Sanguinetti realiza precisiones sobre el papel de Rivera en la cuestión charrúa
En la carta dirigida al director de LA REPUBLICA, doctor Federico Fasano, el actual senador Sanguinetti puntualiza que «días pasados vuestro diario hizo una glosa de una intervención mía en un Congreso de la Juventud Colorada, en Salto, que mereció más tarde una pregunta de Antonio Pippo al historiador Mena Segarra. De su título («Sanguinetti exculpó a Rivera y acusó a Lavalleja del exterminio de charrúas») se monta un equívoco que no refleja el sentido de mis palabras en la ocasión».
Sanguinetti explica que: «El tema del combate de Salsipuedes, desgraciadamente, se plantea con frecuencia de un modo caricaturesco, como una dramática película de cow-boys en que los malos el recién fundado ejército nacional practicaron un genocidio con una tribu indígena», o que «a nuestros próceres les correspondió, casi sin excepciones, enfrentar a grupos charrúas o minuanes. Así ocurrió con el abuelo de Artigas, Juan Antonio, con el padre del prócer Martín José, y luego con él mismo, en su condición de oficial de Cuerpo de Blandengues…» LA REPUBLICA ofrece a continuación el texto íntegro de la carta.
La carta de Sanguinetti
Señor Director de LA REPUBLICA Dr. Federico Fasano Mertens. De mi consideración: Días pasados vuestro diario hizo una glosa de una intervención mía en un Congreso de la Juventud Colorada, en Salto, que mereció más tarde una pregunta de Antonio Pippo al historiador Mena Segarra. De su título («Sanguinetti exculpó a Rivera y acusó a Lavalleja del exterminio de charrúas») se monta un equívoco que no refleja el sentido de mis palabras en la ocasión.
Vayan entonces algunas precisiones: 1) El tema del combate de Salsipuedes, desgraciadamente, se plantea con frecuencia de un modo caricaturesco, como una dramática película de cow-boys en que los malos el recién fundado ejército nacional practicaron un genocidio con una tribu indígena. Esto supone ignorar trescientos años de choques entre la sociedad hispano criolla y las tribus charrúa-minuanes, que solo parcialmente se asimilaron a la nueva realidad, como en cambio ocurrió con otras etnias, especialmente la mayoritaria, la guaraní, que venía cristianizada y sedentarizada desde las Misiones jesuíticas.
Tanta fue la rivalidad entre unos y otros indígenas, que en la llamada batalla del Yi, en 1702, el ejército guaraní, comandado por sus curas, mató a 500 guerreros charrúas y destruyó una toldería. Añadamos que en 1749 el Gobernador de Buenos Aires José de Andonaegui realizó una tremenda campaña, en que perecieron casi todos los guerreros charrúas, que por entonces trashumaban por lo que hoy es Santa Fe y Entre Ríos más que por lo que es ahora nuestro territorio. O sea que los choques eran viejos, muy viejos, venían desde el período colonial y siguieron luego, constantemente reiterados, al amanecer el período republicano.
2) A nuestros próceres les correspondió, casi sin excepciones, enfrentar a grupos charrúas o minuanes. Así ocurrió con el abuelo de Artigas, Juan Antonio, con el padre del prócer Martín José, y luego con él mismo, en su condición de oficial de Cuerpo de Blandengues, nacido precisamente para luchar con portugueses, bandoleros e indígenas sueltos. Juan Antonio Lavalleja, ministro de Guerra cuando el Gobierno provisorio, en febrero de 1830 le da la orden al Comandante de Armas General Rivera que para «contenerlos en adelante y reducirlos a un estado de orden y al mismo tiempo escarmentarlos, se hace necesario que el Sr. Gral. tome las provisiones más activas y eficaces, consultando de este modo la seguridad del vecindario y la garantía de sus propiedades.
Dejados estos malvados a sus inclinaciones naturales y no conociendo freno alguno que los contenga, se librarán sin recelo a la repetición de actos semejantes al que nos ocupa, y que les son familiares».
A esta orden fue que hice referencia, no para exculpar a uno e inculpar a otro, sino para testimoniar la incuestionable verdad de que este no fue el choque de nadie en particular sino que la sociedad criolla toda, que asimiló a la mayoría de los indígenas, se enfrentó con el grupo charrúa que permanentemente le hostilizaba.
3) El tema aquí no era racial, no era blancos contra indígenas, a tal punto que el ejército nacional estaba constituido en su mayoría con guaraníes, que odiaban a los charrúas, por los ataques de que habían sido víctimas.
4) La campaña de Rivera en 1831 fue reclamada por todo el vecindario de la región y aprobada por la Asamblea General, donde no hubo voces discordes. Además, la intención no fue nunca genocida, al punto que no se registran más de unos 40 muertos, mientras que el resto de la población, unos 300, fueron enviados a Montevideo. Lo que sí se destruyó fue el mundo de las tolderías, que ya era incompatible con un Estado que nacía, intentaba garantizar vidas y propiedades y preservar un orden mínimo para que el país pudiera prosperar.
El tema daría para consideraciones más profundas. Baste con señalar que mis palabras solamente mostraban apenas la superficie del tema y procuraban señalar eso sí con énfasis que no fue Rivera quien «exterminó» a los charrúas sino que estos ya estaban raleados por años y años de combates y que no sólo él, sino todos los próceres de aquel tiempo duro de forja, compartieron ese mismo combate.
Y que, además, la historia no terminó en Salsipuedes, al punto que los que quedaban mataron más tarde a Bernabé Rivera, como lo narra la novela de Tomás de Mattos que empezó escribiéndola como él mismo ha dicho para condenar al personaje, y terminó admirándolo.
Con el ruego de su publicación, salúdalo con la mayor consideración, Julio María Sanguinetti. Montevideo, 3 de noviembre de 2006. *
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