Vientos del Uruguay productivo soplan fuerte en Villa Española
Y luego (segunda cifra): allí trabajaban tres mil obreros. ¿Dónde queda eso? Ello sucedía en Uruguay no hace muchos años, en Villa Española, Camino Corrales 3076. Es Funsa, Fábrica Uruguaya de Neumáticos Sociedad Anónima.
Y no sólo era una fábrica de neumáticos, porque Funsa albergaba en esos ochenta y tres mil metros cuadrados unas cuantas otras fábricas en las que se producían el famoso y nunca igualado calzado de cuero Incalcuer, los muy recordados championes Charrúa, cables eléctricos, colchones de polietileno, pelotas de goma, bolsas para agua caliente, botas para agua y chanclas de goma, preservativos, guantes, las duraderas baterías Funsa, materias primas diversas para otras fábricas del país, etc., etc.
Impedir el saqueo
En marzo del año 2002 la fábrica, que ya había sido comprada por la transnacional Titan International, se declara en quiebra y se presenta a concordato. El 5 de diciembre de ese mismo año los ejecutivos de Titan International huyen del país previo vaciamiento de lo que pudieron sacar ilegalmente. Y si no se llevaron todo fue porque los quinientos diez obreros que restaban, luego de sucesivos achiques de los rubros y volúmenes de producción, y que quedaron desempleados, instalaron ellos y sus familias, dos campamentos, delante y por las dudas, también detrás de la fábrica para impedir que Funsa fuera completamente vaciada y saqueada.
Eso ocurrió al día siguiente de la huida de los ejecutivos. La Unión de Obreros, Empleados y Supervisores de Funsa emprendió así una nueva batalla, una más en su larga y heroica historia de lucha. Esta vez por la reapertura de la fuente de trabajo.
El gigante despierta
En el año 2004, el gigante dormido empieza a ponerse en movimiento. El primer día con apenas treinta obreros. Hoy ya son doscientos fabricando por ahora, neumáticos y guantes. El gigante sigue poniéndose en pie. Y continúa, lento pero con pasos cuidadosos y seguros, avanzando. Sobre estas cosas LA REPUBLICA habló con Luis Romero, legendaria figura en Funsa, en la que ingresó en el año 1958. De 67 años, sexto año de primaria, antiguo militante sindical, cinco años preso en las mazmorras de la dictadura y otros cinco exiliado en Brasil, es ahora asesor de la Cooperativa de Obreras y Obreros de Funsa. Durante tres horas y guiados por su colaborador, el veterano obrero y luchador, Juan Santos, recorrimos los galpones donde otra vez se escucha el alegre ruido de las máquinas en movimiento. Y también aquellos donde todavía reina el silencio esperando que un día no lejano se haga realidad, como con Lázaro, el milagro de «levántate y anda». Los vientos del nuevo Uruguay productivo también están soplando fuerte en Villa Española.
Alta como un castillo
De la antigua, alta y deteriorada chimenea, donde la palabra «Funsa» se ve desde muy lejos, por ahora no sale humo. Para poner en marcha una de las enormes cuatro calderas, tuvieron que instalar de apuro una provisional, metálica, pintada en color aluminio, mucho más pequeña, escondida detrás de la chimenea madre. El previsto crecimiento de la fábrica hará necesario el funcionamiento de todas las calderas y la pintada en aluminio no daría abasto. Así que en los próximos días más de cien mil dólares se habrán de destinar a reparar por fuera y por dentro la vieja chimenea, tan alta como un castillo. Restaurada, lucirá nuevamente las cinco letras del nombre de la fábrica y otra vez se levantará como un faro en esa barriada de Villa Española. Su esbelta figura ha sido incluida en un hermoso mural pintado en la fachada sobre Corrales, en el que se lee: «Gracias al trabajo digno y la solidaridad construiremos países con justicia social, para un mundo mejor».
Los años de plomo
Y ya adentro, en otra pared que se ve desde la calle, otro cartel anuncia que aquello es «Funsa-Uruguay-Planta Industrial León Duarte». A pocos metros, la modesta oficina desde la cual Luis Romero sigue el pulso de toda la fábrica, y en la que conversó largamente con LA REPUBLICA. León Duarte, nos dice el fundador y líder del sindicato de Funsa, fue secuestrado y desaparecido en Buenos Aires el 13 de junio de 1976. Igual destino sufrieron durante la dictadura los obreros de la misma fábrica Nelson Santana, Gustavo Insaurralde y Miguel Matos. También Gerardo Gatti, que aunque obrero gráfico, es considerado un desaparecido de Funsa pues mucho ayudó a la organización sindical de los obreros de esa empresa.
