Ni el papa
-Hola, ¿quién habla?
-Aquí, Su Santidad. ¿Y ahí…?
-Juan Carlos. Tú sabes, hombre, el de España.
-¡Hola! Te hacía por el Mediterráneo.
-¡Cómo para navegar! Me han metido en un brete de padre y señor mío.
-Caramba, te noto tenso. ¿En qué puedo servirte? ¿Quieres confesión?
-Ya tuve. No, va por otro lado. Sabrás que me ha caído eso de facilitar un diálogo para que Uruguay y Argentina arreglen un asuntillo.
-Ah, sí. Las fábricas de pasto.
-De papel, Benedicto, de papel.
-Como dicen «pasteras».
-El caso es que la tengo difícil, qué quieres que te diga.
-Te entiendo. Si hasta al Vaticano ha llegado una carta de esta buena mujer. ¿cómo se llama? Pastorutti, creo…
-Picolotti, Benedicto, Picolotti.
-Claro, la otra es la que canta.
-Esta también, y no sabes cómo… En fin, ¿tú crees que me puedes dar una mano?
-Pues a no ser un sermoncillo, desde el balcón, no veo cómo. Tú entiendes, una encíclica sería una exageración.
-¿Y un dialoguito con Kirchner? Me lo llamas, me lo sientas en ese sillón de terciopelo que tienes y me le das vuelta los calzones. Porque ese es el nudo. Con Tabaré no hay problemas. Es socialista, pero educado. Y tiene una esposa muy católica.
-Oye, hablando de esposas, ¿cómo anda Sofía? ¿Y los nietecitos?
-No me cambies, Benedicto, que tu trabajo es evangelizar, propagar la fe.
-Sí, pero me estás pidiendo un milagro.
-¡¿Y no puedes hacer uno?!
-Los milagros son de Dios. Pero, mira, te paso el celular de uno que cree ser Dios y puede ayudarte. Yo le llamo cuando la oración me falla. Habla tranquilo, que ni siquiera te cobra. Entiende de todo y él, tratándose de milagros y de meter una mano…
-Meter, no. Dar.
-Para el caso, Juan Carlos.
-Bueno, ¿pero quién es?
-¡Maradooooooona! *
Compartí tu opinión con toda la comunidad