Estrella de Belén
La vecina gallega recorría todas las casas de la cuadra. A todos regalaba un ramito de una planta con hojas pequeñas y espinas chiquititas. Era el muérdago que cultivaba en los fondos de su casa como lo hizo años atrás en su lejana aldea de Santiago de Compostela. Había llegado la Navidad y esas hojas eran un símbolo que ahora adornaría todas las puertas del barrio. Unos días antes, los vendedores ambulantes de corderitos habían trillado todo Montevideo ofreciendo su mercadería vivita y coleando.
Por el Bella Vista de los años 30, andaba un pibe con un carrito hecho con una lata de kerosén donde llevaba un muñeco grandote de trapo. «¡Un vintén pa’l Judas!» repetía y arrastraba su carro con una piola y las monedas tintineaban en sus remendados bolsillos. A la medianoche del 24, hacía explotar su Judas en el medio de la calle. Ese muñeco lleno de petardos y bengalas era el comienzo de la tradicional fogata que iluminaba la cuadra.
Cada vecino se acercaba al fuego y arrojaba ramas secas o algún «cuete». Los tanos inmigrantes riegan ese gran fuego con sus vasos de quemante ginebra. Esos italianos vecinos tenían la costumbre, al igual que lo hacían en la Noche de San Juan, de arrojar a la fogata unos papelitos con los hombres de los temidos «jettatores» y así alejar a la mufa del barrio. En esas navidades de antaño todo lo que comíamos era casero.
Los budines y las roscas se doraban en el horno de barro que esas casas proletarias y lindazas tenían en sus terrenos. La acaramelada masa del turrón se cocía en una ollita de cobre de aquellas que vendían las gitanas. En la tarde del 24 flotaban los dulces aromas de esas delicias. También se impregnaba el viejo hogar con el perfume de los jazmines que no cesaban de florecer con la mágica energía del solsticio del verano.
Las abuelas sólo aceptaban, a regañadientes, que se comprara una sola cosa afuera. Era el pan dulce que lleno de dátiles vendían en Los Tres Mosqueteros de Agraciada y Asencio.
También era rico el que vendía Rebecca en su almacén de Villa Muñoz o el de don Singer frente al Mercado del Puerto. Pero las doñas de la casa para no quedarse atrás también hacían un pan dulce más chiquito principalmente para regalar a los vecinos. En cambio recibíamos una botella de sidra casera que se ponía a enfriar entre las barras de hielo.
En el arbolito colgaban chirimbolos hechos con papel de aluminio y lentejuelas. Ese arbolito se iluminaba con unas velitas de cera que todos prendíamos al acercarse la medianoche. El aroma de ese pinito y el de sus pequeñas velas, es el perfume de la lejana infancia. De una Navidad titilante con sus juguetonas llamitas que aún sigue brillando en el laberinto de la memoria compañera.
En los empedrados del barrio explotan los «revientaportones». Bajo los parrales, brinda la familia y brillan en los rincones los farolitos de papel.
Llega a la esquina el Ejército de Salvación a cantar sus villancicos. En la parroquia, la Misa de Gallo es solemne y pronunciada en latín. Estrella de Belén y «La Luz que vino al mundo» para que la esperanza naciera en el corazón de los hombres. Con más recuerdos y música los esperamos en la 1410 AM LIBRE. *
COORDINACION ANGEL LUIS GRENE
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