Roger
La sociedad uruguaya, o al menos parte significativa de ella, comenzó a desarmar el lunes una cultura que, hasta de modo grotesco en algunas épocas, ha cultivado con despreciable delectación.
La he denominado alguna vez, erróneamente, necrofagia; hoy -porque nunca dejo de bucear en el libro gordo para corregirme- he hallado su nombre exacto: necrolatría, o sea la adoración tributada a los muertos. En este país se esperaba a que alguien muriese para reconocerle méritos; en vida siempre se le buscaba la vuelta a fin de ignorarlo, poco más, poco menos, según el grado que la mediocridad y la envidia omnipresentes hubiera alcanzado.
Semejante cultura ha sido especialmente perversa con los periodistas, a quienes, por su siempre mal comprendida condición de mensajeros, no sólo les ha discutido o negado méritos sino también -simbólica y a veces literalmente- les ha hecho desaparecer de la realidad cotidiana. Han sido, sobre todo, periodistas no protegidos por corporaciones o alcahueterías, ni beneficiados por ciertas fosforescencias que suelen ofuscar mucho el entendimiento.
Que un grupo de organizaciones sociales relevantes, acompañado de colegas de todos los medios, haya homenajeado en vida todavía joven a Roger Rodríguez por su tarea en la investigación de violaciones de los derechos humanos, constituye un acontecimiento significativo y aleccionador. Es la admisión pública, en el momento histórico justo y cuando más puede importarle al sujeto del homenaje, del valor de un oficio periodístico hecho con responsabilidad, coherencia, honestidad intelectual y en pleno ejercicio de la libertad de pensamiento crítico.
Pero hay otra razón para celebrar lo ocurrido.
Los periodistas tampoco hemos sido muy generosos que digamos con nuestros pares. Lo han impedido los celos, el resentimiento y ese espíritu de competencia ególatra que nos ha puesto al borde de la imbecilidad. Parece que estamos cambiando, que desde ahora seremos menos tontos.
Enhorabuena, Roger.
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