La inocencia de Rivera defendida por Sanguinetti sigue siendo insostenible
Tal como ya consignara LA REPUBLICA las afirmaciones del doctor Sanguinetti quien intentó quitarle culpa a Rivera de la matanza de indígenas charrúas en 1831, y cargándole las tintas al general Juan Antonio Lavalleja generaron como era de esperar diversas repercusiones. Dentro de ellas, un atento lector recordó a este corresponsal una investigación histórica que hace unos años generó controversia en el ámbito nacional y que pese a que se intentó, no pudo ser desmentida: «Rivera tal cual era» del profesor Washington Lockhart.
Las traiciones
Washington Lockhart (1914-2001) de profusa trayectoria en Soriano y a nivel nacional, es autor de diversas investigaciones históricas, y cofundador de la Revista Histórica de Soriano, quien en 1996 editó «Rivera tal cual era». Según apunta, «compulsando realidades documentales» la «flagrante falsedad» en torno a la figura del primer presidente de que tuvo el Uruguay.
En «Rivera tal cual era», basándose en una profusa documentación, Lockhart arriba a conclusiones tan terminantes que lo llevan a enumerar la serie de traiciones a la patria cometidas por el caudillo colorado.
Contraponiendo documentos como cartas o testimonios pertenecientes a los involucrados en los hechos de uno y otro bando, donde se devela que Rivera procuró la derrota del propio general Artigas, entre otros episodios.
«Deben sacrificarse hasta lograr destruir enteramente a Don José Artigas», expresaba Rivera a Francisco Ramírez, colaborando además en forma activa con las fuerzas brasileñas y uniéndose a la revolución encabezada por Juan Antonio Lavalleja solamente cuando percibe que su fin será el fusilamiento. «Enrique Ferrara (coronel brasileño que fue prisionero de los patriotas, escribe a Lecor el 15 de mayo de 1825). Dice: ‘Lavalleja había sorprendido a Rivera cerca de El Perdido: Rivera le rogó que no lo matara, que haría lo que Lavalleja quisiese. Rivera fue desarmado, así como su ayudante Pozzolo y la escolta: las órdenes que yo había recibido hasta entonces de Rivera eran oponerme a las tentativas de Lavalleja y reforzar la partida de Laguna».
Sobre el final Lockhart enumera las «traiciones cometidas por Rivera» donde encontramos la traición a Artigas en 1820, a Lavalleja en 1825, a Lecor en 1825 («para no perder la costumbre»), al gobierno colorado de 1845, lo que le valió el destierro en Brasil. A lo que se le suma la matanza de los charrúas en 1831, y la traición a la Constitución de la República, que catalogó de «librito».
Préstame tu cuchillo
Pero puntualmente, al referirse al episodio de 1831, la exposición del profesor Lockhart es más que elocuente: «La primera y más increíble expresión de los tremendos errores cometidos por Rivera, fue la matanza de indios charrúas cometida por Rivera, en abril de 1831, a pocos meses de ocupar la Presidencia, un crimen inigualado en la historia americana. El propósito de Rivera fue el de terminar para siempre con la existencia de quienes eran los legítimos y seculares ocupantes de estas tierras, rehabilitados desde 1812 por Artigas como ciudadanos, y como dueños legales desde 1815 de tierras donde desarrollar sus actividades. Rivera apetecía siempre explotar esos campos, en especial los que creía pertenecían a los flamantes orientales. Y los charrúas eran un obstáculo y un peligro.
Otro aspirante a propietario, el estanciero inglés Noble, le ofreció una importante suma para que capturara y embarcara a los indígenas hasta la Patagonia. Pero a Rivera se le ocurrió otra cosa. El ya había vendido muchas tierras del Estado y de particulares, no entregando al Estado un solo peso. Ahora resolvió decirles a los brasileños que les vendería estas tierras, pero los brasileños no querían aceptar si no se iban los charrúas. Entonces Rivera envió comisionados para que hablaran a los charrúas de invadir el Brasil para recuperar les dijo los ganados que los portugueses les habían robado hacía tiempo, y que ahora tendrían que entregar a los charrúas, quienes entonces resolvieron en una asamblea contestar que estaban dispuestos, a excepción del cacique Polidoro, quien se negó, retirándose de su toldería del Cerro Pintado».
En las cartas publicadas dirigidas a Julián de Gregorio Espinosa, Rivera le expresa su propósito de «purgar al país de los avigeos con su exterminio total, exterminando completamente a los salvajes». Y así fue el 11 de abril de 1831, al llegar los charrúas al campamento de Rivera, éste invitó a un grupo a desmontar. Habló entonces con el cacique Venado y lo hizo seguir a su lado (tal el fiel relato del coronel Díaz) y le dijo: «Préstame tu cuchillo para picar tabaco», y tras retener el cuchillo, le descerrajó un tiro de pistola, dando así la señal convenida para que el Ejército atacara. Y ese fue el comienzo de una desbordada matanza a lanzazos y balazos, que causó la muerte de varios centenares tal lo expresado por Jacques Duprey (ver N° 35, 1940, de la Revista Nacional de Inst. Pública), quien ratifica que los asesinados fueron «un millar» , de lo cual escaparon sólo unos 40, apresándose a mujeres y niños, convertidas las mujeres, la mayoría en Montevideo, en restos lamentables, en un llanto continuo y en una penosa esclavitud. Fue una tremenda carnicería, descripta por varios testigos que nos dejaron testimonios indudables de aquel destrozo de un pueblo padeciendo una hecatombe por obra directa del primer presidente de la flamante República Oriental del Uruguay». *
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