Límites
Hace pocos años que la humanidad se enfrenta a la conciencia de los límites del planeta y de su atmósfera.
Cuando leemos información económica hay pasajes en los que quedamos taciturnos y meditabundos.
Son esos tramos infaltables en los que, una y otra vez, se repite que vamos o debemos ir a un crecimiento sustentable y permanente.
La duda, una extraña sospecha, radica en no conocer nada sano que carezca de límites.
No sólo un animal, también los vegetales, los minerales en su conformación atómica y hasta cosas tan prosaicas como un rancho y un ropero.
Los límites de esas cosas parecen ser inherentes a ellas.
Imaginemos por un instante un hijo de crecimiento permanente y sustentable… Hasta la vejez.
Por otra parte, demasiados asuntos parecen indicar a gritos que el problema es el crecimiento que, cuando es monstruoso, no se sabe si lo es por crecer o si crece por serlo.
Parecería que la palabra «sustentable» es una hoja de parra que intenta tapar esa parte.
Esta reflexión es muy posible en países como Uruguay. Está facilitada por el tamaño de los asuntos.
Es verdad que en materia de población, entre la baja tasa de natalidad y la emigración andamos cortos; pero ¿alguien estudió alguna vez cuántos seres humanos pueden vivir «bien» en nuestro país (dejemos para otro día la definición del concepto «bien»)?
Y si nadie lo calculó seriamente: ¿cómo se pueden hacer planes económicos? O, ¿cómo se pueden hacer planes?
Sin embargo, debemos reconocer que con los planes municipales de ordenamiento territorial, y ahora con la ley que, a estudio en el Parlamento, se propone un Plan de Ordenamiento Territorial Nacional, se está avanzando en la materia que estamos viendo: los límites.
Ya se avanzó, y vaya si dio lugar a debates de todo tipo, en la demarcación clara de las zonas rurales de prioridad forestal: establecen con total nitidez el límite de esas plantaciones.
Hay debate abierto en torno al destino agrícola o ganadero de ciertas tierras.
Ahora mismo, el Senado está a punto de aprobar la Ley de Agrocombustibles (biodisel y alcoholes de origen vegetal) respecto a la que se discutió el mismo asunto: cuánta tierra, y cuál, debe (en realidad es «puede») destinar Uruguay a esa producción. Se decidió no incluir tamaño tema en dicha ley dejándolo para la otra: la de ordenamiento territorial nacional.
En los dos últimos años Uruguay ha batido sus propios «récords» de faena llegando a los cincuenta mil novillos por semana, que, según dicen los entendidos, sería el tope y límite naturalmente posible dado el estado actual de las praderas. Es decir: vendimos toda la carne que teníamos para vender. Tenemos clientes para comprar más pero no hay mercadería. Agotamos el stock.
Es una muy buena noticia pero también es un importantísimo dato de la realidad.
Y de la estrategia.
Para satisfacer a nuestros clientes y vender más, tenemos que cambiar la pradera. Y si queremos mantener la calidad de esos tan solicitados churrascos, no la podemos cambiar (a la pradera) de cualquier modo.
Hemos vendido toda la leche y sus exquisiteces subsidiarias; tenemos demanda insatisfecha. El mundo no es bobo: gusta del queso y las mantecas.
Para vender más hay que conseguir tierra para los tamberos, que con todo el viento en la camiseta piden cancha porque resulta que las vacas comen pasto.
Es una muy buena noticia pero habla, ella también, de límites y de estrategia.
Hemos vendido todo el pescado y tenemos demanda insatisfecha. Nos hemos quedado sin esa mercadería (en relación a los clientes, que hacen cola). El mundo no sólo no es bobo sino que obedece a los médicos.
Teníamos hace años un muy culto y viejo amigo (socialista de Frugoni por más señas) quien defendía a capa y espada que el mundo se divide en burgueses, obreros, y médicos (que son los peores).
Y como hemos estado y estamos en tales garras podemos asegurar que la plaga mundial del presente siglo ya son las enfermedades cardiovasculares (por lejos) y que la «receta» universal (si alguien lo duda que entre en Internet por un rato) es comer pescado.
Con tamaña «propaganda» mundial resulta obvia la creciente demanda, y que nos quedemos sin pescado.
