Prohibido para nostalgicos

Año nuevo, vida nueva

Cuando el colorido almanaque del London París marcaba el último día del año, La Vieja Capital se alborotaba. Por Bvar. Artigas y Burgues los vecinos se reunían en el hermoso parque de la Cervecería Oriental. Todos bebían la espumosa «Munich», servida directo del barril a la jarra de grueso vidrio para un «chop» de novela. El aroma de los parrilleros del fondo era del inconfundible asado al pincho tan popular por esa década del 40. Por el llamado Campo Español del querido barrio Villa Española nunca faltaban las gaitas, muñeiras y milongas en festejos findeañeros. El pionero de la radiotelefonía, Agustín Pucciano, organizaba tremendos bailes para inmigrantes gallegos y los montevideanos nunca faltaban. Vinos semillones para los caballeros y mucha Bidú o Bilz Sinalco para las señoras y sus niños. Ese espíritu de las fiestas de Fin de Año llegaba hasta los tranvías. A un costado del conductor o «motorman» ponían una canasta de mimbre donde los pasajeros les dejaban turrones, budines o sidra casera para retribuir a quienes durante todo el año los habían trasladado con gran respeto. Aún en las casas más humildes nunca faltan piezas de fina vajilla sólo utilizada en estas fiestas. Eran quizás el último recuerdo de los abuelos y de las escasas pertenencias traídas en su viaje hacia «la América». La CX 34 y su filial la 48, llamada Radio Femenina, te hacían bailar con la música de sus «Bailables Geniol». Tangos, jazz y muchos pasodobles y tarantelas. Fue una tradicional costumbre del 31 de diciembre que las fábricas realizaran un festejo para unir a los laburantes y a algún patrón. La vieja Fábrica de Neumáticos reunía a sus obreros en la quinta del Euskaro o en los parrilleros de Santa Lucía. En cada barrio se hacían colectas para entregar canastas de Fin de Año a los más pobres y también a los guardiaciviles con muchos hijos. Cada barriada tuvo sus vecinos organizadores como el sastre Recupido en Goes, el boticario Paladino en la Villa de la Unión o el popular Julio Fucito en el Cordón. Muchos montevideanos hacían para el 1º de enero una excursión para recibir el año a cielo abierto. Salían los camioncitos de las esquinas repletos de bullangueros vecinos hacia los terrenos del señor Piria o para deleitarse con el encanto del Santa Lucía. Quizás la estampa más representativa de aquellos 31 de diciembre de antaño sea la de los bailes en la calle. Entre todos colgaban en las ramas varios parlantes de corneta y decoraban la cuadra con cintas de colores y bombitas de luz. A puro «escote» se alquilaba un equipo sonoro de válvulas grandotas y ¡se armó el bailongo! Galanes peinados a la gomina y pibas con melenitas de oro. Explotaban las cañitas voladoras, el viejo reloj de péndulo daba las doce campanadas y las doñas tiraban baldes de agua a la calle para sacar «la yetta». En una radio de capilla suena la voz de Alberto Castillo cantando a todo trapo ¡»Año Nuevo, Vida Nueva»! La sidra chorrea las copas de esos antiguos vecinos que aún están brindando junto a nosotros porque la memoria popular jamás los olvida. Con más recuerdos y música los esperamos en la 1410 AM LIBRE.

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