Los polítólogos
Bertrand Russell ah, sí, vuelvo a él toda vez que lo creo necesario dejó a la posteridad un rico trabajo sobre verdad y falsedad. Parte del mismo parece apropiada para explicar un sentimiento que me atormenta cual forúnculo inguinal.
Solemos pensar que unas creencias son verdaderas y otras falsas y esto plantea dice Russell el problema de la verificación. En ese sentido, él postuló que «la forma más completa de exactitud consiste en dar contestaciones correctas a las preguntas». Pero, claro, eso implica que las preguntas admitan respuestas precisas.
Ahora bien, ¿qué pasa cuando se sabe que una pregunta no tiene respuesta exacta, indiscutible?
Cagamos, diría mi amigo Epifanio.
No necesariamente. Podemos apelar al conocimiento. Aunque, caramba, también tiene sus bemoles. No se trata del «conocimiento» de un pájaro que vuela entre ramas evitando chocar con ellas, porque ahí no intervienen el análisis lógico ni la idoneidad, que, según Russell, son absolutamente necesarios.
¡Upa! Análisis lógico e ideoneidad. Asuntos sencillitos si se trata de probar cuán cierto es que dos y dos son cuatro, porque esa verdad resulta del significado de los símbolos y, en matemáticas, todo el material está bajo nuestro control. En cambio, cuando hablamos de lo que ocurre alrededor, en la sociedad, y de por qué ocurre, quién es el responsable y cómo puede afectarnos, aparece en escena el fantasma de la vaguedad: «No se ha descubierto ningún medio de eliminar completamente el riesgo de error ni ningún criterio infalible; si creemos que lo hemos encontrado, esta misma creencia puede ser equivocada».
Entonces, digo yo, viejo periodista estupefacto si científicamente así son las cosas y la única verdad en pie es la incertidumbre, ¿a santo de qué mierda se les da tanta pelota a los politólogos cuando queremos explicar lo que está pasando en el país? Este es por si no quedó claro el angustiante, triturador sentimiento al que aludí al comienzo. ¿Soy un exagerado?
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