Mejor no saber
Mucho se habla y yo lo he hecho en abundancia- acerca de la sabiduría china. Tal vez estemos dando la idea, obviamente errónea, de que esa sabiduría ha existido siempre y de que, cuanto más atrás miremos, mayores ejemplos de chinos sabios habremos de hallar.
Pero nada en la vida es tan absoluto
T’sin Tse-huanTi, el constructor de la Gran Muralla, hizo quemar todos los libros para que la historia comenzara con él. Y dos mil años más tarde, la emperatriz Tsu Hsi quiso convertir la realidad en una proyección de sus deseos: como sentía tanto miedo a la muerte, todos a su alrededor, incluidos los médicos, no podían pronunciar palabras como fin, agonía, enfermedad o decadencia; peor aun, permitió que tres de sus hijos murieran de hambre por negarles alimentos que podían estar envenenados. Al decir de Tomás Eloy Martínez, «abrazó el fanatismo del no saber y fue la primera en aferrarse a esa loca superstición según la cual lo que se oculta no existe».
Es muy triste, diría terrible, pero ahora mismo estamos asistiendo a un ejemplo tan parecido que estremece: dos agencias norteamericanas investigan, por decisión del Congreso, si el presidente Bush ha impedido a científicos de su gobierno hablar con libertad sobre el calentamiento global del planeta. Aparentemente, esa censura habría ocurrido por el miedo de Bush, compartido por unos cuantos miembros relevantes de su administración, tanto al espantoso futuro que podría aguardar al planeta como a que se sepa que Estados Unidos sigue generando los criminales «gases invernadero», causantes de la destrucción de la capa de ozono, pese a los compromisos asumidos ante la comunidad internacional.
De pocos mandatarios se han dicho tantas cosas como de Bush: alcohólico, mentiroso, tonto. Todo indica que está dispuesto, antes de irse por la puerta trasera de la historia, de batir el récord de merecimiento de epítetos descalificativos.
Cobarde y supersticioso, por ejemplo, quizás le quepan como traje a medida. *
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