El rechazo a los inmigrantes
A partir de los noventa, Europa debió enfrentar fuertes empujes de inmigrantes provenientes de las zonas marginadas del planeta.
América Latina, Europa oriental, el Medio Oriente, el norte de Africa, incapaces de satisfacer las necesidades de sus habitantes, empezaron a expulsarlos hacia el norte opulento. Pero claro, el Primer Mundo reaccionó ante la amenaza de esas hordas de desharrapados que, si bien estaban dispuestos a desempeñar las tareas menos prestigiosas y a percibir por ellas los salarios más bajos, se concentraron en los suburbios tugurizados y se convirtieron en una amenaza a la paz social y a la seguridad de las sociedades europeas.
Para los países ricos, los inmigrantes son quienes acceden a realizar los trabajos menos gratos y menos prestigiosos aceptando pagas miserables. Pero al lado de esa supuesta «ventaja», la inmigración masiva tal como se verifica actualmente implica un fenómeno social de envergadura en el que se mezclan marginación, guetización, trabajo en negro, evasión de aportes a la seguridad social; por otra parte, la presencia de extranjeros –sobre todo si esos extranjeros pertenecen a razas, culturas, y religiones diferentes– genera en los nacionales sentimientos de racismo, xenofobia e intolerancia, sentimientos que normalmente se hallan en el origen de las conductas violentas con que muchas veces la sociedad responde al ver amenazada su homogeneidad. El temor y el rechazo al «meteco» alimentan, a su vez, la marginación y promueven réplicas tanto o más violentas de parte de los inmigrantes.
El problema de las migraciones –tema central de la reciente Cumbre Iberoamericana– parece cada vez más lejos de resolverse en la medida que se profundiza la brecha que separa al norte desarrollado del sur empobrecido. Mientras los países «en vías de desarrollo» (eufemismo nada ingenioso para designar a las naciones que chapalean en el fango del subdesarrollo) no sean capaces de brindar a sus habitantes posibilidades reales de trabajar y de percibir salarios decorosos, los países del Primer Mundo (o del Norte opulento) seguirán ejerciendo un magnetismo imposible de neutralizar.
Las migraciones son un fenómeno que se ha verificado en todas las épocas de la historia de la Humanidad. Movidos fundamentalmente por razones económicas, hombres y mujeres se desplazaron en forma más o menos espontánea u organizada en busca de mejores condiciones de vida. Pero desde los Tiempos Modernos, luego de los viajes y exploraciones que permitieron conocer el Nuevo Mundo, éste resultó un imán poderoso que atrajo a europeos de todas las clases sociales; aventureros, delincuentes y trabajadores honrados encontraron en estas tierras desde Alaska a Tierra del Fuego un lugar donde establecerse y prosperar.
Después de la independencia, Uruguay recibió inmigrantes provenientes de Europa y, en menor medida, del Oriente próximo. Eliminados algunos aborígenes (merced a la matanza civilizadora de Salsipuedes) y mezclados otros con los criollos en virtud de una propensión integradora, el país casi vacío se fue poblando con españoles, franceses e ingleses. La villa del Cerro (bautizada como Cosmópolis) nació a mediados del siglo XIX como urbanización donde albergar a los cada vez más numerosos inmigrantes que huían de las guerras, hambrunas y otras penurias europeas buscando un lugar donde asentarse, donde comer todos los días, donde desarrollarse y donde vivir con decoro.
Llegaron gentes desde los rincones más remotos de Europa, y hacia fines del XIX los «tanos» empezaron a prevalecer de manera notoria hasta igualar a los «gallegos». También vinieron –en menor medida– turcos, armenios, sirio-libaneses (mal llamados turcos) y judíos.
No podía ser de otra manera. Un país de estancieros y doctores –que conformaban el patriciado– más algunos empleados del comercio exportador, ex esclavos y peones, necesitaba artesanos y agricultores. Es así que fueron conformándose ciertos estereotipos: los españoles instalaron almacenes y bares; los italianos plantaron y sembraron viñedos; los judíos abrieron mercerías y tiendas o desarrollaron oficios como el de peletero; los turcos (pioneros del ambulantismo) trillaron la campaña de estancia en estancia ofreciendo una infinita gama de mercaderías y baratijas en sus maletas donde solía haber de todo; las francesas trajeron las artes y secretos del amor mercenario…
En tales condiciones, fácil es comprender por qué los uruguayos adquirimos la imagen de pueblo acogedor y la merecida fama de sociedad integradora. Lejos de constituir una plaga o una amenaza, los inmigrantes extranjeros eran bien vistos pues venían a aumentar la esmirriada población y a cumplir su papel en el aparato productivo.
Por eso no es posible comparar aquella realidad con la de hoy, en que se han invertido los términos y el Uruguay ha pasado de ser receptor de inmigrantes a expulsor de connacionales, generador de emigrantes. Y no hay que asombrarse por el rechazo que sufren nuestros compatriotas que pretenden levantar cabeza en tierras hispanas: los súbditos de Juan Carlos I entienden que esos extranjeros no son necesarios, y por eso no los miran con la benevolencia con que aquí se trataba a los europeos que recalaban por estos lares en busca de levantar cabeza.
Con esto no pretendo justificar la odiosa xenofobia existente en Europa, pero trato sí de comprenderla. Y más comprensible puede resultar si nos detenemos a pensar que aquella actitud acogedora y amistosa de los uruguayos hacia los inmigrantes muchas veces se veía empañada por un cierto desprecio por los extranjeros. No nos dejemos convencer de que todos los uruguayos eran como Zitarrosa, que compuso una página magistral de homenaje al gallego bolichero, llena de ternura. A menudo los gaitas eran despreciados por su supuesta discapacidad intelectual y ridiculizados por su ignorancia. Los sainetes de fines del siglo XIX y comienzos del XX abundan en alusiones descalificadoras hacia los extranjeros, tomando algunos rasgos de carácter o su forma de hablar para burlarse de ellos despiadadamente; el habla «cocoliche» de los italianos o el acento «ferrugiento» de los centroeuropeos proporcionaron siempre buenos pretextos para pullas hirientes. ¿Qué diferencia puede encontrarse entre el despectivo «sudaca» y el no menos peyorativo «gaita»?
En conclusión, en vez de quejarnos porque en España no nos quieren, dediquemos todos nuestros esfuerzos a profundizar los cambios de modo que los uruguayos no se vean obligados a emigrar. *
(*) Periodista
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