LA COLUMNA AMARILLA

Feudos

Feudo era el contrato por el cual soberanos y grandes señores concedían, en la Edad Media, tierras o rentas en usufructo, obligándose el que las recibía a guardar fidelidad de vasallo al donante.

No obstante la antigüedad de su origen, los señores feudales, al menos en espíritu, siguen dando grititos. Como me gusta la forma clara y graciosa con que los escritores gallegos suelen describir esta desagradable contemporaneidad, insistiré con un pasaje de «La colmena», novela de Cela de 1951, en el que don Mario, un patrón de aquellos (¿o de éstos?), le habla de trabajo a un aspirante.

­Sin una colaboración entre el jefe y los subordinados no hay manera de que el negocio prospere. Y si el negocio prospera, mejor para todos: para el amo y para los subordinados. Usted entrará cobrando dieciséis pesetas, pero de contrato de trabajo, ni hablar. ¡¿Me entiende?!

Cómo no, si más de medio siglo después un señor empresario textil, en medio de pataletas, profiere amenazas y se niega a saldar lo que adeuda a sus obreros.

­Que no dialogo, que no negocio, que no pago, que cierro la otra fábrica, que se quedan todos sin trabajo y que me tengo que llevar lo que es mío.

Palabra más, palabra menos, así ha sido, por largos meses, el feudal discurso de este hombre que ha sacado de las casillas al Ministerio de Trabajo en pleno.

Tan penosa experiencia, aún sin final a la vista, ha dejado enseñanzas. Se ha constatado la facilidad con que algunos patrones recurren a la paradoja: hay que preservar el derecho a la propiedad a como dé lugar, pero, ¡qué va, hombre!, el derecho de los trabajadores a cobrar lo que les corresponde es cosa distinta, para tratarla luego. Y también se ha constatado que esa conducta paradójica es hija de una cultura de la impunidad, consagrada durante décadas gracias a unos cuantos gobiernos omisos, por decirlo piadosamente.

Es hora de que los empresarios feudales que sobreviven entiendan que cambió la corriente.

Ahora es simple. Pague, y se lleva su tornillo. *

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