Más de veinte obreros de Funsa padecieron años de martirio en las mazmorras de la dictadura. Otros diez tuvieron que marchar al exilio. Ochenta y dos fueron despedidos inmediatamente después de la huelga general, al amparo del decreto firmado por Bordaberry. El propio Luis Romero, que estuvo, como dijimos cinco años preso y otros cinco exiliado, cuando salió de la cárcel las Fuerzas Conjuntas comunicaron a Funsa que estaba prohibido que lo retornaran a su puesto de trabajo. Con emoción Romero evoca a Washington Pérez, «El Perro», el líder histórico de los obreros de Funsa, que durante las medidas prontas de seguridad previas al golpe estuvo preso y luego corrió peligro de muerte en Buenos Aires y debió también marchar al exilio en 1987, en un acto de recordación de la fundación del sindicato.
Resulta entonces natural que la cooperativa de los obreros y obreras de la fábrica (Funsacop), se denomine «7 de Setiembre», la fecha de fundación del sindicato. Fue el sacrificio de tantos de sus fundadores, inspiración para la instalación de los campamentos que impidieron el vaciado y saqueo de Funsa, cuando los ejecutivos de Titan International huyeron del país dejando una deuda de treinta millones de dólares.
Apoyo para los campamentos
La instalación de los campamentos contó de inmediato con el apoyo de vecinos, sindicatos y comerciantes de la zona. El INDA aportó ciento veinte almuerzos diarios. La Intendencia Municipal de Montevideo, a través de varios Centros Comunales Zonales, también ayudó con alimentos. Conaprole aseguró el suministro de leche. Un supermercado de 8 de Octubre y Joanicó, con diez kilos diarios de carne.
En enero de 2003 el sindicado solicitó autorización a la Justicia para el ingreso de noventa obreras y obreros para efectuar urgentes labores de mantenimiento del local y de la maquinaria. Los jornales eran pagados por una ONG, la CCP, que mucho colaboró con el sindicato. Los salarios devengados iban a un fondo común solidario para el mantenimiento de los campamentos y la distribución de canastas con un surtido para todas las familias. Incluso, hasta una ayuda extraordinaria para fin de año y Reyes. En ese mismo mes de enero del año 2003 el sindicado presentó un proyecto de reapertura y reestructura de la fábrica, en el que participaron el economista Juan Manuel Rodríguez y el ingeniero Miguel Brezner, que es hoy el director del LATU.
153 mil horas
Luego de sucesivos avalúos del Banco República, principal acreedor, y de dos remates, la propiedad de Funsa pasa a manos de un inversor privado y de la cooperativa formada por el sindicado al que se le reconocen como aporte de capital ciento cincuenta y tres mil horas de trabajo obrero que permitieron mantener y recuperar locales y maquinaria, además de una donación de doscientos ochenta mil dólares recibida del gobierno de Venezuela. Se forma así una sociedad de hecho integrada por el inversor privado y la cooperativa de obreros de Funsa y se reanuda el funcionamiento de la fábrica en los sectores de neumáticos y guantes. Se logra un acuerdo con la totalidad de los acreedores y se renovó la vigencia de la propiedad de todas las marcas que manejaba Funsa en Uruguay, en
Brasil, en Paraguay y en Chile y está en vías de solución también en Argentina.
Neumáticos para las cachilas
algo curioso. Resulta que Funsa es una de las muy contadas fábricas de neumáticos en todo el mundo, que ha conservado los moldes de las cubiertas de todos los coches antiguos, incluso hasta de los Ford T. Ello abrió un nicho de exportación acorde con las posibilidades de producción del establecimiento. Así, logran concertar negocios de exportación de neumáticos de modelo antiguo para Alemania, Estados Unidos y Argentina. En Estados Unidos, por citar un ejemplo, hay clubes de coleccionistas de «cachilas», que cuentan con miles de socios, encantados de que en el mundo haya todavía una fábrica que les provea de neumáticos para sus «fordchelas».
