Regalos del ayer
Se vienen las fiestas y los regalos. Paquetes con lindas moñas en estos días de compras y bolsillos exprimidos. Todo sea por las antiguas costumbres. En las aldeas de los abuelos inmigrantes nunca faltaba un pinito recién cortado del bosque y aun salpicado por la vaporosa nieve. Ardían las pequeñas velitas de cera y a su pie los familiares y vecinos colocaban los regalos. En el viejo Montevideo continuaron esas tradiciones. Estaban de moda «los coloretes» de Myrurgia que daban sus tonalidades a las montevideanas que tomaban el té en La Liguria o La Americana. La competidora Helen Curtis también ofrecía como bonitos regalos sus novedosos shampoo de leche que prometían suavizar los cabellos más rebeldes. Fue tan popular que hasta una murga hizo bromas con ese «shampoo de las motudas», como decían en su cuplé de actualidad. Si regalabas un jabón Reuter quedabas como un finoli de novela y hasta la suegra más arisca se amansaba con ese regalito que se vendía en la farmacia Paladino de la Unión. Cuando había que demostrar clase y sofisticación a una piba todos compraban aquella loción que tenía un popular aviso radial. Un locutor de voz varonil susurraba: «Amor, sueño y poesía, sublime loción Kasmir Bouquet…», y sonaba como cortina musical de fondo la voz de Héctor Mauré cantando su éxito titulado «Oro y diamantes». Cuando había recién casados en la cuadra, los vecinos juntaban sus vintenes y les regalaban un juego de vajilla comprado en el bazar «La Sensación» de Andes y Soriano. Lozas y porcelanas que llegaron a competir con las del «London París» o el coqueto «Bazar Mitre» aunque ese comercio tenía un perfil más accesible a todos. Se presentaba como «La Sensación, el bazar de los precios únicos» como anunciaban en la tanda de un radioteatro de la tarde. En diagonal con el Palacio Legislativo, los hermanos Soler habían abierto una tienda que si la visitabas desprevenido salías lleno de paquetes de regalos. Lo mismo con Introzzi que en Navidad y luego también en Semana Santa vendía muchos regalos porque la visitaba gente del campo que volvía a sus pagos con muchos obsequios. Si había que regalar buenas pilchas a los hombres de la casa no quedaba otra que darse una vuelta por Rondeau y Paysandú. Ahí estaba don Ciappesoni que tenía escrito en su vidriera: «Acá se viste, el abuelo, el padre y el hijo». Y por esa zona de la vieja Aguada, en la calle Galicia, don José Cassarino vendía unas tremendas «chivas» de calidad inglesa. Eran las famosas bicicletas «Rudge» que si el botija sacaba buenas notas era un pedido reiterado en la cartita a los señores Reyes Magos. Esos pibes mientras tomaban un nutritivo «Completo Puritas» soñaban con una reluciente «Rudge» para recorrer la barriada. Y para el jefe del hogar nada mejor que regalarle una billetera como las que vendían en Brandzen y Pablo De María, en la tradicional «Casa de las billeteras».
Las niñas y adolescentes tenían fascinación por una muñeca de porcelana china que vendía en exclusividad «La Lira» de 18 de Julio. Ideal para un regalo navideño era una muñequita llamada Cho-Cho-San o Butterfly, vestida con un exquisito kimono. *
Con más recuerdos y música los esperamos en la 1410 AM LIBRE.
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