El varón del tango
El Sud América estaba repleto aquella noche de Carnaval. El animador, de bigote finito, anuncia a los bailarines: «En esta noche de gala llega el Varón del Tango». Y a sus espaldas el cantante le susurra alguna broma. Fue la última vez que este viejo escribidor estuvo con su amigo de bohemia. Un 26 de noviembre de hace 42 años, Julio Sosa se piantó a cantar sus tangos allá arriba. Y los señores de alas muy grandes, muy copados, no lo dejaron más bajar.
Parece que fue ayer cuando por fines de la década del 40 trillaba Las Piedras cantando en los boliches. Su amigo, Cacho Maggiolo lo recibía en el legendario Café Continuado. Las musas canyengues lo ayudaron una noche en el bailongo Los Rosales cuando su compadre el jockey Gualberto Pérez le presentó a Agustín Pucciano que siempre andaba buscando nuevos talentos. Llegó la invitación para que cantara en el Café Ateneo, de la Plaza Cagancha, donde don Agustín organizaba concursos de cantores. Ese muchacho de Las Piedras llama la atención por la potencia de su voz.
En una de esas veladas, acompañado por Carusito, lo escucha el director Hugo Di Carlo que necesitaba una nueva gola para su afamada orquesta. Le tuvieron que mandar a hacer un traje de apuro porque Julio, en esos días, sólo tenía un gastado pantalón y apenas un par de camisas.
En un principio utilizó el nombre artístico de Alberto Ríos porque había un político llamado también Julio Sosa y nadie quería problemas. De la mano de Pucciano hizo también un ciclo en la fonoplatea de El Espectador. De esos tiempos fue la anécdota que siempre nos contaba de cuando una noche en el Café Ateneo escuchó a Carlitos Roldán cantar el tangazo «Tengo miedo» y lloró de emoción. Apoyado por su talento y sus amigos fraternales irrumpe en la noche porteña. Julio Sosa comienza a brillar en las marquesinas de la calle Corrientes.
Se une a estrellas de los quilates de Edmundo Rivero, Florial Ruiz y Susi Leiva para batallar por el tango que parecía ser desplazado por la llamada Nueva Ola y aquel Club del Clan.
En la película «La música de Buenos Aires» eligen a Julio para que diera su respuesta con el tema El Firulete, un credo mistongo que reivindica al compás del arrabal. Las radios en sus programas nocturnos «bailables» irradian sus éxitos «Madame Ivonne», «María» y la querendona «Milonga del 900″. Julio también actúa en la vieja Saeta en un ciclo llamado «Noches de Gala de Manzanares» donde canta y recita mientras sonaba la música de La Cumparsita.
En los bailes de los altos de El Vaccaro nació la camaradería con este veterano que ahora garabatea sus recuerdos. Luego, en el Sud América se afianzó esa tanguera amistad. La sala llena de gente esperándolo y Julio se demoraba en la puerta hablando con los vendedores de flores, los canillitas y los lustrabotas. Es que nunca olvidó su origen cuando se presentaba con su saco prestado. Por más alto que llegó, Julio Sosa nunca dejó de ser aquel humilde muchacho de Las Piedras. Después, brilló tanto que se amasijó y las estrellas le hicieron un lugar a su lado para que les cantara sólo a ellas.
Con más recuerdos y música, los esperamos en la 1410 AM LIBRE. *
Coordinación: ANGEL LUIS GRENE
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