Realismo
Es bueno que un ministro de Economía sea inteligente. Pero, en tiempos como estos, es todavía mejor que sea realista.
Hablando del Mercosur, y ante la consulta de un periodista sobre unas señales de acercamiento que parece estar dando Brasil a Uruguay, Astori circuló, breve y contundente, respetando su inteligencia y la ajena, por la senda lacónica del realismo: «Me gustaría que además de señales hubiera algún hecho». Y enseguida, al ser preguntado si creía en los dichos del canciller Amorim, remató: «No es que no le crea, pero anuncios de que Brasil va a tener en cuenta los reclamos de Uruguay los escucho hace mucho tiempo, y hasta ahora no he visto ninguna concreción, he visto indiferencia de Brasil».
Unas pocas palabras, un diagnóstico preciso. Ahí quedó reflejada qué digo, estampada en negro contra un muro blanco la tradicional política exterior de Itamaratí: decir lo que conviene a cada hora, según el interlocutor, y luego hacer lo que conviene sólo a Brasil. Política a la que podría calificarse de ambivalente, de pendular, de contorsionista y aun de hipócrita, sin faltar a la verdad y sin ofender.
Una política que recuerda parte de un monólogo de Mefistófeles en el «Fausto» de Goethe: «No quiero contar ya más que conmigo mismo y con mi raza. El interior del diablo está aún intacto, porque aquella loca chispa de amor sólo ha llegado hasta la piel».
Es necesario entender, cuando muchos se atreven ahora a imaginar un Mercosur que tal vez no salga del marasmo, que lo que ha cambiado para arruinarnos la vida es la relación con Argentina, no con Brasil.
Y se van delineando apenas dos caminos para Uruguay. Uno, espinoso y complejo, que no puede omitir el riesgo de Kirchner: recomponer la histórica hermandad lesionada; sólo así habrá esperanzas de más y mejor Mercosur. El otro, también árido y difícil, que ha sugerido Astori: «Seguir trabajando fuera de la región», con el pasaporte en la mano, claro. Por si hay que romper amarras. *
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