Escrito por: ANTONIO PIPPO
Hay una calificación del codo, debida a Wimpi, que no resisto repetir: “Es mediante el recurso del codo que el tipo puede dar vuelta las hojas de un libro, trabajar de conductor, tocar la guitarra y subirse a los árboles. Lo clava y se abre paso, lo apoya y descansa, lo empina y se alegra”.
Pues bien, el codo suele ser la metáfora ideal de un gobierno enfrentado a una situación nueva y compleja.
Brazo y antebrazo política económica y respuesta social- están dispuestos de una cierta manera, yo diría por ahora confortable. Pero ha aparecido en el escenario la reforma tributaria y hay consenso en que significa, por donde se la mire, una inflexión. Si el codo, que equivale a la realidad, permite esa inflexión y que luego todo vuelva a su punto original, el movimiento habrá sido un éxito; si, por el contrario, el codo se tranca, rechazando el esfuerzo exigido, el movimiento habrá fracasado.
Ciertamente, y por si no se entendió, digo, tal vez con abusiva vulgaridad, que, en una y otra situación, habrá consecuencias políticas.
Supongo que para el Presidente y el ministro de Economía esto es muy claro. Me tranquilizan unas declaraciones recientes de Astori, tanto por la certeza que tiene en la exactitud de sus números y en los resultados de la reforma, como por haber admitido que, al tratarse de un proceso dinámico, no descarta las correcciones.
Quisiera tener la seguridad de que este hombre inteligente y profesional de primera línea ha advertido que, si algo falla, porque el codo se trancó nomás, pese a su voluntad y a sus propósitos, las consecuencias políticamente poco estimulantes no nacerán allá arriba, entre quienes más tienen, sino acá abajo, entre quienes ya no resistimos más tributos al Estado.
Eso sí: si el codo hace este trabajo como cuando uno levanta la copa para celebrar, bebe y luego la deposita en el mostrador -una feliz inflexión que todos deseamos- el viento a favor en la camiseta de la izquierda será impresionante.
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