé a “El Corto” tratando de ponerle un poco de humor a la fría Luna, a la que había vestido con el traje de Paul. Me estaba invitando a discutir críticamente, creí entender, sobre la marcha de su gobierno, que era el de sus sueños. Acepté la invitación. *

(*) Periodista

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