Educación
En los últimos días hemos destinado una ardiente preocupación al Proyecto Ceibal, que asegura una computadora para cada escolar. Ya di opinión y he leído con interés y respeto la de quienes expresaron una diferente y la de quienes compartieron la mía.
Ha sido un intercambio necesario y saludable.
Sin embargo, creo que nos acecha el peligro de que un único aspecto, acaso menor, absorba el vigor intelectual que requiere el caracú del debate central: los valores esenciales que cimentarán a la nueva educación.
Aunque de esto ya se haya hablado y yo lo ignore, y por tanto esté incurriendo en una involuntaria redundancia, vale la pena correr ese riesgo. Cuando se alude a valores aparece la necesidad de definirlos con la mayor precisión posible. Hace falta un concepto general, abarcador. Por ejemplo: que tales valores tiendan al bien común, de modo que la nueva sociedad a la que se aspira sea verdaderamente justa, como aquella vida recta a la que Bertrand Russell describió «inspirada por el amor y guiada por el conocimiento».
Si uno quisiera postular unas pocas líneas fundacionales a partir de ahí, ¿quién negaría que la benevolencia simpatía y buena voluntad hacia los demás-, la tolerancia respeto y consideración por opiniones y prácticas ajenas- y la solidaridad adhesión a la causa o a la empresa de otros- sugieren una hipótesis plausible?
Y, luego sí, sería el momento de definir e incorporar a la escuela, nuevas y diversas materias. Me seduce la posibilidad de que se enseñe, entre otras, qué son y cómo se respetan los derechos humanos, qué significa la equidad como acto inhibitorio de la discriminación y cuál es el resultado, moral y práctico, de la aplicación de los principios del cooperativismo.
El debate sigue abierto. ¿Hay algo que falte?
No estoy seguro. Pero es bueno recordar lo que Carlos María Ramírez dijo de José Pedro Varela, su adversario y amigo: «La educación común era su obsesión poderosa, su formidable manía…». *
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