Paradójicos
Hay gentes a las que les caen bien las reuniones. Hablan, cuentan chistes, se ríen, se toman una copita y, sobre todo, se mienten como locas, desaforadamente, con una fruición digna de mejores apetencias.
Los intendentes, por ejemplo.
Si se sorprende a cualquiera de ellos en soledad, es muy probable que le eche a uno esas parrafadas simétricas sobre la responsabilidad, las cuentas claras, el buen servicio a los contribuyentes y, cómo no, lo macanudo que resultan los patrióticos acuerdos entre colegas. Es que vamos, hombre- para eso han inventado el tan zangoloteado congreso que los reúne.
Y si se les escucha precisamente reunidos en semejante escenario, es muy probable que le tiren encima a uno los veintitrés mil acuerdos que han asumido, mientras exhiben dentaduras a las cámaras, se abrazan y se desean lo mejor con ese tono tan cálido, tan de gauchos buenos que, de pronto, sin conocerse realmente se quieren como se quieren, borrachos por unanimidad, Juan Pedro y Sosa, los personajes del cuento «¡Qué lástima!», de Paco Espínola.
Pero están mintiendo.
Y ojo, que no es cuento. Acaba de ocurrir por enésima vez. Los intendentes de Maldonado, Lavalleja y Treinta y Tres, con brío y sin pudor, han decidido pasarse por las entretelas el compromiso, asumido el pasado 4 de diciembre por todos los jefes comunales- de aplicar en 2007 un aumento de 6,21% a la patente de rodados. Borrando con el codo lo que firmaron con la mano, han dicho que harán lo que se les cante. Y, atención, hay otras tres intendencias que, todavía en silencio, están pensando agarrar por el mismo camino.
Pertenece a Helvio Botana esta frase: «La mentira tiene de bueno que siempre es posible rectificarla, cosa que no se puede hacer con la verdad». Si uno la pidiese prestada para aplicarla a la conducta de los intendentes se convertiría, qué curioso, en una gigantesca paradoja.
Porque la verdad es que son unos mentirosos. Y, si Botana tiene razón, eso no hay como arreglarlo. *
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