La oposición está desorientada
Cuando las fuerzas de izquierda están cercanas a acceder al poder político se desata una ofensiva de la derecha expresando dos críticas básicas: la izquierda es antidemocrática, tal vez pensando en la URSS, y genera caos financiero, escasez de bienes y largas colas.
En seis países de la América del Sur se han instalado recientemente gobiernos progresistas y estos fenómenos no han sucedido. En esencia, la izquierda latinoamericana ha revalorizado la democracia. La sociedad uruguaya es profundamente democrática y por ello Uruguay se destaca en el contexto de la región. La democracia pasó a ser un estilo de vida, un fin en sí mismo. La izquierda uruguaya no quiere más muertes por motivos políticos, ni prisiones, ni torturas ni exilios. La democracia requiere el respeto y la tolerancia al otro, el de otra cultura, el de otros valores, el de otras religiones. Y esto lo comprende la izquierda, pero también la sociedad uruguaya y la totalidad del sistema político. La izquierda uruguaya se democratizó y, por ello, revalorizó y mantiene firmes los principios democráticos bajo su gobierno. La oposición no entendió este cambio sustantivo del conjunto de la izquierda, en especial, con respecto a la década del 60. La izquierda sigue creyendo en la existencia de las clases sociales y los intereses de clase. Pero ya no se plantea el triunfo de una clase sobre la otra, ni su exterminación. Entiende que las diferencias entre los intereses de las distintas clases se resuelven a través del diálogo, la negociación y los acuerdos, que son principios básicos de la democracia. Con el gobierno de izquierda las libertades básicas se mantienen vigentes, hay avances significativos en el tema de los derechos humanos y, por supuesto, el estado de derecho y el respeto a la constitución y las leyes son esenciales para el actual gobierno.
Las críticas de la oposición sobre el respeto a los principios democráticos se desvanecen, inclusive aquellos que intentan mostrar violaciones a normas constitucionales. Sin embargo queda todavía un desafío: la democracia significa gobierno de mayorías y control de las minorías. Las minorías están en el parlamento, pero no están en las empresas públicas, en los entes autónomos y servicios descentralizados. En la reunión del 19 de diciembre de los legisladores del Frente Amplio con ministros y el presidente de la República, expresé que al gobierno le iba muy bien y que había que tener cierto grado de generosidad con la oposición. El Presidente tomó la posta y convocó a los líderes de la oposición. Pero aún no se han conseguido acuerdos para los entes ni para los organismos de contralor. Tal vez llegó la hora de revisar las formas de designación del Codicen y del Banco de la República, que fueron los que generaron problemas. Insisto en que los controles de las minorías y los acuerdos con la oposición son indispensables en todo proceso democrático.
El gobierno de izquierda busca profundizar la democracia, manteniendo sus principios básicos. Sabiendo que el ciudadano es el actor central de la democracia, se busca expandir sus derechos civiles, políticos y sociales. Los derechos civiles y políticos siempre fueron contemplados en la historia del Uruguay democrático. La gran tarea es avanzar en los derechos sociales, donde en estos dos primeros años de gobierno del Frente Amplio se han registrado mejoras en el combate a la pobreza, en el salario real, en el descenso de la desocupación abierta, en el retorno de las negociaciones colectivas y los consejos de salarios e, inclusive, en un aumento de la sindicalización y del número de sindicatos, lo que ayuda a la equidad.
El otro argumento utilizado por la derecha para asustar y amedrentar a la población es que la presencia y triunfo de la izquierda pueden desatar un caos financiero de tales proporciones que afecte al conjunto de la sociedad. En la realidad, el caos financiero se concretó bajo un gobierno de derecha en 2002. El ataque de la derecha suponía la posibilidad de fuga de capitales, abruptas devaluaciones, procesos especulativos y muy elevados índices de inflación. Nada de ello ocurrió en la realidad desde la campaña electoral de 2004. El presidente de la República y su equipo económico consiguieron la credibilidad y confianza de los agentes económicos. No hubo caos. Hubo estabilidad y crecimiento y la oposición volvió a quedar descolocada.
La oposición quedó desorientada al mantenerse los principios básicos de la democracia y al no ocurrir ningún tipo de caos financiero. El problema central de la oposición es que no acepta que al gobierno le va muy bien, con una muy elevada aceptación de la opinión pública. En realidad, nunca hubo (desde que se hacen encuestas) un presidente con tan elevada aprobación después de dos años de gestión. La oposición hizo esfuerzos por dividir al Frente. Se volvieron a equivocar y no entienden la profundidad de la unidad de la izquierda uruguaya. Esta unidad ya se concretaba en 1971, cuando se crearon aquellos extraordinarios comités de base en donde convivían los distintos sectores del Frente. La dictadura, que golpeó esencialmente a sectores del Frente, significó para los frentistas una especie de pacto de sangre que volvía a profundizar la unidad. Por ello el Frente es mucho más que la suma de sus distintos sectores componentes. Lo que arraigó en la sociedad uruguaya es el frentismo. Los que se retiraron del Frente en 1989 no lo comprendieron. Por ello muchos de ellos retornaron, porque fuera del Frente fracasaban o se desdibujaban.
Pero lo esencial es preguntarse cuál es la propuesta de la oposición, que, por supuesto, tampoco es homogénea. Batlle y Lacalle representan la derecha y propugnan la vuelta al neoliberalismo que fracasó claramente en los noventa en América Latina y no se conoce país donde haya triunfado y consolidado. Buscan minimizar la acción del Estado a través de las privatizaciones y desregulaciones y la liberalización comercial, financiera y laboral. En realidad, como dice Hirschman, son la continuidad del pensamiento conservador que en el siglo 18 atacaba los derechos civiles de los ciudadanos por estar en contra de las libertades públicas; en el siglo 19 atacaba los derechos políticos de los ciudadanos al enfrentar el sufragio universal; y en el siglo 20 está en contra de los derechos sociales de los ciudadanos cuando ataca fuertemente la existencia del Estado de bienestar. El resto de la oposición carece de propuestas, no tiene paradigma, no tiene norte para guiar su accionar opositor. ¿Están más a la derecha o más a la izquierda de la orientación del gobierno? ¿Quieren más mercado o más Estado? ¿Creen que el mercado y el sector privado están en condiciones de resolver las pugnas sociales, los problemas del empleo, la pobreza, la indigencia y la cohesión social? Estas carencias los lleva a un discurso más particularizado, en el cual, por ejemplo, atacan problemas de la seguridad ciudadana que vienen de muchos años y sobre la que tienen enorme responsabilidad. O se enceguecen viendo ajustes fiscales en la reforma tributaria, que no incrementa la presión tributaria. Tal vez, ven más gasto del Estado ven como más clientelismo o amiguismo, que fue lo que ellos practicaron. Se olvidan de la necesidad del gasto del Estado para atender los principales problemas sociales, como la pobreza, la educación y la salud.
A casi dos años de la gestión del gobierno del Frente Amplio los logros no son menores. Los avances en derechos humanos son muy significativos. Los avances sociales son propios de la identidad de la izquierda y se sustentaron en un muy fuerte crecimiento económico. Seguramente es por ello que muchos votantes de los partidos Nacional y Colorado apoyan la gestión de este gobierno. De ello, parecería que no se han enterado los principales líderes de la oposición. *
(*) Economista. Senador frenteamplista.
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