Un librero vocacional que encontró en Punta del Este el paraíso donde vivir
La aventura de alcanzar el Uruguay y el encuentro con los libros, le ocupó la vida. En Punta del Este halló «el paraíso donde vivir».
«Salí con el permiso de mis padres del país. Era tan joven que mis padres debieron darme la libertad para viajar, sólo se daba el pasaporte con la autorización de ellos», recuerda. «Mi padre era oficial de la marina y llevábamos en la sangre la aventura; hoy por hoy digo que soy ítalo-uruguayo».
Llegó en 1951. Su primer trabajo fue de mandadero. «Era un chiquilín; después, trabajando de mozo en un bar me compré un negocio, que fue lo mejor que hice (…) compré una máquina de producir dinero, que hoy existe, está debajo del Palacio Salvo y se llama ‘Quiosco Italia’. Le puse el nombre yo. Fue lo que me resolvió la vida económica en el año 1957″.
«Años después llegó mi hermano, Carmelo, que lamentablemente falleció (…) Lo hizo por capricho, porque quería fumar; nosotros teníamos el negocio de cigarrillos y el murió de cáncer producido por el tabaquismo. A raíz de eso en mi casa está prohibido fumar; esta pérdida fue una lección para toda la familia…»
Por el año 1964, Antonio y su hermano instalaron una librería. «Comprábamos los libros en España y acá. Llegamos en un momento a tener ocho librerías, invertíamos mucho dinero en el negocio; con otro hermano llamado Vicente que llegó a Uruguay con mi padre, atendíamos todo. Este hermano fue presidente de la Cámara del Libro durante varios años».
Poco después la madre de Antonio llegó también a Uruguay, con los seis hermanos Porcelli que quedaban: «Mi madre, gracias al Cime, que era una organización del gobierno para unir las familias, pudo traerse a mis seis hermanos que quedaban en Italia. Con lo que a mí me salió el pasaje cuando vine solo, mi madre por el mismo dinero se trajo a todos (sonríe)».
Y en la década de los 70 Antonio encontró el puerto adecuado para anclar su naturaleza viajera: «Hace 30 años llegué a Punta del Este, cuando se hizo el edificio Apolo, y soy un enamorado de está península. La primera vez que vine fue una odisea, las carreteras no eran la mismas por supuesto, había que andar de costado en el vehículo para poder circular; pero como yo había nacido en un lugar donde está el mar, no me entra en la cabeza otra ciudad que no tenga océano; nosotros nos bañábamos en invierno. Punta del Este es el lugar que yo no cambio por ninguno. A principios de 1973, cuando me casé, en enero, invité a venir de Estados Unidos a mi tía, mi tío, mi primo… un montón, por un lapso de diez días. Ella me dijo ‘sobrino, es verdad, vos aquí en Punta del Este tenés todo, nosotros allá solamente tenemos dólares'».
Los amores de este hombre además de este lugar, son su señora Rosa Marisa, «mi otra mitad, luego mis hijos Armando y Leonardo, todos uruguayos, pero tengo un nieto que es más hermoso que mis hijos y que vale por doce… él se encuentra ahora en España, porque al padre se lo llevó una editorial para Europa y en La Coruña se casó con una uruguaya. Mi esposa es la compañera de todas las horas. Por ejemplo si yo tuviera que vivir sin mi señora, no sabría cómo vivir, ella no me consulta nada, sabe todo, nos conocemos a la perfección, de dos somos uno».
La abuela de Antonio vivió más de un siglo y decía que los nietos eran sus hijos de azúcar. Cuando discutía con mi mamá, cuando ella nos pegaba porque imaginate, diez hermanos, ¡sabés lo que era aquello! y mi mamá le contestaba que éramos los hijos de ella, que no se metiera. Ella retrucaba: ‘no te olvides que son mis hijos de azúcar, eh, si no te denuncio'».
Un Libro. Un amor agregado
«Yo sufro» con clientes que abren un libro como si fuera «un papel para tirar a la basura. Un libro si no se trata bien parece usado», explica. Un libro es otro compañero, «una adicción… Cuando me voy a descansar, si no leo no me duermo, inclusive a veces es mi señora la que termina sacándome el libro y los lentes cuando ya me encontró el sueño».
En estos momentos Antonio lee las historias de Napoleón Bonaparte. Ha leído varias historias del emperador. La Historia le encanta. Toda la Historia. «Desde la de Roma, que la tuve qué estudiar en mi niñez, hasta la de cualquier país de Latinoamérica. Conozco casi todo por suerte, gracias a la lectura, y cuando viajo que lo he hecho y mucho no me encuentro desubicado, porque ya me he instruido antes». La novela le gusta mucho y antes de sus sueños también tienen su lugar los cuentos, poemas y poesías.
«En este Uruguay hubo una gran mancha, que yo nunca pensé que sucediera aquí, porque soy un eterno odioso de la dictadura. La odio, no estoy de acuerdo con ningún tipo de dictadura». Si el ser humano pierde la libertad de pensar o actuar es igual a estar muerto en vida, opina.
Punto y aparte
Punta del Este es un «punto y aparte» de un mundo sumamente complicado, dice luego. «Punta del Este tenés que conocerla, porque si no conocés Punta del Este no conocés nada. Es un apartado de este mundo todo complicado y acá sigue siendo un paraíso. Te brinda el placer de vivir, el ganar en salud, después sigue la seguridad, que en este momento se ha perdido en casi todo el mundo la seguridad y aquí no… habrá algunos casos esporádicos de violencia, pero no pertenecen a Punta del Este. En este lugar se vive naturalmente, todavía… no estamos obligados a vivir artificialmente, comemos todo natural».
Como veterano conocedor del mundo, los seres humanos y los negocios, Antonio sintetiza y aporta su receta para proyectar el desarrollo del país, en serio: «Al ministerio habría que pedirle que invirtiera en Europa, es donde no somos verdaderamente conocidos y este es un lugar fácil de vender, sólo hay que realizar spot publicitarios mostrando lo hermoso de este lugar, lo que es José Ignacio, toda la parte de La Barra; sobran los lugares para mostrar…» *
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