Pata Loca
Al inolvidable Julio Pérez, campeón en Maracaná por más señas, le decían «Pata loca», en alusión a su imprevisible y hasta ahora jamás igualada forma de gambetear rivales sin apurar jamás el paso: un sombrerito por acá, un cañito por allá, y ese revoleo de las flacas piernas de tan extraño modo que la pelota, tras la asombrosa prestidigitación, siempre se quedaba con él. Un maestro, «Pata loca». Un maestro del esquive, del regateo, del engaño, de la sorpresa.
Más allá del convencimiento de muchos de que aún es Obdulio el más respetado por el pueblo brasileño, resulta sorprendente advertir la influencia de «Pata loca», pese al tiempo transcurrido, en ciertos ámbitos exquisitos del vecino país.
¡Cómo está presente su espíritu en Itamaratí!
Si uno observa el comportamiento del canciller Celso Amorim y de Marco Aurelio García, el asesor predilecto de Lula, comprueba enseguida con qué intensidad se ha estampado en ellos la impronta de «Pata loca». No necesitan de una pelota; les basta su desenvoltura insinuante de garotas de Ipanema, su verbosidad cadenciosa que envuelve como una boa, o ese simpático cinismo que desparraman por todas partes a pegajoso ritmo de samba. Si hubiese una pelota de por medio, igual, los demás sobre todo uruguayos y paraguayos, porque con los porteños se les complica un poco no la hallarían. Y si al fin apareciese, fija que estaría pinchada.
Pretender que el Mercosur compense las asimetrías existentes, o que Brasil desista de su flirteo con Argentina y se dedique lealmente a liderar el bloque regional para que todos sus miembros crezcan en equidad, es como querer escamotearle la guinda a «Pata loca» cuando viene de frente y la trae gastada, bien gastadita, de tanto amasarla para su propia felicidad.
No es la primera vez que digo tales cosas de Brasil y de su gobierno. Pido disculpas por el abundamiento y, quizás, por defecarme en la diplomacia. Pero es que estos tipos son capaces de calentar a un muerto. *
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