"Los uruguayos debemos convencernos de que tenemos que ser una sociedad de servicios"
–De todos estos años trabajando en remates ¿qué es lo que más recuerda?
–Rescato después de todos estos años que lo que más gusta son los libros, las pinturas, los documentos, los buenos muebles. Además he tenido algunos pocas y buenas subastas judiciales. Tuve la suerte de no pasar por el vil cuchillo de ese mundo, y que no me tocara ningún remate dudoso, ya que pude ayudar a resolver muchos problemas. En materia de libros, el que mejor vendí fue «Los viajes de Napoleón al Alto y Bajo Egipto», 1802, en dos tomos. Se vendió en U$S 15.000. Ese fue un trabajo muy importante. Además rematé muchos documentos.
–¿Uruguayos o de otros países? ¿Cosas que le llegaron o que encontró en nuestro país?
—De todo, algunos de acá, otros me los han mandado de otros lugares. Esa difusión la tenemos por nuestra página web, mediante la cual tanto nos compran como nos mandan. Por ejemplo, una señora que vive en las Islas Malvinas, por medio de Internet vio unos cuadros en Londres. Yo me contacté con una de mis hijas que vive allí, que me los mandó y se los vendí a la señora.
–¿Nuestro país podría transformarse en un centro mundial de venta de antigüedades y demás artículos?
—Estoy convencido de que sí, pero Uruguay debería trabajar más en la legislación para poder ser más centro de operaciones, no sólo en materia de subastas, sino en otras áreas también. Tenemos que pensar que estamos rodeados por 40 millones de argentinos y 180 millones de brasileros. Si tenemos habilidad de movernos en medio de todos esos consumidores potenciales y creamos normativas ágiles y flexibles, como tienen los ingleses y los norteamericanos, podemos ganar mucho dinero y mucha gente puede trabajar.
–¿Sería como un servicio plus que brindaría nuestro país?
–La idea es que un argentino mande un objeto a vender a Montevideo y que un brasilero lo compre. Se obtiene un flete, impuesto, trabajo. Es un servicio. Uruguay debe vivir además de las exportaciones de carne, lana, cuero, de los servicios, que es lo que más nos deja a todos, y las subastas son una forma de ellos.
–Tenemos que aprovechar nuestro potencial humano, ya que nuestra gente está bien educada como para poder brindar un muy bueno servicio.
—Es así. Un ejemplo claro es la mejora que hemos tenido en la gastronomía en los últimos 15 años, con mucha gente joven. La hotelería también, a pesar de que hay muy pocos hoteles. No estamos trabajando bien, y es por eso que vamos a volver a perder debido al cierre de la frontera con Argentina.
–¿No cree que no hay una política clara con relación a que el país debe volcarse con mucha fuerza a los servicios debido a que no somos un país caribeño, que tiene calor todo el año?
–Yo fui funcionario del Ministerio de Turismo cuando tenía 22 años. Allí hice unos planteos que a los jerarcas de la época les gustaron, pero no salieron. En la función pública si hacías molestabas, característica muy nuestra. En aquella época dos franceses hicieron unos informes gigantescos sobre la factibilidad que nuestro país tenía de ser un polo turístico de la región, el cual dio que Uruguay podía hacer un negocio muy grande entre Salto y Colonia. El motivo era que el agua tiene una enorme pureza y porque el Río Uruguay tiene una buena profundidad para puertos, por las aguas termales sulfurosas, mejores que las argentinas y brasileras, y por la explotación de la pesca. Hace 40 años, expertos dijeron que acá podía haber turismo los 365 días del año. Eso estaba sustentado en la población que hay en la mesopotamia argentina y la proximidad con Buenos Aires. Llegué a la conclusión por todo esto de que la sociedad uruguaya no tiene convicciones como para transformarse en un país con buena venta de servicios: subastas, hotelerías, gastronomía, campos de deporte, alquiler de propiedades, parque de diversiones. Los uruguayos debemos convencernos de que tenemos que ser una sociedad de servicios. No hacemos las cosas bien. Nos falta la harina para unir la papa, para hacer los ñoquis. Tenemos buena papa y buena harina, pero no sabemos cómo unirla, y eso que somos capaces. Debemos amalgamarnos, no pensar en la chacra y sí en el bien común, con la cabeza, no con los pies. Es muy sencillo, más que el agujero del mate.
–¿Podría deberse a que el uruguayo no es muy ambicioso?
–Hay una cultura de no agredirse entre los pares. Conformismo, seguridad, no hay nada seguro. Nos levantamos y salimos a hacer, pero no de a uno, todos juntos. Planificar, que es lo que falta acá. Trato de hacer las cosas cada vez mejor. La atención no está sólo en la parte económica, sino en cómo me manejo. Las cosas son simples, los que las complicamos somos nosotros con nuestra manera de funcionar en el colectivo. Se arrastran costumbres malas de mucho tiempo atrás, como la idea de querer ser casi todos funcionarios públicos. Esa seguridad que da tener un cargo de ese tipo. Hay que crecer. Yo soy formado en la enseñanza pública, en la que me dieron todas las herramientas para ser, y luego crecer, y ahora se lo devuelvo con placer. Mucha gente que ha recibido mucho no ha devuelto nada. *
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