Calidad, puntualidad, precio
El inversor privado y los cooperativistas logran las tres condiciones indispensables para entablar negocios de exportación y para las ventas en nuestro país: calidad, puntualidad, precio. En Funsa, los inversores privados aportan el capital de giro para salarios y materia prima. Los trabajadores, la mano de obra. Funsa-Cooperativa dirige todos los aspectos de la producción. Hay un gerente industrial, un departamento de ventas y otro de programación. El directorio de la fábrica funciona con dos miembros designados por los inversores y dos por la cooperativa obrera. La cadena de mando funciona perfectamente, a diferencia de otros emprendimientos cooperativos o mixtos en los cuales una débil dirección provocó el fracaso de esos intentos productivos.
Los 280 mil dólares donados por Venezuela fueron importantísimos para los obreros, pues posibilitó redondear el acuerdo con el inversor privado.
Se estableció asimismo un riguroso control de calidad: Para Uruguay, el LATU; Iqua Inmetro, para Brasil; Inti, para Argentina; Cencames, para Venezuela. En la recorrida que hizo LA REPUBLICA por la fábrica pudimos ver los severos controles a que son sometidos neumáticos en un moderno laboratorio, donde las muestras son llevadas a límites extremos de desgaste y de resistencia a la ruptura.
Un cliente histórico
Luis Romero nos dice sobre las perspectivas de desarrollo que se ha logrado un acuerdo con Cutcsa, que puede llegar hasta la producción total de los neumáticos requeridos por esa empresa de transporte. Se recupera, así, lo que fue un cliente histórico de Funsa. Están también en marcha importantes contratos con Raincoop y con la patronal de taxímetros. Junto con el aporte de Venezuela se firmó un acuerdo por el cual Funsa suministrará la asesoría técnica para la instalación y puesta en marcha de una fábrica de guantes de caucho y látex en aquel país.
a han viajado y están trabajando en Venezuela seis obreros de Funsa. Con LATU se ha acordado crear un laboratorio en el predio de Funsa.
Hay un proyecto con la Intendencia Municipal de Montevideo para inaugurar dentro del ámbito de la fábrica un Instituto de Ciencia y Tecnología, así como materializar un convenio para que en los amplios y bien equipados talleres metalúrgicos y mecánicos de Funsa se proceda al mantenimiento de todos los vehículos de la Zona Oeste y Cantones del municipio capitalino.
Con el Parque Tecnológico Industrial del Cerro se hizo un acuerdo por el cual se suministra a Funsa un novedoso combustible para las calderas, lo que apareja una importante reducción en los costos. Precisamente, mientras LA REPUBLICA hacía la recorrida por los talleres, un camión de la empresa del PTI, que elabora el referido combustible, se dirigía a descargar el producto.
Empresa de interés nacional
Romero enfatiza que todo esto ha generado la posibilidad de mejorar los salarios.
Se estima que en febrero del año próximo se habrá de recuperar el poder adquisitivo que tenían los salarios en la vieja Funsa.
El comedor para el personal, que ha sido completamente restaurado, funciona a satisfacción. El objetivo ahora es transformar lo que es una sociedad de hecho entre el inversor privado y la cooperativa en una fábrica consolidada y en crecimiento: «Funsa-Uruguay, Sociedad Anónima».
Luis Romero nos informa que ya está en el ámbito del Ministerio de Energía e Industria el proyecto de Ley que declara a Funsa-Uruguay SA empresa de Interés Nacional, lo que permitiría potenciar esta fábrica como un polo productivo del nuevo Uruguay.
Esperanza lograda
El viejo luchador nos advierte: «No crea que nuestro sindicato, con todo esto, ha olvidado lo que es su esencia». Es así, que en el último paro general decretado por el PIT-CNT en defensa de la democracia, de aquí salieron tres camiones repletos de obreras y obreros.
En la Sección guantes, donde concluimos nuestra recorrida que ya llevaba varios kilómetros de caminata, la obrera Irma Nantes, casada, dos hijos, que entró a trabajar en Funsa en 1979, cuando tenía diecinueve años y que participó en todo el largo proceso de lucha por la reapertura, resumió para LA REPUBLICA el meollo de este apasionante emprendimiento: «Teníamos la esperanza de que esto se podría realizar, y se logró» *
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