¡Salud, ya!
La palabra mutualismo proviene de mutual, que quiere decir mutuo, recíproco. O sea, yo pago una cuota y la mutualista me da atención médica como se debe.
Pues no, eso era antes. Las cosas han dejado de ser como alguna vez fueron, en aquellos tiempos de explosión demográfica, trabajo y solidaridad que trajo la inmigración, española, más que nada. A las mutualistas les ha quedado el nombre, por si acaso. Dicho de otro modo, si algo no practican es la reciprocidad.
No alcanzaría este espacio para sumar pruebas. A la cuota, que sube como si dependiese del petróleo de Irak, le han agregado tiques a mansalva (¡que no te toque en un mes una ecografía y unos análisis de sangre y orina!). Los medicamentos de alto precio suelen faltar, a veces por razones que sólo podría explicar Freud, y si aparecen es luego de un parto forzado en el que interviene un padre de Manolito de aquéllos, al que hay que darle por la cabeza con lo que se tenga a mano. Y, por si fuera poco, hay médicos que llegan tarde, te atienden a reloj descubierto y te despachan lo más pronto posible y sin que te hayan escuchado más que el saludo, razón por la cual te diagnostican úlcera duodenal cuando tienes una gastritis pesada como el crudo del Orinoco.
Eso sí, las mutualistas no practicarán la reciprocidad, pero cada día son capaces de inventar nuevas formas de joderte. Ahora es tiempo de los «feriados quirúrgicos», sistema que, en buen romance, significa que, si necesitas una cirugía, te meten en una bolsa y te sacan para el quirófano cuando a los administradores, no a los cirujanos, se les canta.
El gobierno nos ha prometido para este año la reforma de la salud. Y aunque no es el único cambio en que está empeñado, dicho con respeto, que empiece por ahí. Porque así no hay cuerpo que aguante. Y porque las mutualistas siguen de jarana, mojándole la oreja a Salud Pública como aquel Consorcio López de la novela gallega: «A esta tía lo mejor es dejarla hablar. Ella sola se para». *
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