Los equilibrios macroeconómicos deberían contemplar no solamente objetivos financieros sino también el crecimiento y el empleo

Los matices a la política económica

La prioridad de la política económica pasa fundamentalmente por aspectos de carácter financiero: asegurar el pago de los servicios de la deuda en moneda extranjera y combatir la inflación. La política fiscal está centrada en alcanzar el superávit primario y eliminar el déficit fiscal, pero también en bajar la presión tributaria como mecanismo de estímulo a la inversión privada. La política monetaria tiene como objetivo central alcanzar la estabilidad de los precios internos. La política cambiaria cumple con varios objetivos: ayudar al combate de la inflación; minimizar el gasto para los servicios de la deuda en moneda extranjera con el tipo de cambio más bajo posible; bajar la relación entre la deuda en moneda extranjera con respecto al PBI, inflando éste en dólares, a través de un tipo de cambio lo más bajo posible. Se proyecta para los cinco años de este gobierno un descenso permanente del tipo de cambio real, o sea, una inflación en dólares que consideramos inadmisible.

Si bien los distintos instrumentos de la política macroeconómica no enfatizan en el crecimiento, éste ha aumentado significativamente por tres factores: una muy favorable evolución de los precios internacionales de los productos de exportación, pese a lo que nos afectan los incrementos del precio del petróleo; los sucesivos arrastres, que se inician con el fuerte crecimiento de 2004, sustentado en una anterior elevada devaluación, y por los crecimientos posteriores; la confianza y credibilidad que han generado en los agentes económicos, desde la campaña electoral en adelante, el presidente de la República y el equipo económico. A estos elementos centrales se agrega el dinamismo de la construcción, derivado de las obras en los departamentos de Río Negro y Maldonado y en algunas empresas públicas. El propio crecimiento facilitó el aumento del salario real. El aumento de ingresos por el dinamismo de las exportaciones y la construcción y el incremento del salario real fortaleció la demanda interna, coadyuvando al elevado crecimiento del primer bienio del gobierno del Frente Amplio.

Desde el equipo económico se plantea que la estabilidad financiera y el equilibrio fiscal son los requisitos básicos para la inversión y el crecimiento. La estrategia productiva derivaría de estos equilibrios macroeconómicos, considerando que no se deben elegir rubros ni sectores, porque para ello está el libre juego del mercado. Con esta estrategia basada en el mercado, ¿cómo se arma un país productivo? ¿Cómo se compatibilizan los objetivos estrictamente financieros con los requerimientos de un proceso productivo? ¿Cómo armar una estrategia productiva si no se permite elegir rubros ni sectores, con lo cual se elimina toda posibilidad de tener políticas activas, selectivas y sectoriales? Si no se pueden elegir rubros, cómo efectivizar una activa política de empleo, que no es solamente resolver la desocupación abierta, sino también el subempleo y la informalidad que requieren políticas específicas.

Los equilibrios macroeconómicos deberían contemplar no solamente objetivos financieros sino también el crecimiento y el empleo. Por consiguiente, las políticas macroeconómicas también deben contemplar el crecimiento y el empleo, en especial la cambiaria, que debe privilegiar la competitividad, lo que significa incrementar gradualmente el tipo de cambio real.

Para construir el país productivo es fundamental elaborar una estrategia que marque el rumbo de la futura estructura productiva, en términos de competitividad y empleo. Hay que llevar adelante unos lineamientos estratégicos muy abiertos y muy flexibles, dada la velocidad de los cambios tecnológicos. Para un país pequeño, la competitividad es un tema central y depende de la capacidad de adaptar y crear tecnología. El mundo desarrollado se caracteriza por exportar productos de alto contenido tecnológico, mientras que Uruguay y América Latina venden mayoritariamente recursos naturales con poco valor agregado y sólo una muy baja proporción de rubros con alto contenido tecnológico ­a diferencia de lo que está haciendo el sudeste asiático­. El país va a seguir exportando durante un tiempo recursos naturales, pero hay que ir preparando rubros, ramas y sectores de la actividad económica para exportar con mayor contenido tecnológico. Por lo tanto, hay que elegir estos rubros por su actual o potencial competitividad, para estimularlos por las más diversas vías estatales. También hay que elegir rubros que sean generadores de empleo productivo, directa e indirectamente, para usar exenciones fiscales, crédito e, inclusive, algunas formas de subsidios para estimular estas actividades.

