La derecha europea y el tango loco

Hablar de la «derecha europea» hoy es complicado. En primer lugar porque ningún partido político quiere asociarse con lo que siempre se entendió por «derecha».

En Europa, un partido así catalogado empeora sus chances de obtener un voto mayoritario electoral. La palabra tiene un bagaje político demasiado pesado para el contexto social actual. Llevarla, da mala imagen.

Como ideología, o forma de pensar, en cualquier momento o en cualquier lugar, puede asomar su cabeza pero por ahora solo a nivel de patotas o grupos marginados del tipo «skin head».

Es cierto que, en algunos casos, el pensamiento derechista penetra algunas organizaciones oficiales. Pero en Europa es la guardia pretoriana de los partidos la que se encarga de mantener al «pensamiento derechista» afuera de la arena política centrista mayoritaria. Se prefiere el apelativo de «conservadores» y esto lleva consigo algunas condiciones ideológicas que se deben cumplir.

Las razones de la pérdida de popularidad electoral de la derecha europea son varias. Por un lado está la vorágine integracionista de la Unión Europea. Se viven tiempos optimistas. Por el otro, todavía está bastante viva en el recuerdo la experiencia nazi-fascista de la Segunda Guerra Mundial. Curó de espanto a los partidos oficiales de la vieja generación y sus descendientes.

Quienes piensan que la Europa occidental moderna está olvidada de las ideologías que propiciaron esa contienda no conocen la política del continente. Es que los movimientos hitleriano y mussoliniano constituyen hoy una especie de «mapa de ruta» caricaturesco de cómo una sociedad puede caer en el abismo. Nadie quiere transitar ese camino otra vez.

La alarma suena cuando miembros de los partidos políticos empiezan a hablar de razas y religiones en forma despectiva. Cuando se reprimen manifestaciones de protesta a balazos. Cuando casos de tortura y confinamiento no se investigan o hasta se excusan. Cuando se militariza la sociedad. Cuando la libre expresión es asediada o nulificada. Cuando predominan las acciones de grupos paramilitares o mafias políticas.

Ese legado histórico es todavía demasiado fuerte como para que los representantes de la sociedad actual europea utilicen, por error o designio, alguno de sus recursos. Pero, ¿por cuánto tiempo más? Muchos se lo preguntan.

En Europa hay partidos conservadores de diferente grado. Pero lo que se observa a nivel político es que nadie quiere quedar manchado por el tizne de una nomenclatura derechista. Cualquier partido con ambiciones de poder no puede darse el lujo de perder contacto con el «centro» político. Es la llave del poder actual.

Esta fue la principal razón por la que la mayoría de los países europeos no apoyaron la reciente invasión de Irak. Sonaba demasiado «derechista» en su formulación. Casi hasta «ultra». Los líderes que la promocionaron ya sufrieron o sufren sus consecuencias electorales: Berlusconi, Aznar, Blair.

Por el momento, los partidos conservadores mantienen cercada a la derecha europea tradicional. Le Pen en Francia podría ser el único representante con facciones políticas organizadas. Otros exponentes derechistas son el Partido Nacional británico, la Liga del Norte italiana y algunos sectores franquistas dentro del Partido Popular español. Pero ninguno de ellos es vocero principal de un partido mayoritario.

Esto no siempre ocurre en otras partes del mundo occidental. El ejemplo más claro es la experiencia política de las últimas décadas en Latinoamérica. Puede decirse que en casi ninguna parte del continente americano existe un partido «conservador» al estilo europeo. La mayoría serían considerados de «derecha» o «ultraderecha» por el electorado de ese continente.

La conclusión genérica es que los partidos conservadores latinoamericanos cayeron víctimas de una ideología extremista hace mucho tiempo y todavía no se han «aggiornado». No se acuerdan de cuando eran conservadores y se quedaron derechistas.

¿Cuál es la diferencia entre «conservador» y «derechista», según la definición electoral europea? El conservador está al centro-derecha del espectro político, mientras que el derechista está incómodamente cercano a la «ultraderecha». La diferencia del nomenclátor es mínima. En la práctica, es enorme.

La ideología puede asomar en cualquier tema actual. Frente a fenómenos humanos como el homosexualismo, pasando por el diálogo entre empleados y empleadores, al rol de las fuerzas del orden, y sobre el respeto a la justicia. Hasta que se llega a uno de los más importantes: discusiones sobre la verdad histórica.

Como quien dice, algunos partidos latinoamericanos que deberían ser conservadores siguen bailando un tango loco extremista que sólo les ofrece dos alternativas: la desaparición o la reacción. Cayeron entonces «rehenes de la derecha», propiamente dicho. En el pasado, fueron golpes de Estado que los rescataron de la eliminación. Es por eso, que, tal vez, todavía sienten que les deben un favor.

Pero el progreso social moderno exige que los partidos políticos latinoamericanos conservadores abandonen sus actitudes del extremo y oxigenen una nueva plataforma intelectual más adecuada al aire fresco que se respira en Europa. Realmente, es el único camino. Y están varios años atrasados.

La conclusión es que el derechismo es un fenómeno social como cualquier otro. Es sólo cuando alcanza representación política, que se torna peligroso para el resto de la sociedad. *

(*) Corresponsal en Londres

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