Rusia al borde del abismo
Hasta hace poco la Unión Europea observaba a Rusia como un milagro imposible hecho realidad: la transformación de un país comunista ortodoxo, a un país capitalista experimental.
Era el cambio profundo de un enemigo político y militar, a un socio comercial y democrático. Todo, en menos de diez años.
Esos diez años coincidieron con la presidencia de Boris Yeltsin (1991-1999). Eran los tiempos de los ríos de vodka y champán, de los abrazos fraternos con los jefes de estados europeos y americanos. El equivalente latino de ese período fue la fiesta menemista de 1989 a 1999.
En realidad, tanto Argentina como Rusia tuvieron mala suerte. Habían decidido capitalizarse justo durante el peor período de las privatizaciones salvajes internacionales. Hoy completamente abandonadas, incluso por los países más neoliberales que puedan seguir creyendo en ese sistema.
En aquellos tiempos, la hoy descartada «doctrina Thatcher» de privatizaciones era la moneda corriente de las naciones que buscaban el cofre de oro al final del arco iris económico. La primera en abandonar a los «Chicago Boys» fue Margaret Thatcher, seguida por los sucesores de su correligionario ideológico, el recientemente fallecido Augusto Pinochet.
Ahora es Rusia la que abandona el neoliberalismo friedmaniano-thatcheriano, 10 años más tarde.
«Nos privatizamos y todo listo», decía el refrán de la época, «nos llenamos todos de oro, y viviremos felices para siempre». Mentira. Lo que sobrevino fue el dolor de cabeza de un Estado débil, que no podía pagar ni sus cuentas. Rusia era demasiado grande para caer, pero tambaleó varias veces. Argentina cayó sin vergüenza ni misericordia.
La transición rusa requería paciencia de todas las partes. El proyecto no era fácil, muchos lo sabían. El sistema adolecía de algunos «tics» típicos de una maquinaria «que no está aceitada totalmente con el lubricante de la economía de mercado», según opinión de los expertos económicos mundiales.
Las noticias se sucedían en forma bastante vertiginosa: una ráfaga de metralla que mata a un banquero a pocas cuadras del Kremlin, un par de periodistas críticos del Estado ruso que aparecen hechos un colador de balas. Todo aderezado por casos de envenenamiento a políticos sospechosos, dentro y fuera de fronteras.
Los países europeos prefirieron no hacer olas. «No se puede hacer un omelette sin romper algunos huevos», dijeron algunos comentaristas políticos. Los gobiernos europeos atinaban a mirar para el otro lado. «El país necesita tiempo. Va por buen camino», se decía.
Lo primero que sorprendió al mundo fue la aparición repentina de los supermillonarios rusos en la década de los 90. De golpe y porrazo, surgieron «oligarcas» (según la definición europea) capaces de competir con los más poderosos magnates de la industria y el comercio de Occidente, como Rupert Murdoch, Bill Gates, Richard Branson y Silvio Berlusconi.
Para los nuevos hiperbillonarios, no se trataba de tener un par de cientos de millones de dólares en el banco. El poder global de hoy requiere mucho más que eso.
La fortuna de los nuevos zares económicos como Roman Abramovich (10), Vladimir Lisin (7), Viktor Vekslebert (5), Mikhail Khondorovsky (2) y Boris Berezovski (1) alcanza varios billones (entre paréntesis, los billones de dólares que posee cada uno).
En la actualidad existen unos 25 oligarcas rusos que manejan unos 90 billones de dólares de dinero metidos en empresas comerciales e industriales que eran públicas durante el período comunista de 1917-1990.
En su momento, la táctica Yeltsin fue la creación de una cúpula privada asociada al Estado ruso, a los efectos de formar un apoyo fiduciario importante en favor de la democratización del país y de los nuevos partidos democráticos.
Con diarios, revistas, canales de televisión y grandes empresas, se crearía una aristocracia comercial defensora del sistema democrático ruso, al mejor estilo thatcheriano en Inglaterra. Pero fue una táctica simplista.