Y es, como las anteriores, una muy buena noticia: las uruguayas y los uruguayos están realizando proezas productivas en varios frentes, pero como por lo general somos un tango melancólico retaceamos los elogios y somos muy avaros en los reconocimientos. En especial si las conquistas y las victorias son propias, la prensa no suele «cubrirlas» porque si dan una buena noticia nos enojamos en masa.
Hace poco vimos fotos y videos de un enorme barco pesquero uruguayo acostado sobre una piedra en el lejanísimo sur del Atlántico. La noticia recorrió el mundo. Realmente era «de película». Sin embargo, su tripulación y buzos especializados de la Armada (que deben ganar una miseria), llevados de apuro hacia ese remoto y helado confín del planeta, reflotaron el mastodonte derribado y lo trajeron con felicidad a nuestro puerto (que también ha batido sus propios «récords», llegando también a sus límites).
Porque cuando decimos que nos estamos quedando sin pescado nos referimos a peces capturados en un espacio mucho más grande que el del Uruguay continental ya que tenemos, y muy bien ganados, derechos de pesca en los mares del sur.
En esos mares y en nuestra Zona Económica Exclusiva se encuentran «yacimientos» pesqueros que figuran entre los más envidiados del mundo. Y, sin embargo, no damos abasto.
Es verdad que, en parte, ello se debe a nuestras propias carencias y errores (que debemos corregir) pero en otra parte se debe a la merma del recurso por la intensa explotación que soporta.
Hay en esta materia (la captura de peces) una ecuación económica «mágica» con efectos benéficos contra la depredación.
A medida que una especie muy explotada se reduce, pocas veces llega su aniquilamiento por la sencilla razón de que entonces deja de valer la pena fletar un buque con sus gastos para obtener magros resultados.
La dura y crasa razón de la economía se encarga de regular, casi por sí sola, el tenor de las «campañas» pesqueras.
Lo que no tiene asidero racional alguno es lo que venimos perpetrando a plena vista y paciencia en nuestras costas: nos referimos al caso de los lobos marinos.
Como todos sabemos, en nuestras costas viven desde tiempos inmemoriales, junto a todo otro tipo de animales, dos especies de lobos. Para hablar fácil: el chico y el grande.
Asientan sus «reales» en varias islas y cabos que todos los uruguayos conocemos. Forman parte de nuestro paisaje.
Desde que el viejo SOYP (Ente Autónomo denominado Servicio Oceanográfico y de Pesca) y el no tan viejo Ilpe (Industrias Loberas y Pesqueras del Estado) dejaron de explotar sus pieles, esas manadas sin enemigos a la vista «estallaron», generando lo que en cualquier ganadería se denomina «plétora». Quedaron sin límites y ocasionaron un gravísimo desequilibrio ecológico.
Desarrollaron su crecimiento, como proponen todos los equipos económicos del mundo, en forma sostenida y sustentable: se comen todo.
¡Y hay que darle de comer a esas boquitas!
Hace ya tiempo que llegaron a Montevideo y los pescadores aseguran que se extienden más hacia el Oeste.
Los machos expulsados por los predominantes fecundan hembras en manadas flotantes nunca vistas que hoy suelen ver los pesqueros de mediana altura.
Como los lobos no fueron a la facultad no manejan ni siquiera las fórmulas económicas del más cruel y vandálico capitalismo que no sale a capturar si no hay ganancia: ellos salen igual y, tan inteligentes o más que los perros, saben «adosarse» a las barcas pescadoras apenas oyen el ruido de sus motores, las siguen, esperan que calen sus redes, y luego entran al «restaurante» cuando la mesa está servida.
Saciada su hambre gruesa, seleccionan el pez y la parte de cada
pez que, finísimos conocedores, más les gusta: las huevas de uno, el hígado de otro… Comen sólo exquisiteces.
Obviamente, en ese ajetreo, destruyen con sus enormes cuerpos y fauces también las redes.
Está prohibido matarlos; no se explotan (como antes) sus cueros, tampoco sus testículos (de carísima demanda asiática), ni su grasa, ni su carne.
Antiguamente, como en cualquier ganadería, y de acuerdo a estudios científicos, en ciertas épocas del año, eran sacrificados los machos y las hembras viejas, procurando mantener la manada «dentro de ciertos límites».
El salario de mucha gente y el Uruguay Productivo, también dependen, entre otras cosas, de que la Dinara termine de una vez con este gigantesco y monumental disparate. *
* Senador. Escritor
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