Para Mastrita

Siempre actuaba en el «Cafetín de Antaño» de la calle Yaguarón en el barrio Sur. De físico muy pequeño y el rostro luciendo una blanca palidez de bohemio noctámbulo. Con su inseparable guitarra entonaba tangos y canciones que componía con pasión y virtuosismo. Alberto Mastra, «Mastrita», como lo llamaban los amigos, fue de humilde pero digna condición. Ya desde su niñez, con su padre zapatero remendón, aprendió la verdad discepoliana de que «la lucha es cruel y es mucha». Enfrentó la aventura de vivir con el arma de su talento artístico. Desde muy joven fue un personaje popular. Quizás su primera actividad profesional fue cuando acompañaba por La Comercial y Villa Muñoz a esa leyenda que se llamó «Pepo, El Cantor» por mediados de la década del 20. Mastrita con su viola y Pepo con su voz recorrían los bares y cafetines con temas españoles e italianos sin faltar los tangos. Alberto Mastra también se ganó la vida entonando «canzonettas», y lo hacía tan bien que Juan Carlos Patrón lo apodó «Carusito». El Carnaval de antaño lo tuvo entre sus integrantes, ya fuera como letrista de murgas como «Los Pirichitifláuticos», o acompañando a las troupes con su guitarra. Mastrita le metió pechera a su destino y fue un trotamundos que, con tríos que formaba y al poco tiempo disolvía, recorrió toda América y Europa.

Después de sus giras era tradicional verlo en el Café Ateneo, de la plaza Cagancha, contando con su suave voz las anécdotas de ese peregrinar por el mundo. Por la década del 50 conoce a una morena a quien bautiza como «Lágrima» Ríos y la integra a su trío. Actúan en los principales reductos de aquella agitada noche montevideana. Una vez, todos sus amigos se asombraron con la noticia de que Mastrita había comprado con unos pesos de sus giras nada menos que ¡una calesita! Con ella armó como un pequeño circo con un payaso y recorrió todo el Uruguay.

Al costado de esa calesita, entre el jolgorio de los pibes y la atención de los veteranos, cantaba sus canciones y los «tangos de mi flor», como le gustaba decir. Pero en lo económico no logra prosperar y cruza a Buenos Aires acompañado por su esposa, la cancionista Lía Méndez, para actuar en las cantinas de La Boca y en pequeños escenarios de la calle Corrientes. Con su salud afectada regresa a Montevideo donde con el apoyo de amigos como Pintín, Manzi y Pucciano consigue nuevos trabajos como en «Sud América» de General Flores y Garibaldi. La comentarista de tangos Lilián siempre lo respaldó y Mastrita aun enfermo vuelve a cantar en boliches nocturnos como Teluria de Cuareim y 18. También canta en la fonoplatea de El Espectador donde a todos emociona con temas como «Miriñaque» o su tradicional «Milonga arrabalera». Aun lo estamos viendo en aquel Cafetín de Antaño entonando su conmovedora «Bonjour mamá». Mastrita, bohemio y trabajador del arte musical, sigue con nosotros. Con más recuerdos y música los esperamos en 1410 AM LIBRE. *

Coordinación: ANGEL LUIS GRENE

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