En la práctica, esa teoría no funcionó. En primer lugar, la compleja telaraña que era la administración estatal rusa no desapareció de la noche a la mañana. Simplemente se privatizó en forma de mafia con dudosos métodos coercitivos, como la muerte a balazos.
Lo que sí apareció en su lugar fue una capa tutelar empresarial de antiguas conexiones con los servicios de seguridad de la KGB, antes, y de la FSB ahora. Lo que sí apareció también, fue una oscura relación entre antiguos elementos de los servicios secretos y nuevos empresarios, que dieron lugar a la famosa «mafia rusa».
Por ejemplo, una investigación superficial del diario The Independent de Londres arroja la siguiente información sobre el empresario Andrei Lugovoi, director de una importante empresa de bebidas a las afueras de Moscú, que obtiene unos 50 millones de dólares anuales de ganancia.
Lugovoi fue una de las últimas personas que vio con vida al ex espía de la FSB, Alexander Litvinenko antes de que fuese asesinado por envenenamiento con Polonio 210 el mes pasado.
Parece ahora que Lugovoi también tiene importantes conexiones con la ex KGB, ya que perteneció a esa organización buena parte de su vida, hasta que se hizo empresario. Desde hace tiempo en Rusia que hay un dicho que dice «una vez de la KGB, siempre de la KGB».
Los analistas concluyen que Lugovoi y su asociado, Dimitri Kovtun, otro que fue de los últimos de ver con vida a Litvinenko, pudieron haber sido utilizados por agentes sin nombre ni filiación oficial, para llegar hasta Litvinenko y asesinarlo.
Según los rumores, tanto Lugovoi como Kovtun habrían también caído bajo los efectos secundarios del Polonio radiactivo.
Con el nuevo presidente ruso, Vladimir Putin (otro ex miembro de la KGB) el Estado ruso se dio cuenta de que sin una mano en las grandes industrias del país, el Estado quedaba hecho un muñeco de trapo. Putin y su entorno entendieron como fundamental que Rusia debía volver a ocupar su poderosa posición de otrora en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y para eso precisaba poder. O muchísimo dinero, que es lo mismo.
Gazprom, la empresa estatal rusa de gas natural, fue una de las primeras armas a utilizar.
El Plan Putin es sencillo: primero, obtener los contratos con la Unión Europea para asegurar una entrada de capital importante para las arcas oficiales y, segundo, utilizar Gazprom como palanca de presión con algunas naciones ex este europeas como Ucrania y Georgia.
De pronto, los gobiernos europeos que brindaban la asociación con la OTAN de todas las ex colonias soviéticas del este, se dieron por enterado de que un elefante gigante también quería sentarse en la mesa de negociaciones mundiales.
Hubo un hecho que dejó al desnudo la falta de poder de Rusia en el ámbito internacional, durante en los últimos diez años, y que endureció la mano de la derecha de ese país: fue la invasión de Irak, de 2003. Hasta ese entonces, Irak era un importante aliado geopolítico, comercial y moroso de Rusia. Putin se opuso firmemente a su invasión. Pero nada pudo hacer al respecto y lo pasaron por arriba. Fue una humillación.
Según la opinión de varios politólogos europeos, la Rusia de Putin está ahora en un peligroso punto de equilibrio y puede caer para cualquier lado. Es indudable que durante la presidencia de Putin, la vida democrática del país sufrió consecuencias negativas. Pero puede decirse que es otra consecuencia grave de la guerra de Irak.
Putin ahora debe echarle un vistazo a la situación política creada por el caso Litvinenko. La fuerte presión a la que fue sujeta la vida democrática de Rusia desde su elección como presidente, puede estar llegando a los límites máximos.
La viuda de Litvinenko, Marina, dijo esta semana a la prensa inglesa: «Yo no sé si Putin dio el OK para matar a Alexander, pero sí sé que la Rusia actual bajo su mandato ha facilitado que mi esposo haya sido asesinado en suelo británi
co, por fuerzas oscuras rusas». *
(*) Corresponsal en Londres
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