Hay que definir el uso de la tierra. Por ejemplo, hasta dónde va la forestación, pero fundamentalmente hay que analizar el sector industrial y los servicios. Hay que hacer esto con muy buenos técnicos, pero sobre todo hay que hacerlo con los empresarios. Sin empresarios no hay posibilidad de avanzar en el contenido tecnológico de rubros con probabilidades de competitividad. De esta forma, habiendo elegido rubros, se pueden efectivizar políticas sectoriales, activas y selectivas que los impulsen y apoyen.

En esencia, los cambios económicos pasan por las transformaciones de la estructura productiva, complementados por políticas sociales y de generación de empleo que son básicas para mejorar la justicia social. Se requiere combinar las lógicas del mercado con las lógicas del Estado. El mercado decide cantidad y calidad de los bienes y servicios. Pero el mercado no resuelve la cohesión social, ni el empleo, ni los problemas sociales. La conducción del Estado es central en esta estrategia productiva. El Estado debe revitalizar sus funciones de integración social, de redistribuidor de ingresos y de agente de desarrollo. El Estado es imprescindible para la equidad, para las negociaciones internacionales, para los lineamientos estratégicos, para el plan de empleo, para la atención de los problemas sociales.

Hay matices con la actual conducción de la política económica. Sin la ayuda de los factores externos es difícil saber cuál hubiera sido la evolución económica. Los temas centrales son la estrategia productiva y el empleo. Estos temas no son resueltos por el Estado, sino por una conducción estatal, en la que las políticas macro atiendan no sólo la estabilidad, sino también el crecimiento y el empleo, como la política cambiaria; en la que se marque el rumbo de la futura estructura productiva que permita elegir rubros y facilitar políticas sectoriales y selectivas capaces de resolver la complejidad de los problemas del empleo.

Pero también surgen diferencias en el tratamiento de la inserción internacional. Combatimos el TLC con los Estados Unidos, al estilo del realizado con Perú, porque entendíamos que los costos superaban abiertamente los beneficios. Luego de la clara definición del presidente de la República, en Estados Unidos triunfaron los demócratas, lo que aleja por mucho tiempo cualquier posibilidad de un TLC. Esto no quiere decir no seguir negociando para ingresar al que es el mercado más apetecible del mundo, por su tamaño, por su nivel de ingreso y por su dinamismo. Pero el TLC era contradictorio con la estrategia productiva que planteamos y destrozaba muchos sectores relevantes para el futuro.

También hay diferencias en la actitud del equipo económico respecto al Mercosur. El Mercosur no anda bien, pero no hay que culparlo de todos los males ni destruirlo. Se le responsabiliza inclusive de problemas internos. Se plantea, por ejemplo, que la caída de la industria manufacturera en la década del 90 fue culpa del Mercosur, cuando sabemos que fue fruto de la apertura unilateral con el resto del mundo y el atraso cambiario. El Mercosur no tuvo ni arte ni parte en las pérdidas de la producción y el empleo en dicho sector. Se le culpa también del déficit de la balanza comercial de bienes con Argentina, pero es consecuencia de las diferentes políticas cambiarias de ambos países. Cu
alquier estrategia requiere abrirse a todos los mercados del mundo que sea posible, sin desatender la visión estratégica que significa el Mercosur por las potencialidades de unidad y acción en un mundo de bloques, por la complementariedad productiva, especialmente en el sector industrial, por las posibilidades de acciones conjuntas en el ámbito de la investigación científica y tecnológica, por las potencialidades en materia energética y de infraestructura. Al Mercosur hay que criticarlo correctamente y ayudarlo a desarrollarse por sus enormes potencialidades. *

(*) Senador, economista.

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