Conductores, molestos ante intolerancia e impunidad de cuidacoches en Canelones
Las calles Treinta y Tres y José Batlle y Ordóñez en Canelones son paralelas y dos de las más importantes de la ciudad. Tomando como referencia a quien viene desde Montevideo, por una se entra -Treinta y Tres- y por la otra se sale (Batlle y Ordóñez). La primera de las nombradas pasa por delante de un importante centro asistencial de salud privado; sobre la otra calle dan los fondos y algunas dependencias. El corredor de una empresa radicada en Montevideo estacionó su auto algunos minutos después de las diez de la mañana, sobre la acera este de la calle Batlle y Ordóñez, después de cruzar Figueroa. Cuando se disponía a descender del vehículo -que tiene chapa de Montevideo-, se le acercó el cuidacoches y le dijo que allí no podía estacionar porque ese lugar lo tenía reservado para otra persona.
El conductor, aún sin molestarse y esbozando una leve sonrisa, dijo que no había ningún cartel indicador o aviso que prohibiese estacionar allí. «Todavía le señalé un auto unos metros más adelante que el mío, estacionado en la entrada de un garaje; le pregunté: ‘¿ese sí está bien estacionado?’. Me contestó que esa casa estaba abandonada y que él arreglaba todo».
Intolerantes e impunes
El trabajador llegado de la capital a cumplir con sus labores comenzó a sorprenderse con la franqueza del cuidacoches, pero, sin obedecerle, bajó y cerró la puerta de su vehículo. El cuidacoches, lejos de aceptar la situación, le dijo con enojo que ese lugar lo tenía reservado para un médico que le pagaba más, y que allí, en esa cuadra, estacionaba quien él quería. La conversación comenzó a subir de tono cuando el cuidacoches demostró absoluta irrespetuosidad y falta de comprensión. «Hasta se acercó un señor mayor, diciéndome que esto es cosa de todos los días; ‘si usted estaciona frente a ese garaje -que señalaba con el dedo-, y no le da la propina que él quiere, le manda los inspectores y lo multan’, me dijo, lo que me dejó más preocupado», expresó el corredor sorprendido.
«En ninguna otra ciudad del interior vi una cosa así», dijo, y agregó que «pensé en ir a la comisaría o dirigirme a Tránsito de la comuna, pero al fin lo que quería era irme cuanto antes; en uno de los comercios en los que entré por motivos de trabajo me dijeron que no les sorprendía lo ocurrido, que del cuidacoches que se hacía cargo de esas cuadras de Batlle y Ordóñez se podía esperar cualquier cosa». El corredor, quien prefirió mantener su nombre en reserva, dijo: «Fíjese que tengo que ir a Canelones cada quince días. No entiendo cómo es posible que los municipios no fiscalicen y controlen a estas personas», y mucho menos, que en ocasiones «actúen en connivencia». *
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